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Xenofobia, racismo y clasismo. Qué son y cómo mitigarlos

Joan Pedro-Carañana* / SinPermiso

20/06/2020

La xenofobia es el rechazo al diferente y puede ser corregida con la reflexión racional. Los científicos han encontrado que la amígdala, la parte más primitiva del cerebro, crea una reacción instintiva ante lo extraño como mecanismo de protección. Y también que el efecto de este rasgo evolutivo arcaico puede ser superado fácilmente mediante el uso del neocórtex, una parte más avanzada del cerebro donde reside la racionalidad, capaz de evaluar la reacción y dejarla de lado.

Por su parte, el racismo consiste en clasificar a las personas en “razas” según su aspecto y establecer una jerarquía entre ellas. La existencia de las razas no tiene fundamento biológico, sino que se trata de una construcción cultural. Biológicamente, la única raza entre los humanos es esa, la humana: hay diversidad genética, no conjuntos homogéneos que podamos llamar razas. Todas las personas tienen ADN de distintas procedencias, es decir estamos mezclados. Culturalmente, los racistas obvian esta realidad y creen que hay razones biológicas que hacen que su raza sea superior, lo que les lleva a estigmatizar y discriminar a otras personas por sus rasgos físicos. Dado que el racismo existe, la raza existe como fenómeno cultural en la medida en que el racismo tiene consecuencias sociales observables.

Por último, está la aporofobia, definida como rechazo al pobre, al que no tiene recursos. En otras palabras, clasismo (dirigido exclusivamente a los de abajo). Si al racista le desagrada Lebron James por su color de piel, el clasista solo discrimina al que está más abajo en la escala social, si bien habitualmente recurre a conceptos racistas y xenófobos. Se da la bienvenida a quienes tienen pedigrí de “jeques” árabes, aunque pertenezcan a gobiernos dictatoriales, pero se estigmatiza como “moro” al inmigrante pobre. Es xenofobia selectiva en función de la clase social. Se entiende la importancia de la interseccionalidad, las relaciones co-constitutivas que existen entre diferentes tipos de opresión y, por tanto, de liberación.

En las tres formas de discriminación intervienen factores tanto culturales como materiales. Por ejemplo, tanto los discursos como las prácticas discriminatorias de algunos políticos legitiman e impulsan la violencia simbólica y física contra los que son considerados diferentes, inferiores o enemigos.

En el nivel cultural, los medios de comunicación suelen relacionar negativamente a los diferentes con el peligro, la delincuencia y el caos. Así, los medios actúan irresponsablemente cuando hablan de “ola” o “avalancha” de inmigrantes. Igual de importante es la descontextualización de los procesos migratorios respecto a sus causas, en las que los países occidentales tienen una gran responsabilidad, no solo histórica, sino también actual, como principales extractores de recursos y emisores de gases causantes del calentamiento global, el apoyo a gobiernos dictatoriales o corruptos y las guerras. También cumplen un papel importante los bulos que circulan por redes sociales sobre las ayudas que reciben los inmigrantes, la violencia de los musulmanes, la imposición de culturas ajenas o los índices de criminalidad.

Decía el historiador Howard Zinn que la manipulación de la población se ve facilitada por dos sesgos culturales clave: el poco conocimiento de la historia y el etnocentrismo (habitualmente en forma de nacionalismo). No conocer el pasado de tu país y no conocer otras culturas es, por ejemplo, no saber sobre las migraciones históricas desde países occidentales y su recepción en países terceros. O sobre papel del colonialismo y del imperialismo occidental para acumular riqueza y poder a costa de la explotación de los países de la periferia. O sobre las fortalezas de otras culturas y las debilidades de la propia. La ignorancia se traduce en la infelicidad de no apreciar al otro.

En los libros de texto se omite la reflexión ética y las consecuencias de lo que Aníbal Quijano ha llamado la colonialidad del poder, es decir la invención del sistema de razas jerárquico para justificar el dominio de los blancos europeos, especialmente desde la colonización de América. “Indios”, vietnamitas, rusos, árabes, latinoamericanos o chinos han sido objeto de sub- y mal-representación. La fábrica de sueños de Hollywood tiende a deshumanizar a los otros, presentándolos como enemigos o bárbaros inferiores, y a omitir su riqueza cultural y medioambiental. ¿Por qué tantas series que idealizan el narcotráfico y tan pocas que muestran la belleza de los pueblos latinoamericanos? Los contables de los medios pueden pensar que el estereotipo negativo es más rentable y la interiorización del racismo ayuda a su normalización y auto-justificación.

Tras décadas de presión popular, los medios comerciales no han tenido más remedio que lanzarse a la mercantilización de la diversidad. Se procede a la inclusión de personajes de diferentes “perfiles raciales” (y de orientación sexual, género…) sin que esos perfiles pongan en cuestión el sistema de discriminación estructural. Se pretende integrar a la gente no blanca en un sistema excluyente sin cambiar el sistema. Es decir, que unos pocos representantes de “minorías” tengan espacio para que los medios puedan dar una apariencia de pluralidad, mientras estos representantes suelen pertenecer a una clase social acomodada y las representaciones suelen ser estereotipadas. El sistema no facilita la expresión de todos. Aquellos que sufren mayores opresiones y las voces del cambio tienen poco espacio. Como enfatiza Angela Davis, la inclusión y la diversidad no son suficientes, ni siquiera son deseables cuando suponen integrarse en una sociedad que mantiene múltiples focos intensos de opresión (de raza, de clase, de género…). No se trata de ser incluidos parcialmente en una sociedad o sistema mediático que mantienen sus estructuras racistas, sino de crear otra sociedad que no sea racista y, para ello, hay que abordar también las desigualdades de clase y de género.

En cuanto a las dimensiones materiales, hay que tener en cuenta que nuestro ambiente es uno de los factores que impulsa la xenofobia, el racismo y el clasismo. En un contexto de capitalismo salvaje que ha generado fuerte desasosiego, incertidumbre por el futuro, sufrimiento entre las clases medias y obreras y desgaste del tejido social es más fácil inducir temor y rechazo hacia el otro mediante comunicación persuasiva. No es el único factor, ni hay una relación determinista, pero influye. En condiciones de desigualdad, la propaganda promueve la lucha entre los de abajo, del penúltimo contra el último, para que los de arriba queden incólumes.

No hay ninguna fórmula predeterminada para actuar contra la discriminación, pero no cabe duda de que conviene actuar tanto a nivel cultural como material. En este último nivel, es obvio que hay que reducir la desigualdad dentro de cada país y entre países.

A nivel cultural, se ha argumentado que un experimento difundido en un anuncio viral podría servir de correctivo: se aplicó un test de ADN a un grupo de personas de diferentes países y, para sorpresa de los participantes, cada una de ellas tenía genes de diferente procedencia geográfica. Sin embargo, la moda de realizar pruebas de ADN podría dar la impresión de que las diferencias biológicas son importantes y definen quienes somos, es decir promovería el racismo.

Dado que la esfera pública privatizada excluye la posibilidad de actuar contra las jerarquías, se requiere, ante todo, construir verdaderos espacios de diálogo e intercambio en condiciones de igualdad. Lo fundamental es que se tomen en cuenta las actuales relaciones de poder asimétricas para priorizar la expresión de las poblaciones que más sufren las opresiones sistémicas, pues no hay cambio posible si no es mediante el protagonismo de los que son golpeados por las injusticias y luchan por la justicia. Se requieren más medios de comunicación independientes, para que los comunicadores puedan realizar su trabajo en condiciones dignas, con libertad y verazmente. Combatir las fake news y la manipulación informativa. Convendría democratizar no solo el sistema mediático tradicional, sino también la comunicación online, para que se promuevan representaciones más inclusivas y transformadoras, como ya se está haciendo con algunos videojuegos.

Sin duda, hay que apostar por decir la verdad: “Ni hay demasiados inmigrantes, ni acaparan las ayudas sociales y colapsan la Sanidad, ni vienen a delinquir. Y sí, pagan impuestos”. Hay que impulsar la racionalidad, pero también tocar los corazones con emoción, por ejemplo mediante producciones culturales que muestren la gratificación del intercambio cultural y que la diversidad es riqueza necesaria para la unidad que puede llevar a una vida mejor. Series, películas y canciones que acerquen a las personas mediante comunicación no violenta o, al menos, que aborden el racismo de manera seria, incluyendo entre policías y ciudadanos no blancos, reduciendo la estereotipia y sin olvidar la representación de cómo las instituciones condicionan a los individuos.

No puede olvidarse la importancia de una educación en valores éticos, de viajar y de abrir espacios para la interculturalidad. A mayor relación con otras culturas, mayor capacidad de aceptar y valorar justamente al que inicialmente pueda parecerte diferente. Conviene conocer mejor la historia, asumir responsabilidades, reducir el nivel de etnocentrismo y aumentar el interés por conocer otras culturas. Hay que concebir el deporte como parte esencial de la vida democrática, como espacio en el que convivir en la diversidad y solucionar conflictos cotidianos. Hay que fomentar la solidaridad frente al egoísmo, construir un imaginario de los comunes y dar ejemplo mediante prácticas colectivas. Impulsar la globalización de los derechos humanos para crear una sociedad de ciudadanos libres, iguales y diversos.

La reducción del racismo, la xenofobia y el clasismo requiere culturas de diálogo y reconocimiento que vayan acompañadas de un cambio económico que mejore la igualdad. Se trata de impulsar comunicación y prácticas de y para la justicia social que permitan crear condiciones en la que las relaciones de poder se dispersen y equilibren, precisamente, para favorecer la expansión de esas relaciones justas.

*Joan Pedro-Carañana

Profesor del Departamento de Periodismo y Nuevos Medios, Universidad Complutense de Madrid.

 
 

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