Sociedad y política a debate

Xalapa, Ver.- Año VII No. 395

   

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Zaida Alicia Lladó Castillo

18/03/2017

Psicopatología del poder político (II)

En función de lo anterior, Rocamora Bonilla[1], presenta una clasificación interesante de algunas psicopatologías de los políticos, que desde luego dependiendo de los casos , se tendrían que analizar los rasgos y predisponentes específicos en base a  los manuales de los trastornos mentales[2]; pero para fines de este articulo y como una base ilustrativa revisemos esta clasificación para describir los perfiles de políticos con trastornos del comportamiento. Por ejemplo:

El político paranoide.-El trastorno de personalidad paranoica es una desadaptación mental en la cual una persona tiene un patrón de desconfianza y recelo hacia los demás en forma prolongada y obsesiva. Un político con este tipo de personalidad se muestra altamente desconfiado, generalmente busca la comprobación de sus sospechas y pone “trampas”, “pruebas” a familiares, colaboradores,  amigos.  Este torbellino de sospechas, complots, amenazas, etc., que son parte de su imaginación,  le genera tensión porque todo lo que ocurre a su alrededor lo ve desde su perspectiva, le provoca malestar y lo hace sentirse amenazado de que alguien lo ataque, controle o rebase.

Para el paranoide, el uso del miedo es su mejor estrategia, es su arma para dominar, generar amenaza, zozobra, terror y división para debilitar. Cuando la desadaptación es severa, empieza a construir sus propias verdades y a “creérselas”. Es mitómano por naturaleza pues de una premisa falsa puede construir su obsesión, y manipular a sus allegados para que crean en su verdad o proyecto. Demuestra seguridad pero internamente está totalmente indefenso, por eso integra equipos en los que pueda afianzarse. El político paranoide es intolerante, no reconoce su error, siempre justifica sus acciones, defendiéndose y echando la culpa a los de enfrente –de manera compulsiva-- y no asume la parte que le corresponde de la responsabilidad. Se siente perfecto, incólume, adopta actitudes mesiánicas aun a sabiendas de que es altamente imperfecto, incluso falso, deshonesto, vulnerable, pero sus defectos los encubre en forma persistente.

El político esquizoide.-La personalidad esquizoide se caracteriza por su hipersensibilidad, actitud defensiva y estados de ansiedad o depresión prolongados. Posee en esquema de defensa a partir de desapegos, es decir, bloquea sus sentimientos aun con los más cercanos (familia, amigos, etc.) asumiendo una actitud fría y calculada.  Tiende a tomar posiciones extremas maniaco-depresivas --explota de euforia o se deprime con facilidad—tiende a la rebeldía y está ansioso por vengarse ante la menor ofensa. El político esquizoide, le provoca angustia extrema el no conseguir metas, por eso se deprime. En su visión depresiva, poseen una visión empobrecida y pesimista del mundo, incluso de coraje hacia los demás, por eso son vengativos, herméticos y desconfiados. Por lo general son excéntricos y poseen ideas obsesivas. Ansían el poder porque lo ven como un medio para controlar a los demás y lo hacen a base de imposiciones, dirigiendo sus actos de manera autocrática y calculada.

El político histérico.-El perfil histérico corresponde a personas excesivamente preocupadas por llamar la atención y ser el centro de cualquier situación. Son superficiales, inestables emocionalmente y se dejan influenciar por cualquier persona generando juicios no probados de otros. Son muy seductores, pero difícilmente se implican emocionalmente y huyen de todo compromiso. Los personajes de la política que buscan persistentemente la admiración de los demás, que actúan en forma protagónica en exceso, que le genera angustia no figurar y no ser el centro de atención descubren poco a poco sus rasgos histéricos. Actúan en función de las apariencias y dado que su eficacia y competencia es nula, hacen uso de su astucia para compensar, se agencian el trabajo de otros, pagan lo que sea para ocultar su ineptitud ofreciendo una falsa imagen. Su punto de apoyo no son sus convicciones, sino todo aquello que le puede hacer más agradable a los demás o lo deje en la mejor posición.

El político psicopático.-Este perfil se caracteriza por adoptar comportamientos obsesivos en la búsqueda del dominio, por eso los políticos psicopáticos ansían vorazmente el poder y del dinero. Por lo general son explotadores, inconscientes e irresponsables con tendencia a quebrantar las normas establecidas y con gran dificultad para establecer relaciones humanas adecuadas y duraderas. Se rigen por una ley: “esto quiero, esto hago, esto me merezco”, anidan ambiciones desmedidas producto de una vida en donde los satisfactores materiales, la competencia económica contra algo o alguien y la carencia de valores han sido modelados y han generado aprendizajes donde trasgredir la norma es algo natural. La única norma que respetan es su deseo y obtener sus metas.

Estas personas internamente viven en el conflicto y hacen uso constante de la justificación para no acumular culpas. Generalmente son impulsivos, con baja tolerancia a la frustración; ven las cosas con frialdad y no tienen en cuenta la situación del otro, no les importa si lastiman, incomodan, dañan o matan. En definitiva, son personas que siempre están en conflicto consigo mismos y con los demás, se sienten distintos, superiores. Exigen cumplimiento, pero ellos son incapaces de actuar con el ejemplo. En política se identifican por sus acciones  corruptas y estafadoras donde lo que menos les interesa es el bien común, sino sus propios intereses.

El político narcisista.-Una persona con rasgos narcisistas clínicamente se característica por el exagerado amor a sí mismo. Pese a su “enorme autoestima”, es muy vulnerable a cualquier pequeño desaire o rechazo, respondiendo con fuertes sentimientos de ofensa o enfado. En las relaciones interpersonales, con frecuencia se muestran bastantes distantes y tratan de mantener una impresión de autosuficiencia, y de utilizar a los demás para sus propios fines, por lo general son manipuladores y centralistas. Los políticos que poseen estos rasgos, son personas que se consideran superiores a los demás en talento, capacidad intelectual, belleza—se preocupan demasiado de su físico, se hacen mil cirugías para mejorar su imagen--, y solamente se encuentran bien cuando son admirados y valorados por los demás. Son seductores y manipuladores. En política es muy común la adulación por lo tanto buscan rodearse de colaboradores que frecuentemente les alaben, son felices si los hacen sentir perfectos, omnipotentes. Eso refuerza el círculo del narciso y por lo tanto todos deben estar a su servicio. Carece de un mínimo de autocrítica poniéndose una “venda” consciente e inconsciente, para no ver sus deficiencias y potenciando siempre los éxitos sean menores o grandes.

Las combinaciones psicopatológicas.- Las características de las anteriores psicopatologías pueden combinarse de acuerdo a las condiciones o predisponentes en el medio, por ejemplo: puede existir un líder paranoico con rasgos narcisistas, o un histérico-esquizoide o psicopático, etc. También se asocian estos indicadores con otras alteraciones tales como: trastornos del estado de ánimo, ansiedad, disociativos, del sueño, sexuales o de identidad sexual, adicciones (drogas, alcohol) etc., es decir, pueden estas mezclas crear verdaderos monstruos.

Y se pudiéramos  poner un ejemplo de un personaje de la política contemporánea que ha caído o están dando muestra de comportamientos singulares que pueden caer en psicopatologías, un ejemplo emblemático es Donald Trump, Presidente de los EEUU,  que desarrolla desplantes maniaco-depresivos, de desapego emocional y de intolerancia a la frustración. Ya especialistas de la conducta, entre ellos el Dr. En Psiquiatría John D. Gartner de la Universidad de Harvard a fines del mes de enero pasado—antes de tomar éste posesión como presidente--, concluía al referirse a su personalidad: “es peligroso, mentalmente enfermo y temperamentalmente incapaz de ser Presidente”. Igualmente el investigador de la escuela de Medicina John Hopkins, indicó que el magnate padecía de: “narcisismo maligno” que se caracterizaba “por una acentuada debilidad de los sentimientos sociales que puede resultar de la ignorancia de las normas éticas habituales, de las exageradas tendencias antisociales, de la incapacidad de comprensión de las obligaciones morales”[3].

Es cierto que el medio político o gubernamental, expone a sus actores a situaciones de presión intensa pues éstos conviven en ambientes alterados o de conflicto, a confrontaciones constantes y al estrés propio de la función que desempeña, luego entonces poseen un grado superior de desgaste –físico , emocional y mental-- que el de cualquier otra persona que labora en una función tradicional; por otra parte, si además de lo anterior ésta se mueve bajo intereses y expectativas particulares obsesivas que derivan en ambiciones desmedidas, agregará un ingrediente nocivo más que alterará su estado de salud mental. Y si sumado a ello tiene problemas de adicciones y es susceptible de ser absorbido por esos espacios donde predominan las perversiones y corrupciones estructurales—como decía Tyzon--, su conducta será afectada severamente y/o puede estar ya padeciendo una psicopatología en alguno de sus diferentes grados, lo que indica que requiere de ayuda profesional de manera urgente y permanente.

Y es que el propio medio refuerza las conductas inadecuadas a conveniencia. Porque cuando los políticos ostentan el poder no hay nadie que se atreva a decirles que están “trastornados” y que son un peligro para un gobierno y para la propia sociedad, y los que comparten con ellos intereses, difícilmente lo harán porque están en la oportunidad de aprovechar las ventajas del propio poder. Por eso adular al “narciso”, al “psicópata”, al “esquizoide”, al “paranoide”, etc., es lo que conviene a los intereses de esos individuos y lo que menos les importará finalmente es, el severo daño que harán a la función pública y a la propia sociedad,  dejando una estela de desprestigio a su paso y de desconfianza hacia la política en general, por su enfermiza actuación.

Por eso hay que profundizar en el tema, porque hoy se hace vital que el ciudadano despierte para saber distinguir a un político sano, mental y físicamente, del que presenta disociaciones, obsesiones o distorsiones de la realidad. Igualmente creo que es tiempo ya que las instituciones políticas en sus procedimientos internos de selección de candidatos, valoren con seriedad—además de otros criterios-- los diagnósticos clínico-psicológicos de los aspirantes. Igualmente que los gobiernos se preocupen por evaluar con criterios objetivos a los funcionarios que ocupen posiciones relevantes, por el bien de las instituciones. Basta con revisar a consciencia–además de las capacidades y habilidades--, las historias de vida familiar, cultural y laboral, sus hábitos o adicciones, los resultados en el ejercicio de la función pública, su imagen en la sociedad, los antecedentes patrimoniales y sobre todo, los valores éticos y morales en los que ha sustentado su actuación personal y profesional a través de la vida.

La política debe perfeccionarse, para que el poder no se desvirtúe ni sea un arma de destrucción o enajenación, porque hoy la sociedad exige “no más políticos enfermos”. Por el contrario, pide a gritos mejores elementos en todos los espacios donde se ejerce poder y autoridad. Personajes –femeninos o masculinos--preparados, centrados, con alto nivel de consciencia y sensibilidad para armonizar relaciones y obtener consensos, con calidad moral y profesional, que enaltezcan los principios éticos y jurídicos en el ejercicio de su función y…que finalmente sus actos digan más que mil discursos.

Gracias y hasta la próxima.


[1] Rocamora Bonilla, Alejandro (2016)  Trastornos psiquiátricos de Políticos profesionales, Facultad de Psicología de la Universidad de Comillas.

[2] Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV)

[3] Excélsior, (31/01/2017) ,  “Donald Trump, con rasgos de enfermedad mental: Psicólogo” http://www.excelsior.com.mx/global/2017/01/31/1143207

 

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