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 Xalapa, Ver.- Año IX No. 468

 

 

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El pluralismo como forma de gobernar

Víctor Flores Olea / La Jornada

Pienso que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha sorprendido a más de uno por su convocatoria extraordinariamente plural y variada de personajes que podrían acompañarlo en el gobierno de la República.

Por supuesto, para comenzar, no se trata del estilo habitual de los gobiernos de izquierda, a los que generalmente domina desde el inicio un ánimo sectario, o al menos de disciplina partidista. Una de las características profundas del pensamiento de AMLO es que ve en los fenómenos sociales, y en sus procesos, una totalidad específica que no puede reducirse a simples definiciones conceptuales, por más abarcadoras que puedan ser. Y que deben incluir necesariamente una dimensión moral, o ética, que trasciende las puras elaboraciones conceptuales o teóricas.

Para muchos seguramente esta peculiar visión resulta fallida en el sentido de que se aparta de una comprensión realista o científica del mundo social, como lo mandan los cánones más tradicionales del clásico izquierdismo. Sin embargo, me atrevería a recordar aquí el dicho del propio Carlos Marx en el sentido de que no basta con interpretar al mundo, como lo habían hecho hasta su tiempo la mayor parte de los científicos sociales, sino que lo importante es transformarlo. Creo ver entonces que AMLO se aproxima a esta visión que trasciende lo puramen­te conceptual y que se arriesga a rozar con lo desconocido, en un esfuerzo que evita los cerrojos que de todos modos impone la elaboración teórica y que apela a otras dimensiones de la condición humana, como la ética, que menciona específicamente el presidente electo de México (que lo será formalmente, según parece, hasta mediados de la semana).

Por supuesto, este camino parece a muchos nebuloso y condenado al fracaso, y deberá aun mostrar en la práctica sus virtudes. La incorporación de AMLO a su equipo de trabajo de personajes eventualmente tan disímbolos como Tatiana Clouthier y Marcelo Ebrard, con Alfonso Romo y ahora Manuel Bartlett, con Olga Sánchez Cordero y… ya plantea, como era de esperarse, algunas interrogantes obvias. ¿AMLO podrá ejercer su autoridad, sin reparos serios, sobre un equipo tan contrastado? Hasta ahora, justo es decirlo, no parece toparse con obstáculos realmente serios. Claro, dirán algunos, porque todavía se trata de un proyecto de gobierno en el que nadie cuenta aun con el poder real, salvo AMLO, al que sólo le falta un trámite formal; el resto de los nominados tienen todos una expectativa de poder, pero que no cuentan con el mismo efectivamente, poder que se queda en el terreno de las expectativas y que no pueden ejercer por lo pronto ni en un ápice.

Me parece que lo importante para AMLO ahora es infundirle a su equipo el espíritu que ve él como definitorio de su gobierno: además, claro está, del realismo político y social que ha de tener para llevar a buen fin sus proyectos, su proyecto esencial, al final de cuentas, que le permitirá equipararse válidamente con las tres transformaciones efectivas de México en el pasado (Independencia, Reforma y Revolución). Su proyecto esencial, decía, y que se enunciará sobre todo en la constitución moral que nos tiene prometida a corto plazo Andrés Manuel. Esa revolución moral, hasta donde la entendemos ahora, será una especie de encuentro con el espíritu de la nación, con la realidad efectiva de la nación, tan velada y oculta hasta ahora, por las distorsiones y engaños de la mafia, que la hemos perdido de vista en los tiempos recientes, y cuya revelación consiste ahora principalmente en la acción que se cumpla en esta magna cuarta revolución de nuestra historia.

Por supuesto todo esto se concretará en la medida en que se cumplan los compromisos de AMLO en el plano de la práctica (una revolución sobre todo en favor de los pobres). Yo diría que ahora sobre todo está preocupada la izquierda tradicional. He escuchado mu­chas veces en tono de advertencia y de preocupación: ¡Pero es un gabinete de derecha!

Por último, parece indudable que López Obrador fue elegido por una ciudadanía extremadamente plural, que es a la que se debe esencialmente. Sí, primero los pobres, como repitió infatigablemente en su campaña, pero jamás tuvo el propósito de hacer la revolución para una clase, por ejemplo la proletaria o el campesinado, sino en realidad para un conjunto variado que históricamente tal vez pueda ser clasificado como la clase media. Elegido por la sociedad plural, su gobierno es también plural y diversificado. Tal es su fuerza en la que encontrará probablemente sus límites. Los simpatizantes de AMLO, la mayoría en el país, siguieron al líder social, pero sobre todo porque se proponía, como ellos, terminar con el establishment. Ahora esa misma mayoría y su líder tienen el reto difícil de reconstruir el conjunto de relaciones sociales, normas e instituciones que sean el basamento de un nuevo México.

 

 

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