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 Xalapa, Ver.- Año XI No. 588

 

 

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Durmiendo con el elefante

Alejandro Marcó del Pont  / Rebelión

25/11/2020

“Es tanta la crisis que hasta lo prometido es deuda”

“Las deudas se pagan”. Esto afirma el relato, admirablemente instalado por el sistema financiero, y que ha calado hondo en las sociedades, sobre todo del tercer mundo, para quienes está dirigido, por la simple razón que son las receptoras de deuda. No importan sus términos ni condiciones, tampoco lo descabellado o miserable de las propuestas de devolución, menos aún las penurias que deberán afrontar los que menos tienen, y sobre quienes habitualmente recae la mayor carga.

Las deudas, por lo general, son tomadas por gobiernos conservadores que, cuando formaban parte de la oposición eran férreos defensores del equilibrio presupuestario, de la responsabilidad fiscal, austeridad del gasto y del respeto de los compromisos asumidos. Pero, misteriosamente, cuando forman parte del gobierno, contraen deudas impagables, brindan beneficios impositivos a sus socios, a ellos mismos, o simplemente al establishment, bajando aportes a los ricos, disminuyendo alícuota sobre patrimonio, etc. Estas medidas suponen desequilibrio en las cuentas públicas, incrementos en la deuda, que, en general, será afrontada por un gobierno progresista, como un relato lógico inscrito dentro de hacerse responsable de los compromisos asumidos.

Esta es la lógica imperante antes de la pandemia. El advenimiento del COVID-19 y el enorme aumento en el gasto público, engendrado por la depresión, obligó a los principales gobiernos a proteger la oferta, empresas grandes y pequeñas, así como a conservar el empleo. Las estimaciones del FMI sugieren que el estímulo fiscal y monetario combinado, proporcionado por las economías avanzadas, ha sido equivalente al 20% del PBI. Los países de ingresos medios del mundo en desarrollo han podido hacer menos, pero aun así lograron una respuesta combinada equivalente al 6 o 7% del PIB. Para los países más pobres, la intervención ha sido más modesta, del orden del 2% del PBI, lo que muestra la disparidad existente en la protección social de los países ricos y pobres. Estos últimos han dejado a sus economías mucho más vulnerables a una recesión prolongada, lo que podría llevar a millones de personas a la pobreza.

Pandemia Covid-19. Deuda global preexistente

Muchos gobiernos del primer mundo recompraron deuda a través de sus bancos centrales, lo que permitió mantener tasas de interés muy bajas y avalar el endeudamiento estatal, permitiendo de esa manera una respuesta fiscal más alentadora y manteniendo la economía abierta. Lo cierto es que la deuda global llegó a 277 mil billones, algo así como 365% del PBI mundial, y según el  Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), la deuda estaría hoy rondando el 432% del PBI.

Lo más importante, a nivel mundial, es que el aumento de la deuda no se produjo solo en el sector público, sino también en el sector privado, especialmente bajo la forma de  deuda empresarial. Empresas de todo el mundo habían aumentado sus niveles de endeudamiento mientras las tasas de interés eran bajas, o incluso nulas, antes del COVID-19, con una lógica determinada: recomprar sus acciones, aumentar sus precios de mercado y llevar a cabo fusiones o adquisiciones que garantizaran su hegemonía monopólica. Como lo muestran el cuadro que acompaña a este texto, los graves riesgos que enfrentan las economías del primero como del tercer mundo no son solo resultado del endeudamiento público, sino por la potenciales quiebras generales del sector privado.

¿Cómo ha reaccionado el mundo y qué debería hacer con estos problemas? Aunque son obligaciones diferentes, afectan decididamente las necesidades políticas plasmadas numéricamente en los presupuestos del año siguiente.

Desde el punto de vista estatal y de los organismos internacionales, ya lo hemos dicho en numerosas ocasiones en este blog, la única iniciativa que se afianzó durante la cumbre del G-20 fue la suspensión del servicio de la deuda (DSSI, por sus siglas en inglés), lo que permitió a 73 de los países más pobres del mundo posponer los reembolsos. Pero pausar los pagos no es una solución: la deuda permanece e, incluso si los gobiernos del G20 muestran una mayor relajación, los acreedores privados (bancos, fondos de pensiones, fondos de cobertura y ‘vigilantes’ de bonos) continúan exigiendo su tajada del pastel.

Esta idea ha llevado a distorsionar las iniciativas de financiamiento del déficit por parte de los países pobres y de medianos ingresos, reinstalado la idea de mecanismos de financiamiento del déficit fiscal con austeridad. Esta vez con indicadores extremadamente degradados y amplificados por la pandemia, lo que torna las discusiones del financiamiento del déficit en un problema moral, no político ni económico. 

 
 

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