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 Xalapa, Ver.- Año IX No. 473

 

 

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La UNAM, de pie

John M. Ackerman / La Jornada

Les salió el tiro por la culata a los provocadores que enviaron porros violentos a amedrentar los estudiantes que protestaban pacíficamente en la explanada de Rectoría el pasado 3 de septiembre. En lugar de generar un escenario de choque, de violencia y de división, la agresión ha unido y puesto en movimiento a la comunidad ­universitaria.

La perversa transparencia con la cual actuaron los agresores, lanzándose encima de estudiantes inermes con palos, petardos y cuchillos a plena luz del día y a las puertas de la sede de la máxima casa universitaria, demuestra que no fue una expresión de la delincuencia común, sino un brutal acto de intimidación política.

Quisieron enviar un doble mensaje. Por un lado, se buscó infundir miedo entre los estudiantes con el fin de evitar un contagio del exitoso movimiento del Colegio de Ciencias y Humanidades Azcapotzalco. Recordemos que el 30 de agosto los estudiantes de ese plantel ya habían logrado la renuncia de su directora, Guadalupe Márquez Cárdenas, y el movimiento avanzaba con gran alegría en favor de una mejor transparencia administrativa, calidad educativa, participación democrática y artística, así como atención a los problemas de inseguridad y de porrismo.

La marcha a Rectoría del 3 de septiembre colocaba estos importantes temas en el centro de la agenda universitaria y nacional, algo inaceptable para los grupos más retrógrados, tanto dentro como fuera de la universidad.

Ya era mucho para los representantes del viejo sistema haber recibido una paliza tan fuerte en las urnas el primero de julio como para también tener que aguantar la democratización de la máxima casa de estudios. Así que alguien dio la orden de cortar de tajo al movimiento, mandando golpeadores en contra de los jóvenes. Llama poderosamente la atención la similitud de este modus operandi y aquel utilizado sistemáticamente por Enrique Peña Nieto y Miguel Ángel Mancera para desactivar las marchas juveniles a lo largo de sus sexenios correspondientes.

Felizmente, en lugar de dejarse intimidar, o responder con su propia violencia o intolerancia, los estudiantes salieron masivamente a protestar con gran sofisticación, conciencia y responsabilidad. El movimiento estudiantil es hoy más fuerte, articulado y generalizado que antes de la agresión.

El segundo destinatario del mensaje enviado con sangre y fuego hasta la puerta de Rectoría el 3 de septiembre fue precisamente quien despacha ahí: Enrique Graue. Recordemos que Graue nunca ha sido un rector cómodo para el sistema autoritario que hoy da terribles patadas de ahogado. En 2015, Peña Nieto hizo todo lo posible por imponer su alfil en la casa de estudios, el ingeniero Sergio Alcocer, quien había trabajado en altos cargos tanto con José Antonio Meade como con Felipe Calderón y hoy encabeza el consejo de administración de la empresa española de energía Iberdrola en México.

Aquel torpe intento de violar la auto­nomía universitaria fue rechazado con­tundentemente tanto por la comunidad universitaria como por la Junta de Go­bierno. El nombramiento del médico oftalmólogo Graue significó una firme defensa de la autonomía universitaria en un contexto de continuidad institucional y revitalización democrática.

Durante su gestión, Graue ha demostrado una encomiable independencia de los diferentes sectores de poder, tanto dentro como fuera de la universidad, así como una importante sensibilidad hacia las necesidades y los reclamos de la comunidad universitaria. Su liderazgo es sutil, tranquilo y humilde, no busca los reflectores ni cae en protagonismos innecesarios, pero teje fino y demuestra enorme fuerza e independencia en momentos de crisis.

Un ejemplo: Graue se negó a caer en la tentación de lanzar su propia guerra contra las drogas dentro de Ciudad Universitaria, al estilo de Felipe Calderón, después de la balacera protagonizada por narcomenudistas el pasado 23 de febrero. El rector prefirió apostar a estrategias de protección que buscan resolver de fondo la problemática de la inseguridad dentro y fuera del campus universitario.

En la crisis actual, Graue primero tomó la importante decisión de aceptar la renuncia de la directora del CCH Azcapoztalco, validando así las justas demandas de la comunidad estudiantil y generando la ira de los grupos porriles. Posteriormente, expulsó de manera inmediata a los 18 estudiantes involucrados en la agresión, presentó las denuncias penales correspondientes y suspendió al coordinador operativo de Auxilio UNAM, Teófilo Licona. El rector también ha aceptado sin ambages el pliego petitorio de los estudiantes del CCH Azcapotzalco y celebrado las propuestas realizadas en la Asamblea Interuniversitaria del 7 de septiembre.

Las crisis siempre constituyen también grandes oportunidades para mejorar. Trabajemos juntos, estudiantes, académicos y autoridades, en favor de una universidad cada vez más justa, democrática, plenamente autónoma y siempre plural. Manos a la obra.

www.johnackerman.blogspot.com

Twitter: @JohnMAckerman

 

 

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