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Trump, el autarca desencadenado, en espiral descendente

Luca Celada / SinPermiso

02/01/2019

En el curso de 48 horas frenéticas, Donald Trump anunció por medio de Twitter la retirada de las fuerzas de los EE.UU. de Siria, desveló un “acuerdo” con México para albergar a los centroamericanos que piden asilo (de inmediato bloqueado por el Tribunal Supremo) y asistió al peor cierre semanal de Wall Street en diez años. Todo esto antes de tomar como rehén al gobierno federal con el bloqueo del presupuesto, en represalia contra el Congreso, que no ha aprobado los fondos para la construcción de “su” muro fronterizo.  

Lo que emana de la Casa Blanca da la sensación cada vez más palpable de una deriva caótica y un inminente precipicio. La semana anterior se produjo la anunciada salida del jefe de gabinete, John Kelly (por puro agotamiento) y el secretario de Interior, Ryan Zinke (que está siendo investigado). La dimisión del Secretario de Defensa, Jim Mattis, que se marchó dando un portazo al día siguiente del anuncio de la retirada de Siria, es la última de las dimisiones y despidos en cadena que han diezmado la administración de Trump. En la medida en que el presidente escucha consejos de alguien, se trata de delirantes demagogos extremistas como Sean Hannity, Rush Limbaugh y una panoplia de figuras sensacionalistas de la derecha radiotelevisiva. 

Mattis ha sido descrito como el ultimo “adulto” que deja el gobierno. En realidad, se trata de un belicista de viejo cuño, paladín de un hegemonismo norteamericano impuesto de modo alterno con el predominio de los mercados y una potencia de fuego estratégicamente aplicada. Sin embargo, todo es relativo, al fin y al cabo, y en el contexto de la administración de Trump, el general de los marines apodado “perro rabioso” era lo más cerca que había de una voz de la razón. 

Mattis, es cierto, era el último de los “generales” de Trump considerados como elemento moderador, no voces progresistas, desde luego, pero sí fuerzas “estabilizadoras”, en virtud de los vínculos con instituciones internacionales como la OTAN.  Sin ellos, y con un círculo inmediato cada vez más reducido y bajo asedio (y dinástico, limitado a los miembros de su familia), se puede esperar un arranque de los erráticos coletazos que han caracterizado la presidencia nacional populista. 

La extemporánea política propinada a golpe de tuits amenaza con trastornar los equilibrios establecidos entre Wall Street y el Pentágono, y el espectáculo más desvergonzado es el baile de los conservadores que le hacen de coro, pero cautelosos todos los días al desconocer qué improperio tuiteado puede traer la mañana siguiente.

Trump ha conseguido enajenarse el apoyo de muchos con sus salidas inescrutables e incontrolables, que le inducen, tras largas noches insomnes que pasa viendo a sus presentadores prefereridos de la Fox News, a cambiar repentinamente de rumbo en asuntos de Estado, o a designar a alguien como embajador de la ONU (como ocurrió hace dos semanas). A veces, sus extemporáneas decisiones toman por sorpresa tanto a  sus aliados como a sus enemigos, apoyos políticos y opositores.

La desescalada militar en Oriente Medio sería una noticia positiva en términos absolutos y, en cambio, ha puesto a muchos progeresistas en la incómoda posición de criticar la repentina retirada como expresión de un estilo autoritario sobre el que recae la sospecha de un peligroso diletantismo. O algo peor. La decisión sobre Siria parece haberse producido como resultado de una «llamada de negocios» en la que Erdogan se comprometió a adquirir un suministro de misiles Patriot fabricados en los Estados Unidos. Un negocio rentable que, como ya ha demostrado Arabia Saudita, a los ojos de Trump equivale a justificar la financiación de una guerra (como la agresión genocida en Yemen), el descuartizamiento de un periodista y, eventualmente, una retirada que abre la puerta a la aniquilación de los kurdos, aliados que ya no resultan útiles. La “retirada” será luego preludio plausibilmente tanto de un recrudecimiento de las incursiones aéreas como de una posible transferencia de la subcontratación a los mercenarios de su buen amigo Erik Prince (que dirige la empresa de soldados de fortuna Academi, antes conocida como Blackwater).

Si queremos buscarle sentido a esta decisión, no es expresión de ninguna estrategia política coherente, sino más bien de un aislacionismo con esteroides, cercano al significado original de su lema “Norteamérica, primero”, que lleva repitiendo sin parar desde la campaña electoral a la presidencia: lel de los movimientos autocráticos, pronazis y xenófobos de los años 30.      

Lo que todas estas iniciativas tienen en común, sobre todo, es una amoralidad substancial elevada a la categoría de valor y de política. Los tradiciones ideólogos conservadores de referencia han sido reemplazados por el referente único de la base fiel, del partido del rencor, que mantiene su índice de aprobación en cerca del 40%.

Este es el único público al que dirige el presidente sus edictos y la concatenación de puestas en escena que comprenden, sin orden particular, la movilización del ejército en la frontera mexicana, el lanzamiento de misiles contra Asad en Siria, la guerra comercial con China y los “tele-armisticios” coreografiados con Kim Jong-un. Un constante altibajo de tv reality que provoca, sin embargo, víctimas bien reales. Los inmigrantes en campamentos de tiendas en las fronteras, los kurdos abandonados a su suerte, el medio ambiente dañado por políticas “ecológicas” subcontratadas a los grupos de presión industriales, los tratados hechos pedazos. 

En este vértigo, parece, sin embargo, que podemos discernir un posible crepúsculo para el más peligroso de los regímenes populistas, el inicio de una parábola descendente inexorable como la que parece perfilerse en suma para el Dow Jones. Una decadencia alimentada por una combinación de erosión política, crisis económica y presión judicial (todavía en esta semana, la Fundación Trump, en la que participaban los tres hijos del presidente, ha negociado su clausura con los fiscales estatales por acusaciones de delitos financieros y fiscales). Pero el declive podría ser largo y difícil y dejar, en cualquier caso, tiempo para causar todavía mucho daño.

* Luca Celada periodista italiano radicado en Los Ángeles, es colaborador del diario 'Il manifesto'

 
 

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