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 Xalapa, Ver.- Año X No. 511

 

 

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Nuestra hora y la del mundo

Rolando Cordera Campos / La Jornada

Autocrática e irracional, la ha calificado Paul Krugman; esquizofrénica la llamó el presidente del Consejo Coordinador Empresarial; arbitraria y contraria a sus propios acuerdos con México y el resto del mundo, podemos añadir, pero cada día es más claro que a Donald Trump le parece de utilidad comportarse como un demente y un pendenciero: tal es la única lógica de las batallas que ha abierto en torno al comercio con China, Canadá, India y Japón. No se trata de ventajas comparativas, sino de ganancias abusivas que podrán o no plasmarse en las cuentas externas de Estados Unidos, pero sobre todo en las cuentas electorales internas del presidente abrasado por la furia y la ambición sin control ni medida.

Decir que el mundo está en peligro puede verse como una exageración, pero si a los frentes comerciales les añadimos los ya abiertos con Corea del Norte y sobre todo con Irán, tendremos un panorama de transparente riesgo encaminado a la confrontación y la guerra limitada, como la sueñan una y otra vez en las catacumbas del militarismo que sigue vivo y busca colear al menor descuido. Por lo pronto, si no en peligro sí en abierto receso se encuentra el orden internacional inventado en la segunda posguerra, mientras sus dignatarios principales, como la señora Lagarde, se dedican a viajar e intercambiar elogios y asestar consejos al que se deje. Las Naciones Unidas asiste deprimida al embate de Trump contra sus mejores proyectos de salvación y protección de la naturaleza y modulación del cambio climático, en tanto que las agencias principales de dicho orden, parecen más bien dormir el sueño de los justos.

La amenaza es real y sus implicaciones sobre nuestra economía no son menores. No sólo por lo que afectan de manera directa, en el comercio bilateral y en particular nuestras ventas externas, sino por lo que pueden provocar en los cálculos y planes de los inversionistas. Con la firma provisional del nuevo trato con Canadá y Estados Unidos y el hecho de que el documento se haya transferido a los respectivos congresos, muchos pensaron que, en efecto, se abría la posibilidad de una nueva etapa, portadora de optimismo y tal vez cargada de nuevas posibilidades para una integración regional que no se atreve a decir su nombre. Al introducir esta nueva amenaza simultáneamente a su petición de que su Congreso firme el tratado, Trump fractura todo esto y obliga a las empresas a pensar en nuevos planes de contingencia que parecían haberse archivado con la mencionada firma.

Nosotros quedamos, porque no queda de otra, en medio. Geográficamente, para empezar, pero sobre todo geopolítica y geoeconómicamente. La migración que viene del sur no puede impedirse sin violentar convenciones y compromisos de México con el respeto y protección de los derechos humanos, que es lo que Trump quiere que hagamos. Y el comercio y la producción ligada al intercambio regional no pueden cambiar de vecindario.

Se trata de una interdependencia cruel y, como lo estamos viviendo en estas horas, despiadada, cargada de los peores atavismos culturales, racistas y egoístas que el señor Trump ha hecho sus mejores cartas para negociar y más que nada imponerle a un mundo que él y sus acompañantes ven en descomposición y cada vez más amenazador a su imperio. De esto se trata también, de defender y afirmar un orden imperial concreto que se quiere intemporal e indisputado al costo que sea, incluido el que habrá de recaer sobre su propia patria.

Trazar entendimientos y alianzas en el interior del país del norte es indispensable y urgente, pero será difícil y azaroso debido a décadas de descuido de esos entendimientos por nuestra parte, pero debido también a las exigencias de la política interior, sometida de por sí a enormes tensiones de cambio y confrontación de poder y visión. Entenderlos es asignatura a cursar en calendario y horarios intensivos, no sólo para diseñar políticas adecuadas, sino para entendernos mejor a nosotros mismos.

Asumir nuestras inveteradas heterogeneidades y fragilidades para empezar a superarlas tendría que ser tarea primaria y primigenia. Recordar de la mejor manera una historia dura, labrada siempre de frente y en contra de la adversidad, puede ser el mejor modo de imaginar rumbos alternos o subalternos, pero esenciales para configurar formas emergentes de subsistencia que no redunden en una mayor corrosión y deterioro de un orden interno asediado por la violencia criminal y la carencia y la desigualdad mayoritarias.

La firmeza y dignidad de la reacción del presidente López Obrador tiene que ser acompañada por las mejores muestras de solidaridad y unidad con que contemos. Sólo así la gesta negociadora de Ebrard, Seade y compañeros de misión podrá encajarse en estos nuevos sentimientos nacionales que tienen que ser y pronto aportes valiosos a un discurso internacional que no puede renovarse a partir de la amenaza y el abuso del prepotente y poderoso.

Es la economía, qué duda cabe. Pero es la política asumida como palanca insustituible de la relación global la que tiene que valorarse y ser protegida en esta hora desdichada del mundo que nos ha tocado vivir estelarmente. ¡Qué le vamos a hacer… Si aquí nos tocó! En la región más acosada del planeta

 
 

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