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 Xalapa, Ver.- Año X No. 500

 

 

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Las ideas y su peso sobre la evolución social

Rolando Cordera Campos / La Jornada

El peso de las ideas en la política es mayúsculo. Una y otra vez, sobre todo en coyunturas de incertidumbre, hombres de Estado y pensadores, políticos de avanzada y conservadores preclaros lo han descubierto y vuelto a descubrir. Es en las ideas donde se dirime la disputa por el rumbo del Estado y la nación y es en ellas que pueden encontrarse los hilos de Ariadna que nos saquen del laberinto.

Sin embargo, se trata de reconocimientos que siempre chocan, a veces de frente y catastróficamente, con las ideas prevalecientes e intereses creados que al pretenderse como dominantes ambicionan ser, sin mediar discusión alguna, los amos del universo, para recordar la novela de Tom Wolfe. Vivimos un extraño momento de fe e incertidumbre, en el que las ideas sobre la democracia, la cuestión social y el desarrollo del país podrían adquirir ese carácter de ideas fuerza o nuevos paradigmas que iluminen nuestro andar.

Usualmente los mandatarios prefieren ser mandantes. Buscan ser intérpretes de la voluntad popular o del pueblo que, según las connotaciones recientes, no es una entidad demográfica y social sino una construcción sociocultural. O política, lo que la vuelve peligrosa. En esto, que sin más trámite remite al discurso central del presidente Andrés Manuel López Obrador y su gobierno está de nuevo el juego y la confrontación de ideas políticas y desde luego éticas. Lo que nos parezca conducente al bien es bueno y debe formar parte del canon; lo que no, será objeto del peor de los tratos desde las cumbres del poder constituido hasta las bases más fieles del edificio articulado por las redes sociales y su impronta benemérita.

De seguir ese camino, lo que nos espera son palabras cruzadas. No serán las ideas las que nos guíen, sino una significación dada para el avance del proyecto político enarbolado por la dirigencia. El principio de una paranoia que, cuando se vuelve sistema político, la cosa se pone grave, como dijera alguna vez la gran Simone de Beauvoir.

No pienso que tenga caso darle hoy mucho valor al trato descalificatorio del Presidente de la República a los analistas que se dedican a hacer proyecciones sobre la economía nacional. El gobierno no los puede desacreditar como mal intencionados servidores de poderes de hecho o conspiraciones aviesas, pero sí debería examinar la consistencia de su método y el rigor con que trabajan, para así tener un juicio sensato de lo que sus proyecciones implican.

Entrar en un cruce de mandobles con estos expertos no ayuda en nada a la credibilidad del gobierno, ni engrosa la aceptación de la opinión presidencial en asuntos económicos. En realidad, la reduce. Los asesores económicos del Presidente no aparecen por ningún lado, y sus secretarios están sometidos a mil y una presiones desde dentro y de fuera.

La obstinación en defender su gestión cada mañana lo está llevando a incurrir en generalidades y descalificaciones que demeritan su investidura y afectan negativamente su relación con las capas profesionales dedicadas al análisis o la prospectiva.

Por la enjundia invertida, quizá no le diga mucho al Presidente del país ni a sus comunicadores el conocido dicho de y sobre los economistas, sobre que dedican la mitad de su tiempo a hacer proyecciones y la otra mitad a explicar por qué fallaron. Pero sus embates con poco o ningún fundamento tienen que parar, porque empiezan a verse como embestidas contra el conocimiento y la inteligencia, lo que una nación progresista y civilizada no puede permitirse.

 
 

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