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 Xalapa, Ver.- Año X No. 498

 

 

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Rolando Cordera Campos / La Jornada

El descenso llegó y no se mueve. Las empresas calificadoras caen sobre nosotros y todas a una apuntan a la crisis inaudita que en sus finanzas afecta a Petróleos Mexicanos (Pemex). Éste, no lo olvidemos, ha sido sobrexplotado por el gobierno federal para contraer deuda y abultar sus ingresos tributarios, con las consabidas implicaciones sobre las finanzas de la industria y sus potencialidades.

Los gobiernos de la nueva etapa mexicana de la pluralidad y la democracia se comieron la gallina de los huevos de oro que nos quedaba y ahora nos dejan en una triste inopia. No se puede avizorar la forma en cómo el gobierno va a lidiar con los primeros y segundos resultados del declive económico, pero no debe caber duda de que sus números serán implacables: menos crecimiento es menos empleo y menos consumo, y ambos quieren decir menos ingreso y para el Estado menos recursos tributarios y así más recortes y desde luego menos gasto efectivo del sector público a favor de proyectos sociales y de infraestructura. Este es un círculo elemental, pero de hierro que sólo puede romper el gobierno cambiando su política económica en favor del empleo y la producción.

Ha habido otros momentos de decaimiento económico que coincidan con el inicio de un gobierno. Al licenciado Márgain lo tumbó el caballo y fue despedido de la Secretaría de Hacienda ante una atonía que el Presidente entrante, Luis Echeverría Álvarez, no podía masticar.

Lo que vino fue una avalancha y la política económica del nuevo gobierno, como la codificó el eco-nomista y embajador Navarrete desembocó en graves crisis financieras y fiscales y, al final, una devaluación del peso frente al dólar después de más de 20 años de estabilidad cambiaria. El espectro y talón de Aquiles de nuestro desarrollo fue debidamente identificado, pero no adecuadamente abordado y la crisis fiscal larvada del Estado mexicano simple y letalmente siguió su curso.

Ahora, al calor del vuelco político formidable que vivimos, es preciso, pienso que vital, insistir: la reforma del Estado que la nación requiere no puede sino empezar por una reforma hacendaria de gran envergadura cuyo punto de partida sea, a la vez, el de los tributos. Sólo así vamos a darle viabilidad histórica a la República y empezar a saldar nuestras cuentas, siempre pospuestas, con los mandatos de la Constitución.

No hay de otra y el presidente López debe prepararse para asumirlo y volverlo convocatoria, ahora que cuenta con el apoyo de los poderes que definen el presente y marcan el futuro. Si vamos a convertir a la inversión en una obsesión, en afortunada fórmula del nuevo presidente del CCE, reconozcamos que eso quiere decir sacrificio del presente y capacidad de gasto y financiamiento del Estado. Más inversión y más impuestos y sin concesiones. Ni modo.

 

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