Opinión; articulista invitado

Xalapa, Ver.- Año VI No. 399

   

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Marcelo Ramírez Ramírez

El credo político del presidente Donald Trump

7 de abril de 2017 

El presidente Donald Trump no arribó a la Casa Blanca impulsado por un programa con sentido de futuro en un mundo complejo, sino por una proclama alimentada de intereses de ciertos sectores sociales y la voluntad de un hombre para quien la verdad es clara y simple como el agua.

Al pretender inclinar la balanza del poder público desde la presidencia en apoyo de su credo político, Trump amenaza el equilibrio social e institucional de su país; además, atenta contra el principio democrático de la legitimidad de todos los intereses. Los que él sostiene son, a la luz de este principio, legítimos, pero no son los únicos; promoviéndolos con visión excluyente, los priva de su propia legitimidad, puesto que ésta se funda en la aceptación de intereses opuestos que, con su presencia, hacen de la pluralidad el marco propicio de la convivencia democrática.

 Donald Trump dio a conocer desde la etapa de campaña los criterios -de hecho un único criterio-, para definir a los enemigos de su gobierno. Ese criterio es la devoción por los Estados Unidos, por su grandeza en términos de poderío material, influencia determinante en las relaciones internacionales y cumplimiento del destino providencial que tiene asignado en la historia del mundo. Trump no distingue entre su percepción dogmática de otros puntos de vista, porque en la estrechez de su perspectiva política no cabe esa posibilidad. Posee la seguridad monolítica del creyente, no las convicciones razonadas del político dispuesto a revisarlas, si con ello avanza en las negociaciones y consigue parte de los objetivos por los cuales lucha. Sabe retroceder como lo reconoció en una entrevista, sólo si el adversario endurece su posición y la sostiene; es decir, negociar para Trump es exclusivamente una relación de fuerza, de la cuál quedan excluidas las razones de la justicia que, en ciertas circunstancias aconsejan conceder al débil lo que no puede exigir.

Para el presidente Trump, las críticas a sus planteamientos y decisiones ponen de manifiesto la falta de compromiso de sus adversarios con el futuro de los Estados Unidos. El exceso de tolerancia, el no defender con firmeza los intereses del país; el no hablar fuerte y dar el manotazo para intimidar a los opositores; todas estas debilidades llevaron a los Estados Unidos del papel de potencia hegemónica indiscutible, a la situación actual caracterizada por la cesión de espacios estratégicos de poder en lo militar y lo económico. El objetivo entonces está claro para la administración Trump: los Estados Unidos deben recuperar el liderazgo mundial.

¿Cambiaron las relaciones de fuerza entre las potencias industriales después de la segunda guerra mundial? ¿Se ha consolidado o está en vías de consolidarse un nuevo orden mundial después del desmoronamiento de la URSS? ¿Los socios ya no son tan dóciles como se vieron obligados a serlo en la anterior etapa de dependencia económica y vulnerabilidad militar? ¿Las potencias emergentes con China a la cabeza hacen necesario un ajuste en las relaciones, como lo comprendieron hace tiempo las élites políticas de las potencias occidentales, incluidos los Estados Unidos, bajo la administración de Richard Nixon?

Todas estas interrogantes no se tocan con claridad en el discurso político de Trump; cuando se le escucha deja la impresión de que sólo cuenta su perspectiva, predeterminada por su óptica empresarial de los intereses y valores que, según esa óptica, son la esencia de la nación norteamericana; explican su pasado y son la garantía de su porvenir.

Ciertamente, el inquilino de la Casa Blanca representa factores reales de poder vigentes en la sociedad norteamericana: una parte del empresariado, franjas de las clases alta y media que desean conservar sus formas de vida. Para estos grupos sellar la frontera del sur es una manera de conjurar la amenaza a la seguridad y a la estabilidad que han llegado a disfrutar. Esta ha sido siempre la lógica del pensamiento conservador, que lleva al propósito –o despropósito- de detener el tiempo, de mantenerlo estacionario frenando las fuerzas del cambio. El gran problema para Trump y para quienes se sienten representados por él, es la existencia de otra forma de pensamiento y otra tradición política opuesta al conservadurismo; se trata de una tradición libertaria que data de los primeros colonos llegados de Europa perseguidos por sus creencias religiosas.

El espíritu de libertad, la convicción de que todos los hombres nacen libres e iguales, quedó plasmada en la Constitución y ha sido y es la más alta expresión de los valores que nutren la democracia de los Estados Unidos. La intolerancia del presidente Trump es una amenaza para esta herencia y, desde luego, ha despertado el justo sentimiento de rechazo de los sectores avanzados de la sociedad norteamericana.

La grandeza de los Estados Unidos, la verdadera grandeza, no es de orden material, sino moral. A esta debe sus mejores logros, mientras la otra, alimentada por una ideología expansionista, explica las páginas negras del imperialismo. La concepción de Trump sobre la naturaleza del poder político es esencialmente biológica; es la traducción de la violencia que impera en los órdenes inferiores de la vida a la existencia humana. Representa por ello un retroceso y una amenaza para el mundo y para la propia nación de Abraham Lincoln.

Es posible que el ciclo histórico durante el cual Norteamérica pudo recibir un flujo constante de inmigrantes para poder cumplir el “Sueño americano”, haya concluido. Pero si los Estados Unidos no son ya tierra de oportunidades para los pobres y los perseguidos de otras latitudes, habrán de encontrarse formas y medios apegados a la justicia, a la solidaridad y, por qué no a la caridad como lo pidió el Papa Francisco, para desalentar el impulso migratorio que continúa movilizando masas humanas hacía el país del norte. Esa es la gran tarea política y la tarea de una gran política que deben impulsar los gobiernos involucrados, incluido el de los Estados Unidos.

En estos primeros meses de la administración del señor Trump, las medidas adoptadas en temas relevantes, dan una sombría tonalidad a las políticas de Washington, pero aún no está dicha la última palabra. Otros intereses y otras voces seguirán manifestándose para atemperar el radicalismo del mesías conservador. Por otra parte, la opinión pública orientada por intelectuales, científicos sociales, artistas, líderes religiosos, constituyen el contrapeso eficaz de un credo político que malinterpreta y empobrece el papel histórico de los Estados Unidos en el contexto del orden multipolar.

 

 

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