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 Xalapa, Ver.- Año X No. 511

 

 

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Muros

León Bendesky / La Jornada 

El ejercicio de la hegemonía en el entorno mundial tiene que ver necesariamente con el poderío económico: el que se impone desde una potencia dominante y el excedente que se extrae desde los territorios foráneos.

El asunto contiene un elemento clave, de índole territorial, que se ancla al lugar donde se realizan la producción, el comercio, el financiamiento y la innovación. Se vincula con el movimiento de capitales que se hace de manera electrónica e inmediata, sin la fricción que conllevan el espacio y el tiempo.

En Estados Unidos, el gobierno ha definido sus prioridades claramente en términos económicos. El lema de “Hacer América grande otra vez” se expresa así de modo práctico, incluyendo el gasto militar. China también lo hace a su manera, y su embestida es muy vigorosa.

En torno a esa disputa surgen conflictos con rasgos específicos en distintas latitudes. La geopolítica global está en proceso de reacomodo, el mapa no es una representación estática del mundo. Es una expresión dinámica y con muchos planos que se configuran y desplazan de modo constante.

Para México la gran referencia, casi única, es Estados Unidos. Esta es una condición histórica, la cual se ha ahondado en términos estructurales en materia económica y con un fuerte impacto social.

Esta circunstancia se manifiesta en la integración de los mercados (T-MEC) y en la función del territorio; ambos rasgos enmarcan el desenvolvimiento regional del país (incluyendo la ruta de tránsito de la migración centroamericana).

Los embates del gobierno estadunidense aparecen localizados en estas dimensiones. Las tarifas son una mezcla de la protección que pretende dar a sus productos y regiones para restaurar la actividad productiva y el empleo, con la defensa adicional en contra de la migración ilegal. El muro en la frontera y los obstáculos arancelarios son para detener personas y mercancías. Mientras tanto, el dólar sigue atrayendo a los capitales del mundo, ya sea en inversiones productivas como en especulativas.

El gobierno mexicano actúa en este marco de referencia. Ha declarado que no entrará en una guerra comercial con Estados Unidos, y sostiene que allá existe disposición para el diálogo. El nuevo T-MEC expresa esta relación de dependencia. Aún no está ratificado y el anuncio de la posible imposición de tarifas a los productos que llegan de aquí, iniciando en 5 por ciento y que pueden alcanzar hasta 25 por ciento, se asocia ahora con la exigencia de frenar la migración.

El arma económica de las tarifas la ha aplicado el gobierno estadunidense de manera contundente en el comercio con China, país con el que existe una fuerte disputa económica y política; también con Europa, Canadá, México y muy recientemente la ha extendido contra India, retirándole su estado especial que la exime de aranceles por miles de millones de dólares.

No hay que perder de vista que México es un caso especial por la extensa frontera que ambos comparten, favorable para el intercambio comercial pero no en el caso de la migración.

Algunos datos indican el estrecho carácter de la relación comercial bilateral. Las tarifas impuestas a México repercuten en el funcionamiento de la industria y en los patrones de consumo en Estados Unidos, desde automóviles hasta jeans y aguacates.

Se estima que alrededor de dos terceras partes de las importaciones estadunidenses de México (un total de 370 mil millones de dólares en 2018) corresponden a comercio relacionado, o sea, de empresas que llevan productos y partes a sus cadenas productivas. Sólo la industria automotriz dio cuenta de 124 mil millones, y es el caso paradigmático de la integración comercial de Norteamérica y sustento del TLCAN.

Casi la mitad de frutas y vegetales y un tercio del azúcar que se importan llegan de acá; en el caso de la carne, superan 800 millones de dólares (animales vivos para la engorda). Los costos repercuten en los precios de alimentos y bebidas, y afectan al consumidor final.

Se ha cuestionado si la economía estadunidense resistirá las repercusiones adversas de la pugna comercial que se están agrandando con los principales socios comerciales: China y México.

El presidente López Obrador afirmó hace unos días que no vamos a entrar a una guerra comercial, de aranceles, de impuestos. No hay riesgo de que se produzca una crisis de ningún tipo, ni siquiera de caja, porque tenemos una hacienda pública fuerte, si es que se aplican las tarifas a los productos mexicanos. Añadió que hay reservas internacionales suficientes, que el peso aguantó el embate y que la economía es sólida.

Al mismo tiempo, el gobernador del Banco de México señaló que las eventuales medidas arancelarias contra los productos mexicanos anunciadas recientemente tendrán efectos adversos en el crecimiento y la inflación derivados del impacto en las actividades manufacturera y exportadora, y en el tipo de cambio.

Las dos posturas están claramente contrapuestas.

 
 

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