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 Xalapa, Ver.- Año IX No. 450

 

 

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Modernidad importada

Luis Linares Zapata / La Jornada

La visión de Ricardo Anaya se enfoca con precisión en eso que llama modernidad con futuro basada en la tecnología. Finca tal propuesta en comparar dos posturas. Una, la que él describe como positiva y, la otra, adjudicada a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) que pinta de obsoleta. El elector mexicano habrá de decidir entre estas dos oposiciones. Una encrucijada francamente difícil de apresar si se atiende tanto al fondo de su propuesta como al contraste insinuado. Según este recuento, se coloca a sí mismo del lado positivo de la historia venidera después de la elección de julio. Su contrincante deberá ocupar la vetusta penumbra del pasado. No cabe duda que, en el Frente, se devanaron el seso para ingeniar tan brillante dicotomía. Además, en este fragoroso panorama sólo cuentan esas dos versiones de la competencia. La representada por el señor Meade desaparece del escenario electoral por arte de su muy privada decisión.

Las ponderadas virtudes del señor Anaya, predicadas por sus proponentes, y coreadas por el puñado de fervientes seguidores, llevan en sí mismas un distintivo: su empapada colonización. La mirada del candidato no se dispersa en abarcadora cobertura del ancho mundo, sino que se estaciona, con fruición en el espejo estadunidense. Desde allá procederán las enseñanzas y directrices modernizantes. Los ejemplos que usa para demostrar la validez de su alegato no son otros que casos emanados de la experiencia de empresas trasnacionales, esas mismas que, según su relato, no requieren presentación por triunfadoras. El meollo, a cada paso de sus fantásticas y visionarias demostraciones de promoción, apunta hacia el uso de la tecnología, no cualquiera sino, en efecto, la que él cataloga como del mañana. Aquellas que dejaron obsoletas las del pasado y, por consecuente derivada, perdieron el rumbo, se estancaron o perecieron. Los ejemplos le brotan a borbotones de fogoso orador en convención de vendedores de puerta en puerta: Xerox, Kodak, Wal-Mart, Amazon o Apple. De ahí extrae su oposición a construir refinerías. Los autos de combustión desaparecerán, según su ilustrada predicción, en unos cuantos años para ser sustituidos por eléctricos. No importa que este segmento, actualmente en Estados Unidos, sea apenas de uno por ciento del total. ¿Cuántos años se tardarán en ser sustituidos aquí? Él asegura, sin dudar, que casi de inmediato, aunque sean más de 10 millones de ellos. No usa, en sus planos alegatos, quizá porque su mente colonizada no puede utilizarlos, algún desbalagado caso nacional. Tal vez porque, para él, en este país sólo abundan los fracasos o medianías de empresas que apenas subsisten por anticuadas.

Pero Anaya no se detiene en ese desfondado modo de mostrar su oferta central de campaña. La profundiza tomando como contrapunto las que califica de vetustas y hasta ridículas propuestas de AMLO. Ese es, y tal vez será, el punto central de su venidera campaña en pos de la huidiza Presidencia: una serie de repetitivos contrastes entre la modernidad y el atraso. Para el panismo-perredista será, sin duda alguna a esta altura de la competencia, una fuerza persuasiva de gran penetración popular. Con esa arma discursiva podrá Anaya evitar, como hasta ahora lo ha hecho, audiencias abiertas, populares, incluyentes. Que tome, a la intemperie de la plaza pública, algo de sol, le recomienda un avezado AMLO.

Ricardo Anaya espera, con ansiedad de confiado primerizo, los debates venideros. Ahí podrá hacer uso de sus dotes de presentador estelar. Ahí podrá derrotar a los dos contrincantes, uno por uno, o también a dúo con Meade, para apalear al que ambos consideran indefenso López Obrador. Y, en efecto, ahí se verán las caras. No encontrarán un agotado candidato que, como predican, quedó en el pasado, sino uno que tiene el respaldo de millones de convencidos mexicanos que exigen un cambio real, sin engaños ni postergaciones. Tanto Meade como Anaya acudirán a proponer lo que en verdad representan: la cabal continuación del modelo en boga, justo ese que rechaza la mayoría de los votantes. Eso y no otra escenificación habrá de hacerse presente en lo que resta de la campaña, incluidos los debates. La trabazón entre modernidad tecnológica, esperanza hacia el futuro, que enarbola Anaya es una salida etérea y falsa. Es y será incomprensible e inasible para el votante. AMLO, en cambio, prosigue su ruta, ya bien transitada por sus constantes y extenuantes caminatas frente a sus oyentes y simpatizantes, incidiendo en la violenta y excluyente injusticia prevaleciente. No se olvida tampoco de proponer un gobierno que se desprenda de los mandatos del puñado de beneficiados de siempre que empujan, con autoritario talante, su ventajosa continuidad de privilegios. 

 
 

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