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 Xalapa, Ver.- Año IX No. 458

 

 

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Especulando

Rolando Cordera / La Jornada

Dicen los expertos que no es correcto proyectar a julio los números de las encuestas de hoy o ayer o las impresiones que nos provocan los debates. Tampoco, extrapolar las opiniones que sobre dichos encuentros emiten las personas a quienes se encuesta. Santo y bueno pues con la demoscopia y sus veleidades.

Pasemos a lo que en la antigüedad se llamaba el juicio político o peor aún, la crítica de los políticos y sus discursos. De eso está repleta la viña de la opinión que algunos optimistas todavía insisten en presentar como forma de gobierno.

Para ninguno de los cuatro contendientes en Tijuana hay otro mundo que el resumido en la geografía humana, política y moral de los Estados Unidos de América. Más allá de Houston o las llanuras interminables del Medio Oeste, no parece haber panoramas sociales, económicos o políticos merecedores de la atención de quienes buscan gobernar la sociedad y el Estado mexicano. La dependencia, infausta variable que tantos desvelos y cavilaciones reclamó hace ya varias décadas, se implantó como reflejo intelectual y cultural no en el pueblo mexicano necesariamente, pero sí, con toda evidencia, en el organismo político que se ve a sí mismo como el grupo dirigente de la nación.

Cómo navegar por las vías ignotas de una globalización que con los días y los desplantes del presidente Donald Trump se torna no sólo difícil sino cada día más enigmática, no fue cuestión que les mereciera un minuto. Y tampoco despertó la curiosidad de unos moderadores que por más de un momento se vieron dominados por un protagonismo pírrico y una peculiar querencia a hacerla de prefectos con la sóla misión de poner bajo buen recaudo a los debatientes.

Algo similar pasó con los temas del debate anterior. Lo sustancial, que es el gobierno y sus formas encalladas en los arrecifes de un régimen decadente, si acaso fue reconocido superficialmente, pero no llevó a que ninguno arriesgara algún adelanto de lo que podría ser, como parece obligado a millones de mexicanos, una reforma profunda del Estado que desde el principio ofrezca una ventana de esperanza para poder contar pronto con alguna dosis creíble y durable de seguridad pública y personal.

Ellos y nosotros sabemos que implantar un sistema efectivo de seguridad pública implica vérselas con la penuria fiscal que embarga al Estado en su conjunto, pero adquiere proporciones monstruosas cuando se miran los sueldos y demás componentes de las remuneraciones de los servidores públicos contratados para la procuración y administración de la justicia y la conservación del orden público.

Si ponemos la mira en la dimensión local de la cuestión, lo que pronto se encuentra es la desolación institucional y el miedo personal y comunitario, la fuente por excelencia de un desplome político e institucional de proporciones nacionales.

Los ciudadanos merodeamos, algunos ya lo viven, el asedio de una criminalidad despojada de toda consideración humana y dispuesta a ponerle sitio al más pintado de los gobernantes. Frente a esta realidad terrible, ¿dónde quedan para los aspirantes la política, la economía, la economía política y su obligada palanca, el poder y sus usos? ¿Los escucharemos en Mérida o tendremos que esperar al próximo episodio sexenal?

 
 

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