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 Xalapa, Ver.- Año XI No. 571

 

 

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Armagedón

José Blanco / La Jornada

El término bíblico lo usan diversas culturas para referirse al fin del mundo. Incontables páginas se han escrito en nuestros días sobre el inmenso riesgo de una guerra nuclear. El Reloj del Apocalipsis, sostenido por grupos de científicos desde 1947, en enero pasado fue movido a las 23:58:20 horas; nunca estuvo tan cerca de la medianoche (el momento postrero). Otros mundos también están cerca de morir en nuestros días.

Lo está la globalización neoliberal. Los grandes capitales del planeta querrían salvar a la brevedad esto que tenemos por régimen capitalista; ya están prestos para evitar el naufragio. Para los hombres prácticos del mundo empresarial, las cosas no deberían ser complicadas. Pero el mundo real comprende a los Estados-nación, los poderes políticos y militares, la complejidad de la gobernanza internacional, los liderazgos planetarios. Todo está en el escenario, la triple crisis del capitalismo, económica, sanitaria y climática y, al mismo tiempo, la reconfiguración del liderazgo político mundial.

Tanto Rusia como China han tomado decisiones, hace tiempo, para construir estados que profundizan en su esencia autoritaria. Vladimir Putin ha ascendido los peldaños necesarios para mantenerse en el poder, desde el año 2000 y hasta 2036, cuando cumplirá 84 años; y la Asamblea Nacional Popular de China aprobó en marzo de 2018 una reforma legal que permite a Xi Jinping relegirse sin límite de mandatos. Ambos gobernantes buscan aplacar el conflicto social interno para concentrarse en las batallas cruentas e incruentas, internacionales, a las que llama la reconfiguración del poder y la gobernanza del mundo del futuro inmediato.

Estados Unidos está en problemas. Una persona de poco entendimiento o inteligencia, presumido o engreído, (que) en ciertas representaciones hace el papel de gracioso (todas son definiciones de la RAE para la palabra tonto), preside el gobierno. El pasado 23 de julio, Trump dijo a un periodista de Fox News haber superado una prueba de agudeza mental repitiendo satisfactoriamente las palabras: persona, mujer, hombre, cámara y Tv. No era el show de nadie; era Trump hablando seriamente: I’m an extremaly stable genius (soy un genio extremadamente estable), manifestó impávido; ése fue uno de nueve autoelogios felices por haber realizado tamaña proeza. Desafió a Joe Biden a hacer el mismo duro examen cognitivo.

El 19 de julio, también frente a Fox News, Trump se negó a comprometerse con el resultado de los comicios de noviembre: No voy a decir simplemente que sí, adujo. El profesor de derecho Lawrence Douglas, del Amherst College, advirtió en un ensayo haberse dado a la tarea de pensar metódicamente lo impensable: Lo que no es incierto es cómo reaccionaría Donald Trump ante una derrota electoral, especialmente si es estrecha. Rechazará el resultado. También escribe: Nuestra Constitución no asegura la transición pacífica del poder, sino que la presupone.

A la vista están cambios complejos y heterogéneos en la creación de unos nuevos nacionalismos acompañados cada uno de una región multinacional propia. Rusia con la Unión Euroasiática, enfrentando problemas económicos difíciles en ese afán, pero con un poder militar intimidante para sus vecinos y desafiante para Estados Unidos. China, más amenazante aún para Estados Unidos por su poder económico, con el mayor PIB (paridad de poder adquisitivo) del mundo; con su región, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), creó la mayor zona de libre comercio del mundo desde 2010. Pero el peso económico de China es también visible en África y, en menor medida y de modo diverso, en América Latina. Además, ha ido volviéndose un poder militar inquietante para Estados Unidos. Del temor a China hablan los ríos de críticas, descalificaciones, insultos, artículos académicos de EU, Canadá, Europa entera, Australia, reprobando a ese país y situándolo lejos de todo futuro asociado posible. Occidente no quiere nada con el dragón rojo (dizque). Rusia y China, asimismo, presentan un frente común en diversos asuntos frente a la potencia declinante.

Estados Unidos vuelve sobre sus pasos, impulsa la región de América del Norte, mantiene una influencia decisiva, aunque en declive, en múltiples países del orbe; tiene el mayor poder militar, y conserva el monopolio de la emisión de la divisa principal internacional del mundo. Estamos frente a transformaciones en curso de orden estructural que están mucho más allá de Donald Trump. Su derrota no alterará el curso principal de los cambios en el orbe. Pero con Trump, Estados Unidos se ha vuelto una potencia que sería una comedia de risa desternillante, si no fuera por las inicuas represiones a los movimientos sociales, principalmente a Black Lives Matter, que lo han vuelto una descarnada tragedia, una fuerza descontrolada, un poder altamente ­desconfiable.

Los centros de poder están en pos de una reforma que sería muy conocida para Lampedusa (cambiar algo para que nada cambie). Pobre de México, tan lejos de la soberanía y tan cerca de la dependencia imbatible del T-Mec.

 
 

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