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 Xalapa, Ver.- Año X No. 503

 

 

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El azar y la necesidad: Ángeles, Zapata y la Convención de Aguascalientes

Adolfo Gilly / La Jornada

Todo lo que existe en el Universo es fruto del azar y de la necesidad
Demócrito (460-370 a.C.-)
Jacques Monod – Le hasard et la nécessité, Editions du Seuil, Paris, 1970


 

 

De todos los generales presentes en la Soberana Convención de Aguascalientes en octubre de 1914, Felipe Ángeles era el único que había combatido con las armas al Ejército Libertador del Sur en los campos de Morelos en 1912. En ese combate, a diferencia de la despiadada guerra de su antecesor Juvencio Robles, el general Ángeles había conquistado el respeto y hasta la confianza de los zapatistas. Es la historia relatada y conocida, y más de una vez ignorada no en sus hechos sino en su significado humano y bélico.

En los días cruciales de la Decena Trágica en febrero de 1913, Felipe Ángeles, por entonces jefe del Ejército Federal en Morelos, recibió al presidente Madero en lugar seguro: el Hotel Bellavista de la señora Rosa Eleanor King en Cuernavaca. Ambos pudieron después regresar a la ciudad de México con las tropas de Ángeles atravesando sin peligro, según tregua acordada, las líneas y los territorios bajo control zapatista. Era una tregua y un pacto de hecho, fugaz, pero cargado de significado, al margen de los mandos del Ejército Federal, precisamente en uno de esos momentos de peligro cuando los caracteres y las lealtades se ponen a prueba, como por experiencia lo sabe todo combatiente.

En estos términos es preciso comprender la solidez de ese encuentro, fruto y producto de un largo proceder anterior de Ángeles en Morelos: un encuentro en medio del peligro, más allá de la política y en lo profundo de los sentimientos: Francisco I. Madero era el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, por tanto Jefe nato del Ejército Federal, y el Ejército Libertador del Sur, su enemigo en armas, lo protegía ahora contra el cuartelazo proveniente de generales de su propio ejército.

Esta alianza fugaz –registrada después por la prensa golpista como argumento adicional contra Madero– se desvaneció en los hechos con el asesinato de Francisco I. Madero y su vicepresidente José María Pino Suárez. Pero esa cercanía con los jefes zapatistas se mantuvo latente en la persona de Felipe Ángeles, a quien la invisible, pero real solidaridad corporativa de los ejércitos protegió en esos días de la saña de Victoriano Huerta y su alma tenebrosa, el general Aureliano Blanquet.

Contaba también para muchos oficiales federales el tabú de matar, indefenso, a quien había sido su profesor, un sentir que no perciben quienes no alcanzan a ver que la relación de un maestro verdadero con sus discípulos no está determinada por las jerarquías o el salario sino por la relación vital de aprender y de recibir y adquirir conocimientos, sentimientos y afectos, una relación social necesaria que se perpetúa desde las más antiguas civilizaciones y se ritualiza en las religiones.

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Como es sabido, el general Ángeles fue primero encarcelado, procesado y después enviado a Francia, desde donde regresó de incógnito para incorporarse en septiembre de 1913 al gobierno de Venustiano Carranza en Sonora y después, el 15 de marzo de 1914, a la División del Norte en Chihuahua. Allí conquistó la confianza y el respeto de los generales villistas y sobre todo del general en jefe, Pancho Villa.

No es el caso de relatar aquí campañas y vicisitudes; sí de anotar que esa autoridad conquistada en las batallas de la División fue factor determinante para que, a la hora de buscar la alianza y la incorporación de los zapatistas a la Convención, fuera el general Felipe Ángeles, aquel que en 1912 los había combatido yen 1913 los había buscado para proteger a Madero, quien en octubre de 1914 propusiera a la asamblea esa incorporación como cuestión previa y prioritaria. La propuesta fue aprobada y una delegación encabezada por los generales Felipe Ángeles, Rafael Buelna y Calixto Contreras se dirigió a Cuernavaca, pasando primero por la ciudad de México, para invitar a Emiliano Zapata y a sus generales a incorporarse de pleno derecho a la Soberana Convención de Aguascalientes. Así llegaron a encontrarse en persona en Cuernavaca y después en Aguascalientes quienes se habían combatido en las batallas morelenses de 1912.

Singular convergencia entre aquellos jefes militares. No se trataba de la antigua solidaridad de casta entre militares de naciones enemigas, como aparece en la vieja película francesa La gran ilusión, ese himno al honor militar y al militarismo. Era más bien una extraña lealtad mutua entre antiguos adversarios unidos, ya desde aquellos entonces, por parecidas ideas y sentimientos sobre la nación, la tierra, la patria imaginada. Sin este encuentro no hubiera habido esa Convención de Aguascalientes.

Figura muy importante de la delegación convencionista era el general Calixto Contreras. Don Calistro, como lo llamaron sus soldados, desde inicios del siglo XX combatía con los suyos en defensa de la tierra en Durango. En 1912, siendo parte de un cuerpo auxiliar del Ejército Federal bajo Madero, se había negado a obedecer la orden superior de ir a combatir a los zapatistas y había sufrido arresto y prisión por su actitud. A diferencia de Felipe Ángeles, a quien respetaban y apreciaban, pero no era de los suyos, los jefes zapatistas veían en Calixto Contreras uno como ellos, un dirigente de los campesinos del Norte que ya desde muy antes se defendían con sus armas de los latifundios, sus gerentes, sus propietarios y sus familias.

Es verdad sabida y adquirida que si el investigador se guía solamente por las diferencias o las convergencias al nivel de los programas y los acuerdos firmados en documentos y papeles o se deja llevar por sus propias afinidades políticas o sentimentales, corre el riesgo seguro de extraviarse en ese jardín de senderos que se cruzan y se bifurcan que llamamos historia. Hará política, no escribirá historia.

§

En su tratado sobre la guerra, Karl von Clausewitz había escrito: Ninguna actividad humana tiene contacto más universal con el azar que la guerra. El azar engendra la incertidumbre sobre qué y cómo responder a lo imprevisto, rasgo esencial de batallas y campañas:

Debido a esta incertidumbre respecto de los informes y las suposiciones y a estas continuas incursiones del azar, quien actúa en la guerra encuentra siempre que las cosas son diferentes de lo que esperaba que fueran.

Y a continuación agrega:

Si queremos estar a salvo de este continuo conflicto con lo inesperado son indispensables dos cualidades: en primer lugar, una inteligencia que aún en medio de la oscuridad más intensa no deje de tener algunos vestigios de luz interior que conduzcan a la verdad; y en segundo lugar, el valor para seguir a esa tenue luz. A la primera se la conoce figuradamente con la expresión francesa coup d’oeil (golpe de vista); la segunda es la determinación.

Fue esta conjunción del azar de las batallas, de los acuerdos no dichos, de los no expresados sentimientos de respeto a la lealtad del oficial enemigo –a campaña de Morelos en 1912, la Decena Trágica en 1913, la indomable resistencia zapatista en 1913 y 1914, Zacatecas y Teoloyucan y la Cláusula de Oro en los Acuerdos de Torreón y quién sabe cuánto más– con la necesidad del encuentro y de la alianza entre las dos grandes guerras campesinas, la del Norte y la del Sur, necesidad escrita en sus vidas y en sus campañas convergentes, lo que los condujo hasta la Convención de Aguascalientes como realidad conquistada y no sólo como programa inscrito en la Cláusula de Oro y en el Plan de Ayala, precursor de todo lo que más tarde vino a decirse y vivirse en esos días de la Convención.

Después viene la pura y complicada vida. Vienen las ambiciones, las argucias, las disputas de prestigio entre unos y otros, los desencuentros de costumbres y de modos en este país inmenso que se llama México, las bravatas, los machismos, las violencias de toda guerra.

Pero todo esto es la inevitable y en tantas veces pesada anécdota, circunstancia o divergencia, que suele extraviar la visión y la pluma de quien no ve la necesidad que trae en su interior cada tiempo de la historia y el azar a cuyo través esa necesidad se encubre, se disfraza, se transforma y se realiza.

Toda la gran literatura, siglo tras siglo, nos dice de este juego. A él pertenece nuestro oficio, de modo tal que la escritura de la historia, anclada en la verdad y en las múltiples e incontables huellas que el pasado nos deja sea, como lo querían Edmundo O’Gorman y Paul Veyne, una novela verdadera.

 
 

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