Semanario Pulso Crítico

 Xalapa, Ver.- Año XI No. 533

 

 

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Las rebeliones populares y la construcción del futuro

Pablo Dávalos / Rebelión

Es necesario articular una mirada crítica y una comprensión global de los efectos de la rebelión de octubre de Ecuador y situarla en el contexto histórico de las transformaciones del capitalismo a nivel global. La rebelión ecuatoriana del mes de octubre, y las movilizaciones de Chile, Haití y otros países, también en ese mismo mes, dan cuenta que la forma por la cual se articula la hegemonía en el capitalismo tardío tiene fallas estructurales.

El ejemplo de Chile es paradigmático, porque sobre esa sociedad se había descargado la responsabilidad de asumir, legitimar y respaldar el modelo neoliberal. Chile se había convertido en la vitrina ideológica de todas las posibilidades del neoliberalismo. La privatización no solo de la infraestructura sino también de las políticas públicas, los sistemas de exclusión a través de mecanismos de precios (en salud, educación, en el trabajo, entre otros), entre otros, contaban con un discurso basado en las cifras y en la aceptación silente de una sociedad que, aparentemente, convergía de manera unánime hacia ese discurso y esas prácticas.

Chile representaba la opción a ser presentada cuando se proponía la privatización de los sistemas de seguridad social, la flexibilización laboral, la privatización de los servicios básicos, la estructura de todo el sistema de tarifas para servicios públicos (que, de otra parte, son de los más caros del mundo), pero nunca se decía que ese sistema económico se sostenía sobre un sistema político que había sido diseñado por la dictadura de Pinochet y que no había sufrido transformaciones importantes en estas últimas décadas. Chile exhibía los indicadores más bajos de pobreza en el continente, y las cifras de crecimiento económico más altas y más sostenidas de la región. ¿Qué más se podía pedir? Chile representaba el fulcrum ideológico del modelo: crecimiento económico sostenido y reducción de la pobreza. Empero, todo eso se quebró y, coincidentemente, justo luego de la rebelión de octubre en Ecuador, cuando, de forma espontánea e impredecible, la sociedad chilena se volcó a las calles a reclamar por algo que es un clamor no solo en Chile sino en todo el capitalismo global: la equidad.

Las marchas de Chile, así como las elecciones que se dieron a fines de octubre en Argentina, y la rebelión de Ecuador, y de Haití, entre otras, están atravesadas, en efecto, por el discurso de la equidad como fundamento que les otorga legitimidad, coherencia y proyección global.

Aquello que se reclama es una justa y equitativa distribución del ingreso. Un debate, además, que también se dio en EEUU a propósito del movimiento 99/1, en donde el 1% de la población mundial acapara la riqueza del 99% restante, y que tiene que ver, en ese país, con la gestión de la crisis de las hipotecas subprime y la forma por la cual la reserva federal americana utilizó la política monetaria para salvar a los grandes bancos y perjudicar a los contribuyentes.

Si se hace un recorrido por los premios en economía que otorga el Banco de Suecia y que son mal llamados Premios Nobel de Economía, puede verse que los últimos de ellos hacen referencia a reflexiones y teorizaciones sobre la pobreza, la desigualdad y la distribución del ingreso. El libro de Thomas Piketty: El Capital en el siglo XXI, se convirtió en best seller porque da un tratamiento teórico apoyado en datos y matemáticas, justamente al problema de la desigualdad. Se trata, por tanto, de un debate que está ahí, que no puede ser eludido, ni escamoteado ni soslayado.

Es interesante constatar que la quiebra del discurso hegemónico neoliberal, se produce en América Latina cuando la oleada de gobiernos progresistas remite y da paso a la conformación de gobiernos de derecha y alineados con la agenda norteamericana y con el FMI. Se había pensado que el retorno de los gobiernos de derecha implicaba el regreso y consolidación del discurso neoliberal. Por lo visto, se trató de un espejismo. Los gobiernos de derecha tuvieron oportunidades históricas por los errores de los gobiernos progresistas, no por los méritos del discurso neoliberal.

En ese sentido, el caso de Argentina es otro ejemplo paradigmático. Macri se convierte en el primer presidente de Argentina que no logra la reelección. Su apego al FMI y su negociación por más de 50 mil millones de USD con esta institución, implicó un duro programa de ajuste en circunstancias en las que la macroeconomía de ese país no estaba apta para soportarlo. El tipo de cambio se incrementó de 9 pesos por dólar a más de 60 pesos por dólar en apenas tres años. La pobreza se duplicó y la sociedad se fracturó. Por ello, la forma por la cual la sociedad argentina rechazó el ajuste fue a través del sistema político y posibilitó el retorno del peronismo, cuyo sustento de campaña fue, precisamente, el discurso de la equidad.

Sin embargo, puede notarse que la derecha aún no tiene una línea discursiva que al menos le permita comprender la historia que sucede en su alrededor. De una manera u otra, ha recurrido al expediente de la teoría de la conspiración para explicar fenómenos históricos y sociales que tienen sus propias explicaciones y referencias en la estructura económica y social. La derecha, es indudable, ha sido rebasada por el momento histórico. Su incapacidad de lectura de su propia realidad da cuenta que, por ahora, es el obstáculo más serio para los cambios que las sociedades necesitan.

Se puede afirmar, habida cuenta que se trata de un fenómeno global en el cual también hay que inscribir a los gilet jaunes de Francia, y a otros movimientos sociales del mundo, que la resistencia que este momento expresan las sociedades a la forma por la cual se consolida una injusta distribución del ingreso en circunstancias en las que las sociedades y el propio capitalismo están transitando de la escasez hacia la abundancia, y cuya principal característica está en la preeminencia de la economía de la sociedad de la información como sustento de esta transformación, es global y es histórica, y que anuncia cambios profundos en la estructura misma del capitalismo.

Es decir, las elites del capitalismo global, recurren a un discurso del siglo XX, en la ocurrencia el neoliberalismo, para consolidar la hegemonía sobre las sociedades del siglo XXI. Por ello utilizan todos los mecanismos que le permitieron esa hegemonía en el siglo XX, como el control a los grandes medios de comunicación, lo que les daba la posibilidad y la capacidad de manejar los discursos desde los cuales se genera la comprensión y la interpretación de la realidad, así como el financiamiento a los think tank que elaboraban, de su parte, las ideas, las propuestas, las cifras, los discursos y los marcos epistemológicos desde los cuales operan esos discursos. Pero es muy difícil controlar el futuro con las herramientas del pasado.

Al parecer, esa forma de construcción de la hegemonía está llegando a su fin. Las sociedades del siglo XXI tienen a su disposición mecanismos de información, y de comunicación generados precisamente por la economía de la sociedad de la información, como las plataformas de redes sociales, que les permiten ser actores y testigos de lo que sucede en su propia realidad y en la del mundo, sin pasar por las aduanas de los grandes medios de comunicación. Son sociedades en las que los ciudadanos se reconocen también como ciudadanos globales.

Hay que recordar que hace algún tiempo, cuando emergía la sociedad de la información, los dispositivos de comunicación permitieron la primavera árabe que acabó con varios gobiernos despóticos.

Lo que la rebelión de octubre de Ecuador, la movilización social de Chile, las elecciones de Argentina, la insurrección social en Haití, entre otros procesos sociales, demuestran es que los discursos que aseguraban y sostenían la hegemonía del capitalismo están, epistemológica, teórica, e ideológicamente, agotados. No se puede sostener la hegemonía del sistema con el discurso del crecimiento económico cuando hay que abordar y resolver los problemas del calentamiento global y las desigualdades estructurales. Tampoco se le puede exigir a las sociedades que sean más competitivas, cuando se la empobrece de forma concomitante a la cual se multiplica la riqueza. Tampoco se les puede decir que acepten toda imposición, incluso si va contra sus derechos fundamentales, para complacer a la inversión extranjera directa cuando sus condiciones de vida se deterioran.

Es también por ello que la institución que codifica ese discurso se demuestra caduca y decadente con respecto a su momento histórico: se trata del FMI. En todas partes del mundo, el FMI es el centro de la inquina social. Las recomendaciones del FMI no son bien vistas en ninguna parte. Desde la crítica que hizo Joseph Stiglitz a inicios del siglo XXI, el FMI no ha cambiado un milímetro y se ha aferrado a sus propios marcos interpretativos con la pasión de los fundamentalistas. La legitimidad social de esta institución se reduce a una velocidad creciente. Es muy probable que desaparezca en los próximos años. Tal como está diseñada, es un obstáculo este momento para las propias necesidades del capitalismo de sostener su capacidad hegemónica. Pero no solo eso, es también el discurso que secreta el que tiene los días contados: el discurso del neoliberalismo.

Las transformaciones del capitalismo en el siglo XXI son cualitativas. La economía de la sociedad de la información multiplica de forma exponencial la capacidad de crear nueva riqueza y permite superar las condiciones de escasez para transitar a sociedades de la abundancia. Pero el discurso del neoliberalismo es un discurso de la escasez. Sus marcos epistémicos no pueden siquiera encuadrar y entender lo que significa la abundancia. Se aferra al discurso de la austeridad como una forma desesperada de luchar contra el futuro y restaurar el pasado.

De hecho, toda la estructura simbólica e ideológica de la hegemonía del capitalismo del siglo XX se sustenta sobre la escasez. Pero ya no se puede hablar de escasez en un contexto de economía de la sociedad de la información, porque el recurso que sostiene los nuevos procesos de acumulación ya no es escaso, como fue el caso del capital y el trabajo, sino un recurso infinito: la información, y cuya referencia más importante es aquella de la inteligencia artificial.

Si la economía de la sociedad de la información converge hacia la inteligencia artificial, y todo parece apuntar en ese sentido, las condiciones históricas que definían el valor del universo de bienes y servicios que se crean y producen en el capitalismo, cambian de coordenadas históricas y epistemológicas. El valor ya no puede referirse a la producción, porque su importancia, en la economía de la sociedad de la información, es marginal. Es por ello que emergen nuevos discursos y nuevas prácticas: la renta básica universal, las monedas digitales y las monedas locales, la reducción de la jornada laboral, la seguridad social universal, la transformación de la matriz energética de la producción y la circulación, hacia energías limpias, la economía de las redes sociales, etc.

Y las sociedades, de una u otra manera, comprenden y sienten esas transformaciones, porque es ahí en donde se gestan. Por ello, las movilizaciones sociales en todas partes del mundo, son la constatación que el capitalismo del siglo XX está llegando a su fin y que otra sociedad, otros referentes, otros discursos están emergiendo en esta coyuntura. Esas movilizaciones sociales están construyendo otro mundo posible. Le están poniendo fin al capitalismo del siglo XX y construyendo las sociedades del siglo XXI, y ninguna violencia que se ejerza contra ellas puede evitarlas.

La cuestión que será fundamental a futuro, es saber si el capitalismo sea el modelo histórico que permita sostener a la economía de la sociedad de la información y de los ciudadanos globales. Si el capitalismo se revela como una camisa de fuerza para la economía de la sociedad de la información y la ciudadanía global, quizá estemos presenciando el acontecimiento histórico más importante desde el siglo XVIII: el primer cambio civilizatorio que implica la transformación de un sistema que se quería inmutable y perenne, el sistema capitalista, hacia una nueva sociedad de la cual intuimos sus contornos pero a la que aún no hemos dado nombre todavía.

 
 

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