Sociedad y política a debate

 Xalapa, Ver.- Año VIII No. 380

 

 

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Del destino y más allá

Rolando Cordera Campos / La Jornada

Sin pausa, el continente de incertidumbre sobre el futuro avanza sobre nosotros implacable. Sea que miremos a la economía o pongamos la mirada en la política y los signos majaderos de los políticos, lo único cierto es la desolación. Fallido como está el camino del crecimiento sustentado en las exportaciones, que tanto de qué hablar bien le trajo a México y sus gobernantes, lo que queda es la violencia social y la criminalidad organizada, la quema cotidiana del mal llamado bono demográfico y el declive imparable del pluralismo partidista que resultó de una reforma política imaginada para transformar al Estado, pero que devino en un nuevo y grosero reparto del poder, su ejercicio y del acceso a sus beneficios.

Desolación es el término y puede aplicarse sin ambages a la política o la economía, las relaciones sociales o los impulsos culturales que organizan el intercambio y la convivencia. Sin liderazgos ni convocatorias, la otrora dinámica y reclamante sociedad de los ciudadanos en formación se troca en su ominoso contrario: masa y multitud sometida a los dictados de un poder cuya legitimidad formal choca con la ineficacia repetida del gobierno para gobernar el Estado y modular las convulsiones y contradicciones de la sociedad. En medio, no parece quedar ya nada, porque el sistema político plural y de partidos formalmente constituidos simplemente no opera como el gran mediador, el magnífico agregador de intereses y el generador de alternativas y promotor de la deliberación que de él se esperaba.

En este páramo, donde el pasmo ante el traumático giro de la política estadunidense se impone a todo ánimo revisionista y bloquea cualquier suspiro reformador, emergen verdades de a kilo y el registro de posposiciones y omisiones que deberíamos ver como imperdonables, injustificables, si por una vez tomáramos en serio al Estado y lo inscribiéramos en el hostil escenario del cambio mundial que desató la crisis global que estallara como gran recesión en 2008 y que el triunfo de Trump ha convertido en torbellino, cuando no en tifón devastador de lo que nos ha quedado de la civilización tan costosamente construida en el siglo XX.

La autocomplacencia y la soberbia del globalismo han encontrado un cruel mentís en el desplome del globalismo como orden y como mantra. La caída libre en la dinámica del comercio internacional va de la mano con el declive en los precios de las materias primas pero, sobre todo, con el estancamiento relativo del consumo de masas que acompaña hoy al apaciguamiento de la inversión dirigido por el freno brutal e intempestivo decidido por los gobiernos del gasto público y en particular de la inversión del Estado. La comunidad global de consumidores, ahorradores masivos e inversionistas audaces ha sido llamada a retiro y los estados, al caer víctimas del fetichismo del endeudamiento han precipitado el desliz de las economías políticas del globo hacia el temido y temible estancamiento secular de que nos hablaban los profetas y hoy proclaman los mensajeros de las casas de inversión.

Para nosotros, el sismo trumpiano puede llegar a significar un desplome epocal para el que no nos preparamos. Insatisfechos con los resultados del cambio de reglas impuesto a fines del siglo XX; conscientes del daño general que este desenlace ha infligido a las mayorías debido a la miseria laboral, el estancamiento salarial y la pérdida de toda esperanza en materia de movilidad social grupal o colectiva y no sólo personal, los mexicanos que se asoman a los finales del primer cuarto del nuevo milenio no aciertan a definir ni a precisar la matriz política y cultural, a más de económica y estructural, referida al estado de sus relaciones sociales, de la cual han emanado tantas desventuras.

Precisar de dónde vienen el desencanto y el desaliento imperantes es condición sin la cual no podremos construir diagnósticos funcionales, que auspicien líneas y visiones para la acción contra la adversidad que viene y nadie podrá parar. Lo primero que se impone es reconocer y reconocernos como comunidad agraviada y, a la vez, condescendiente, que renunció demasiado pronto a la deliberación como práctica imprescindible de toda democracia y se resignó a una distribución social impresentable, casi sin chistar. Sus refugios o válvulas de escape se encontraron en la migración hacia fuera o hacia dentro, al peor de los mundos de la informalidad criminal, o al no menos nocivo del exilio interior donde mandan el silencio, la disputa sorda por las prebendas o la mezquindad a la hora de reconocer las únicas jerarquías que valen la pena porque tienen que ver con el ingenio y la generosidad intelectual y del espíritu.

Recuperar el sentido de comunidad nacional, que reconoce la necesidad del Estado y le impone adjetivos de justicia y solidaridad a la democracia, tendrá que ser objeto de programa máximo y compromiso superior, en un entendimiento mayor que otorgue a la unidad política y nacional un sentido progresista y transformador que no admita posposiciones ocasionadas. Tal es el reto que esta hora aciaga nos plantea. No es sólo Trump el que lo ventila y ondea; somos nosotros con tanta carga de errores, omisiones, excesos que tenemos que asumir para encarar y tratar de superar con la acción y no con el olvido o el soslayo sibilino.

 

 

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