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 Xalapa, Ver.- Año XI No. 571

 

 

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Empleos temporales y mal pagados, el 'golpe bajo' a nuestro sistema inmune ante COVID-19

 David Fickling . Bloomberg  / El Financiero

No hay nada arbitrario en una epidemia. Si bien cada enfermedad es producto de una cadena de cambios genéticos accidentales, el proceso que convierte una nueva infección en un brote devastador es tanto social como biológico.

La gran mayoría de las nuevas condiciones desaparecen antes de propagarse entre más allá de un puñado de personas. Solo en raras ocasiones se explotarán las fallas de nuestro orden social para arrasar con toda la población humana.

“Las enfermedades epidémicas no son eventos aleatorios que afectan a las sociedades de manera caprichosa y sin previo aviso. Por el contrario, cada sociedad produce sus propias vulnerabilidades específicas”, escribió el historiador médico Frank M. Snowden en su reciente libro, Epidemics and Society (Epidemia y sociedad).

Como resultado, estudiar las enfermedades es una forma de entender “la estructura de la sociedad, su nivel de vida y sus prioridades políticas”, escribió.

El sida halló un ambiente fértil para propagarse por la homofobia y el puritanismo de la década de 1980 en Estados Unidos, y por teorías de conspiración médica que luego barrieron partes de África.

En el siglo XIX, el cólera se apoderó de ciudades cuyas poblaciones habían crecido sin construir el saneamiento básico necesario para proporcionar agua potable. La viruela de los siglos XVI a XIX arrasó con poblaciones indígenas en el Nuevo Mundo, dando a las potencias coloniales la oportunidad de tomar el control de vastas extensiones de tierra con poca guerra.

¿Qué nos dice la devastación causada por el COVID-19 sobre las patologías subyacentes de nuestra propia cultura y tiempo? Es difícil escapar de un factor común ante múltiples brotes. Una y otra vez, los grupos de infección se han asociado con aquellos cuyo trabajo es mal remunerado, inseguro y contingente.

En una base de datos de los principales eventos de propagación compilados por investigadores de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, casi 80 por ciento de las infecciones se pueden atribuir a plantas de procesamiento de alimentos, barcos, residencias de ancianos, bares, restaurantes, tiendas y dormitorios de trabajadores. Todos estos son lugares claramente asociados con bajos salarios y poca seguridad laboral. Los empleados de oficina casi ni aparecen en los registros, a excepción de 148 casos asociados con una conferencia de negocios.

El mismo patrón ha aparecido en país tras país. En Estados Unidos, muchos de los brotes más grandes fueron asociados a plantas empacadoras de carne, que ganaron infamia por las malas condiciones de trabajo hace más de un siglo. El éxito inicial de Singapur en la supresión del virus fue socavado por enormes brotes en dormitorios donde alojan a trabajadores extranjeros lejos de la vista.

En el Reino Unido, los brotes en hogares de cuidado para la tercera edad han sido relacionados con personal temporal con contratos de cero horas que fue transferido entre las instalaciones. En Australia, el fracaso de los esfuerzos de supresión inicial tuvo que ver, de manera similar, con los guardias de seguridad privados en los hoteles de cuarentena.

Algunos comentaron en la cadena de televisión Australian Broadcasting la semana pasada que fueron contratados vía WhatsApp, no recibieron capacitación y les dijeron que trajeran sus propios tapabocas.

Los efectos de esto se evidencian en el riesgo diferencial del coronavirus. En Estados Unidos, la población afroamericana tiene más del doble de probabilidades de morir por COVID-19 en relación con la población blanca y asiática. También están significativamente sobrerrepresentados en el tipo de empleos del sector de servicios de la clase trabajadora asociados con grupos de infección.

En Inglaterra, residentes de Newham, una zona de bajos ingresos en el este de Londres, murieron a un ritmo siete veces mayor que los de Guildford, una parte próspera semirural del otro lado de la ciudad, según un estudio del Gobierno en mayo.

Notablemente, considerando que una gran parte de las infecciones previas por coronavirus como SARS y MERS ocurrieron en entornos de atención médica, los trabajadores de hospitales han logrado esquivar relativamente la pandemia de COVID-19. De hecho, hay evidencia que sugiere que los trabajadores de primera línea se están infectando a tasas aún más bajas que los médicos que están menos expuestos directamente. Esto muestra que las precauciones tediosas pero directas son suficientes para reducir significativamente el riesgo de infección.

La pregunta es si, como sociedad, creemos que vale la pena tomar tales medidas cuando los que están en riesgo no son profesionales médicos, sino trabajadores de la economía de bajos ingresos. En Estados Unidos, empleados que han pedido permanecer en casa en lugar de regresar al trabajo y enfrentarse a la infección han sido despedidos, y en algunos estados fueron los que dieron inicio a las solicitudes de beneficios por desempleo.

Es triste ver cómo parece que muchos prefieren arriesgar cientos de miles de vidas al reabrir empresas y obligar al personal a regresar al trabajo, en lugar de solicitar los préstamos necesarios para mantenerlos en casa, aunque sea temporalmente, con un ingreso que permita vivir.

Casi 15 billones de dólares de deuda se están negociando actualmente con rendimientos negativos y los Gobiernos de los países ricos pueden obtener préstamos por casi nada. En lugar de buscar formas de empujar a los trabajadores de vuelta al peligro y convertirlos en nuevas fuentes de infección, deberíamos hacer todo lo posible para brindarles la misma protección que otorgamos a las legiones de empleados de cuello blanco que han estado trabajando desde casa durante meses. Desde la perspectiva de más de 600 mil fallecidos y 15 millones de infectados, nuestra reticencia a tolerar tales pasos parece una especie de locura.

Las enfermedades a menudo son más mortales cuando pueden aprovechar una condición preexistente para abrumar las defensas naturales del cuerpo. La situación es poco diferente cuando se trata del cuerpo político. La negativa de la sociedad a otorgar a los mal remunerados y subempleados las mismas protecciones que ofrece a los acomodados es la comorbilidad que nos está matando.

*David Fickling es columnista de opinión de Bloomberg.

 
 

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