Xalapa, Ver.- Año VIII No. 395

 

 

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Las reformas y sus (mini) historias

Rolando Cordera Campos / La Jornada

Hace unos días, el presidente Enrique Peña Nieto nos convocó a no sacrificar la modernidad lograda; a evitar una marcha atrás en el sendero modernizador que México emprendiera hace años. Vieja y nueva modernidad, viejos y nuevos problemas, para recordar al maestro Edmundo Flores; pero no nueva revolución. Sino, al parecer, todo lo contrario.

En justicia y para los memoriosos, el libro de don Edmundo se llamó Vieja revolución, nuevos problemas y creo que fue escrito para alumbrar e ilustrar la gesta reformista del presidente Luis Echeverría. No era esa empresa menor y poco a poco, a lo largo de esos acelerados seis años pudimos entender, no estoy seguro de que hayamos podido aprender, la dificultad enorme que implica reformar sin decidirse a tocar los resortes concentrados del poder capitalista y las formas de por sí diversas e intrincadas cómo dicho poder se constituye en Estado nacional.

Desde el presente puede pensarse que fue eso precisamente lo que se propuso hacer el presidente Echeverría, luego del trauma sangriento del 2 de octubre, para el cual nunca pudo encontrar respuesta satisfactoria, no digamos históricamente eficiente. Tanto Echeverría como el sistema político heredado de la Revolución se quedaron en medio y con ellos prácticamente todo el resto de la sociedad.

El reclamo democrático enarbolado e impuesto como palabra de orden por aquel movimiento de jóvenes estudiantes no fue asimilado y el país entró en una fase de opciones de fuerza y movilización social que amenazaban con llevarlo a un rudo y duro momento de inestabilidad política y económica. De regresión estatal, como desde la penumbra anunciaban no pocos.

Hubieron de llegar el presidente José López Portillo y su secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, para inventar la fórmula que pusiera al país y a su vapuleado Estado en un derrotero distinto al que la doctrina de la seguridad nacional asociada a la guerra fría habían impuesto a prácticamente a todo el continente. Que nos permitiera disfrutar de una riqueza apenas descubierta, ejercer la soberanía y buscar nuevos senderos de ampliación participativa y democrática.

No eran palabras menores. El petróleo apenas descubierto sirvió de palanca para desatar el crecimiento económico y ofrecer un pronto paso a la modernidad, al mismo tiempo que desde la Presidencia se gestaban proyectos varios destinados a la satisfacción del reclamo social, acumulado por años en una alta concentración del ingreso y la riqueza y, como se reconoció desde la Presidencia misma, desplegado a su vez en vastos grupos y regiones marginados y deprimidas.

Se trató de un reformismo social que era entendido como un soporte de ambiciosos planes de cambio económico estructural, para dar un nuevo perfil a una economía que había dado ya claras muestras de desequilibrio y, para algunos, de agotamiento. Sin tomar nota plena de los cambios del mundo de aquellos años, se buscó una senda propia de modernización mientras se ajustaban las tuercas del añejo mecanismo de control político cupular para dar paso a una democratización pausada, administrada desde el poder estatal mismo.

Quizás fueron muchos los frentes abiertos para una capacidad institucional y administrativa adocenada por muchos, demasiados, años de estabilidad verticalista. Quizás fue desde dentro del propio Estado que se desataron una y mil operaciones de contención y modulación conservadora, especialmente visibles en su flanco financiero. Quizás fue todo esto y más, pero fue desde la orilla externa, desde el corazón de la Alta Finanza internacional, que sobrevino la advertencia cruel de que el ajuste interno no bastaba; de que con cargo a la deuda siempre se terminaba por retroceder; de que la apertura política no podía someterse a tanta restricción como demandaba la coalición gobernante, cruzada por poderosas vertientes de inmovilismo y temor al riesgo y al cambio, y de que más allá de las convulsiones momentáneas de la stagflation y la rebelión de los jeques se movían con vigor inaudito las fuerzas de lo que luego llamaríamos globalización.

Demasiada carga para una nave estatal que no había encarado a tiempo sus desperfectos fundamentales en el fisco y la representación ciudadana. Y así llegó el gran encuentro con la verdad inclemente del ajuste para pagar la deuda, aplacar la inflación y poner en orden a las legiones de demandantes de bienes y servicios extras. Este régimen de prebendas y dones otorgados desde arriba fue entendido como sucedáneo de una efectiva redistribución social que, a su vez, pudiera ser articulada por un Estado dispuesto a cambiar de piel y volverse sin más una formación política e institucional comprometida constitucionalmente con el bienestar, la protección universal y la equidad. En aquella coyuntura no dejó de haber para lo primero, mientras lo segundo se pospuso sin fecha de término.

Se quiso coronar esta batería de ajuste y reforma, marcada ya por un balbuceante verbo neoliberal, con la consumación de la larga reforma político-electoral en una alternancia que reclamaban tirios y troyanos: los administradores del poder imperial que nos había rescatado de la bancarrota del 95; banqueros expropiados y rencorosos; liberales trasnochados; conservadores y reaccionarios guardianes de las armas cristeras o sinarquistas; falanges desgajadas del cuerpo principal del dominio priísta que reclamaban inclusión y respeto a una ciudadanía apenas reconocida como virtud cardinal y, como gran corriente alterna y hasta subterránea, las nuevas camadas de jóvenes y no tanto egresadas del 68 y curtidas en la movilización reivindicativa y justiciera de los años subsiguientes.

En estas camadas encarnaba ya, aunque apenas lo reconociéramos, el magno cambio que desde entonces ha gobernado prácticamente todos los otros movimientos y deslizamientos, malestares en y con la cultura, nuevas demandas airadas de ampliación democrática y formas diversas, un tanto ocultas, de pugna distributiva en un largo tramo de cuasi estancamiento económico y deterioro laboral: la profunda mutación de nuestra demografía, hacia lo urbano y lo juvenil masivo, con su impostergable plataforma de exigencias en la salud reproductiva, la educación superior y la capacitación para el trabajo; las nuevas maneras de comunicarnos, entendernos y crear consensos.

Tras 20 años de reino plural y pluralista en la política; 30 de apertura externa, globalización y liberalización en la economía; de explosión libertaria en los usos y las costumbres de multitudes, las inercias que se desprenden de tanto cambio prohíben altos en el camino e imponen la reflexión puntual, improvisada y tentativa, preliminar, sin calendario cierto ni fecha que comprometa. Precisamente cuando las nuevas realidades del país y del mundo exigen un pensamiento estratégico y una real y tangible, creíble por tanto, disposición al acuerdo en lo fundamental para dejar de confundir las ramas con el árbol y a éste con el bosque.

Mal momento para celebrar tanto aniversario: 100 años de Constitución; 20 de afirmación de la democracia representativa; más de 30 del anuncio del cambio estructural globalizador; casi 20 de que ocurriese la triste alternancia…

La nave va, diría Fellini, pero peligrosamente escorada y es preciso y urgente tomar el timón y darle un buen giro. No para negar lo hecho bien, sino para asumir la circunstancia cruel y hostil en la que estamos. No para regodearnos en nuestras fallas y dolencias, pero sí para aceptar la urgente necesidad de trazar un nuevo curso: para la economía y para la política. Para el Estado, la globalización y la democracia y asegurar que estén a la altura del ejercicio soberano a que nos han llevado Donald Trump y sus centuriones.

 

 

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