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 Xalapa, Ver.- Año IX No. 462

 

 

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México y el mundo

Guillermo Almeyra / La Jornada

Aunque muchos parecen no haberse enterado, México está en el continente americano junto a Estados Unidos, donde tiene millones de trabajadores y está unido al resto del planeta por fuertes relaciones comerciales y por su dependencia del capital financiero internacional. No se puede entender el proceso electoral ni lo que podría suceder en los próximos años con o sin Andrés Manuel López Obrador como presidente si no se entiende cuáles son los intereses y planes del gran capital ni qué efectos tendrá la transformación climática.

Un ejemplo, mientras para el mundo la disolución de los glaciares y del hielo en los polos es un tremendo desastre, pues cambia la salinidad de los océanos, acaba con cientos de especies marinas, amenaza islas y ciudades costeñas con una grave inundación, desertifica regiones enteras, destruye cultivos y modos de vida milenarios (como el de las vides o el de olivares en naciones como Francia o Italia) y provoca enormes migraciones humanas, para el gran capital es una nueva oportunidad para seguir destruyendo el planeta, porque permitirá explotar el petróleo y los minerales del Ártico y de la Antártida y eliminará decenas de millones de pobres, que no son consumidores y crean problemas políticos. Mors tua, vita mea (lo que para ti es mortal, para mí es la base de mi vida) o, como expresaba un humorista brasileño, para la bacteria la penicilina es una enfermedad

Estamos en la fase final del capitalismo cuando éste siente ya no tener futuro y se dedica a despojar, robar, guerrear por los recursos escasos, entre ellos el petróleo, los minerales raros, el agua y los capitalistas piensan en emigrar a la Luna o a Marte, mientras en los sectores más pobres se agrava la barbarie y el desprecio por la vidahumana y la sociedad y cunde la matanza de mujeres como expresión del temor a la reproducción misma de la especie.

Trump es mucho más peligroso que Hitler porque tiene mucho más poder y adversarios más débiles sobre todo después de la derrota sufrida por los trabajadores en todo el mundo a partir de la década de los años 80. Las consecuencias de una guerra mundial serán, además, mucho más graves que las de la primera y la segunda guerras mundiales, porque esa guerra será atómica y abarcará América del Norte, Europa, Asia e, indirectamente, todos los continentes y podría cesar el tráfico intercontinental marítimo y aéreo. La seguridad alimentaria es, por consiguiente, indispensable e igual es fundamental planificar la producción de maquinarias e insumos industriales y de productos de uso para el consumo en los países como México, que probablemente será teatro directo de operaciones militares sólo por su petróleo, que Estados Unidos incautará.

Añadamos que la guerra de tarifas iniciada por Washington y la anulación de tratados internacionales rompen el multilateralismo y abren el camino a una guerra comercial y a la ley de la selva en escala internacional. Esas medidas desatan el rearme generalizado y una recesión porque los precios de los bienes importados aumentarán, reduciendo el consumo y, por lo tanto, la producción industrial. Las naciones pobres, ya afectadas por el cambio climático y la pobreza, deberán cargar con una enorme desocupación que no encontrará ya la válvula de escape de la emigración, debido a las medidas racistas y xenófobas de los países imperialistas.

El rearme y la guerra de tarifas, según los planes de Estados Unidos, buscan reducir el ritmo de crecimiento de la economía china y crear de ese modo problemas sociales y políticos al gobierno de Pekín que sin duda alguna reaccionará, como siempre lo ha hecho. Al mismo tiempo, en todas las naciones, la pérdida de independencia, la crisis económica, la disgregación del Estado y las consecuencias de los crecientes y cada vez más costosos desastres ambientales (huracanes, sequías e inundaciones) causarán movilizaciones sociales y migraciones internas que los gobiernos carentes de consenso y a cargo de Estados cada día más débiles intentarán reprimir.

En los próximos años, por tanto, cualquiera que sea el presidente de México, deberá hacerse cargo de una semicolonia con una economía semidestruida y que será aún más golpeada, y de un Estado en disgregación y controlado por el gran capital extranjero y, a escala de muchos estados, por la delincuencia organizada que forma parte integrante del capital financiero internacional.

No estamos, por consiguiente, frente a la clásica elección dónde cada seis años los ciudadanos escogen quién los va a oprimir y explotar durante ese sexenio. No se trata de alternar el equipo de capitalistas en el poder. Debemos enfrentar una crisis de civilización producida por el capitalismo que no encuentra el modo de salir de una crisis que comenzó en la década de los años 80 del siglo anterior y se prepara a tratar de superarla mediante una guerra que elimine cientos de millones de personas, destruya bienes e industrias obsoletas y concentre como nunca el poder y la riqueza en un mundo bárbaro. Hoy estamos ante la alternativa: superar el capitalismo o vivir como esclavos en un mundo de ruinas cada día más insostenible. Vote por quien vote, vote o no, lo esencial es prepararse para lo que se viene y para una dictadura férrea de un capital que no admitirá limitación alguna.

 
 

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