Semanario Pulso Crítico

 Xalapa, Ver.- Año XI No. 533

 

 

Semana anterior

  Contacto

 

 

¿Unidad o deslealtad?

Abraham Nuncio / La Jornada

Durante el porfirismo, las principales avenidas de Monterrey se llamaron Unión y Progreso. Las dos ideas de tal nomenclatura formaban el eje ideológico (y urbano) de la dictadura y su propaganda demagógica. La unión y el progreso se mantenían sobre la base de la fuerza militar: la pax porfiriana impuesta en contra de huelgas, elecciones, periodistas críticos, movimientos de disenso. De allí la revolución y el enorme baño de sangre que produjo el golpe militar de los generales adictos al gobierno de Díaz.

Entre esos militares estaban los generales Bernardo Reyes y Victoriano Huerta. Reyes gobernó Nuevo León casi los mismos años que estuvo en el poder Porfirio Díaz. Pero logró ganarse el apoyo de la élite local, fundamentalmente los industriales. Huerta era el secretario de Obras Públicas de su gabinete. Estos militares eran radicalmente contrarios a todo aquello que significara pluralidad política, e igual, actuaron contra políticos que representaran signos de democracia o simple oposición como se demostró con la agresión armada del gobierno reyista a la candidatura de José E. Reyes el 2 de abril de 1903.

A Bernardo Reyes se le tiene en Monterrey como el gran gobernador por el impulso que dio a la industria y a su ciudad sede, pero este relato se queda corto. Reyes era un militar tan golpista como lo fueron Huerta y Félix Díaz. Lanzarse a campo traviesa en un suicida intento por asaltar Palacio Nacional lo muestra en esa execrable dimensión.

El Ejército Federal del liberalismo porfiriano se había formado en la guerra y quiso continuar en ella para hacerse del poder si le era posible. Lo consiguió con el golpe de Estado dado por Huerta y bajo el patrocinio del gobierno de Washington a través del embajador Henry Lane Wilson. Este golpe fue la causa de la mortífera lucha que siguió luego de que Huerta fuera derrocado.

El ejército de la reforma sangrienta llamada Revolución, se formó con el pueblo armado. Promulgada la nueva Constitución, el uso y la fuerza de las armas continuaron manteniendo al país en un atraso político evidente. Una de las peores herencias recicladas durante más de un siglo ha sido la militarización de la política.

Nuestros Juanes, llamó Gustavo Díaz Ordaz a los integrantes del Ejército Mexicano para suavizar el juicio adverso de la población hacia este cuerpo tras su represión a estudiantes y el pueblo que se solidarizaba con su movimiento en 1968. Una vez convertido en ejército regular al servicio de un Estado, los miembros del movimiento armado 1910-1917 dejaron de ser aquel pueblo en armas glorificado por el poder.

Saturnino Cedillo, quien participó en la lucha contra la usurpación de Huerta, también encabezó una asonada (fallida) contra una autoridad a la que se la considera, hasta nuestros días, situada en la izquierda –la del presidente Lázaro Cárdenas. Cedillo y los suyos no eran precisamente Juanes. Juanes tampoco han sido las figuras de la jerarquía militar que han comandado acciones represivas para impedir el ejercicio de sus derechos constitucionales a numerosos movimientos electorales o sociales.

A lo largo de más de 70 años, los militares se convirtieron en un grupo que intercambió canonjías y privilegios con el presidente de la República a cambio de mantener el control social contra la oposición. Con frecuencia interviniendo en los ámbitos de los tres poderes del gobierno y violando la Constitución.

El discurso del general Carlos Gaytán Ochoa, señalando que los militares se sienten agraviados (sin decir por qué ni por quién), no es por otra razón sino porque la élite militar ve perder, con la creación de la Guardia Nacional, la gran distorsión de la que se beneficiaron las fuerzas armadas suplantando las funciones de policía. Es cierto, la autoridad civil se vio desbordada por el crimen organizado, pero sólo optó por dar sustento factual a la presencia de soldados y marinos en la calle sin hacer nada por volverlos a sus cuarteles. El discurso de Gaytán Ochoa fue presentado como un documento consensuado. Omitiendo consensuarlo con su comandante en jefe, que es el Presidente de la República, ese acto no fue sino una vil deslealtad.

En su crítica a la izquierda, y por ende al gobierno que esta fuerza sostiene, el discurso del general lo muestra, no con los conocimientos legales de nuestro marco jurídico y de las tácticas y estrategias propias del concepto defensa nacional, sino en las operaciones de contrainsurgencia para contener movimientos adversos al imperialismo estadunidense. El tipo de operaciones en las que ha entrenado la Escuela de las Américas a los militares que protagonizaron las dictaduras de América Latina: Banzer, Pinochet, Videla. Uno de los egresados de esa escuela fue el general Carlos Demetrio Gaytán Ochoa.

El general Gaytán Ochoa se refirió a una unidad que antes había y ya no hay. Sí, los presidentes anteriores al de ahora tenían una sólida unidad con la oligarquía. La jerarquía militar nunca dijo nada. Ahora que esa unidad se ha modificado alza la voz. Si alguna institución debe dar muestras de compromiso con la transformación en curso –ligera como es– esa resulta ser el Ejército mexicano.

 
 

Blogosfera
 

Pulso crítico

Va Tuxpan

Noticias de Veracruz

Monero Hernández

Cuaderno de Saramago

La Historia del Día


Agua Electropura "Xallapan