Opinión

Xalapa, Ver.- Año VIII No. 454    

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Alfredo Poblete Dolores

Elecciones: entre el miedo y el hartazgo

28 de abril de 2018

En términos generales el juicio es: “la facultad que tiene el ser humano para distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso.” En psicología se refiere a un concepto limítrofe entre lo racional y lo emocional. El juicio lo utilizamos para ponderar y sopesar lo que oímos, vemos o leemos; ese filón intelectual lo desplegamos y se hace evidente cuando opinamos, pregonamos un dictamen, lanzamos un veredicto o criticamos verbalmente algún suceso.

Valorar un evento o emitir un juicio sobre cualquier acontecimiento social cargado exclusivamente de emotividad casi siempre es errático y, si está matizado mayoritariamente por el intelecto, sin pizca de emoción, tiende a ser desacertado. Ponderar los sucesos humanos es complejo y siempre será preferible que se haga de manera equilibrada y prudente. Una buena parte de razón y su equivalente de emoción conduce a valoraciones moderadas, sensatas o lógicas; lo contrario conduce a emitir juicios errados o irresponsables.  

Los seres humanos nos comunicamos con nuestros congéneres para intercambiar información y muchas veces para influir en los interlocutores. En la transferencia y permuta de las ideas, sentimientos y emociones se van forjando o modelando las actitudes, conductas y opiniones que desplegamos o manifestamos en, durante y ante la vida.

Existen diferentes factores que ayudan o entorpecen el proceso de la comunicación humana. Casi todos estamos conscientes que existen obstáculos —en el episodio comunicativo— que distorsionan el mensaje que se emite o recibe. Esas barreras van desde las dificultades físicas como el ruido, la distancia o fallas en los medios que se utilizan para transmitir el mensaje [teléfono, TV, micrófono, etcétera]; obstáculos  que están relacionados con el significado de las palabras y son conocidas como barreras semánticas, regularmente se presentan cuando se ignora la acepción o alcance de un vocablo y acarrea malinterpretaciones del mensaje que se recibe; muchas veces se “juega” con las palabras para ocultar verdades, calumniar, difamar o imputar delitos; por último, las barreras psicológicas, esas que están relacionadas con la posición social —de poder— o situación anímica psicológica —de subordinación— que  desempeñan tanto el emisor como el receptor de la comunicación.  

Existen profesionales especializados en influir sobre las preferencias, opiniones y actitudes de sus escuchas. Los publicistas, propagandistas y los estrategas políticos son los más aviesos en manipular emociones, sentimientos y pensamientos de sus audiencias. Algunos periodistas e intelectuales son catalogados, muchas veces, como “formadores de opinión” y esa denominación o insignia está bien aplicada a ese grupo. Todos ellos son personas sensibles y conocedores de la naturaleza humana; además, están versados en múltiples aspectos de la psicología profunda y son efectivos cuando aplican sus conocimientos. En suma, los buenos o muy buenos estrategas de la comunicación no son improvisados; a ellos los acompañan un gran bagaje repleto de conocimientos y en muchos casos de “mañoserías”. También es cierto que muchos de ellos carecen de ética o de valores cívicos y pregonan con sus trabajos “bajezas” efectivas y calumnias eficaces.

Los estrategas de la comunicación utilizan todo su arsenal de conocimientos para influir en la opinión que tiene una persona sobre cualquier aspecto relevante de la vida. Ellos saben que la ruta más efectiva para crear o variar las preferencias y sentires de sus audiencias es recurrir a la manipulación de las emociones. Saben también que todo ser humano tiene en sus entrañas un sinfín de creencias, prejuicios, dogmas, valoraciones erróneas, estimaciones subjetivas y en muchos casos taras anímicas. Entre más ignorante y atrasado es un pueblo o una sociedad más barreras semánticas y psicológicas tiene y más fácil resulta manipularla e influir en sus opiniones, pensamientos, actitudes y comportamiento.

En el 2006 —el artífice de la guerra sucia contra AMLO— Antonio Solá diseñó la campaña de difusión: “López Obrador, un peligro para México” que resultó un verdadero éxito propagandístico. Esa frase con las imágenes concomitantes transmitidas en la TV fueron contundentes. Ese slogan también fue acompañado por la idea que AMLO era igual que el venezolano Hugo Chávez o el cubano Fidel Castro y que el comunismo, socialismo y populismo desbarata todo lo construido por una sociedad y les arrebata las propiedades a los ciudadanos. La inevitable conclusión fue: eso te pasará si votas por AMLO. Evidentemente el prejuiciado, el ignorante, el iletrado o el inculto consumieron toda esa bobería e hicieron que el miedo se apoderara de ellos. El resultado doce años de calamidades y barbaridades.

En enero de este año le preguntaron a Solá: ¿El peligro para México es vigente? Y él respondió: “Para nada es vigente. Yo lo he dicho muchas veces, ya no es nada vigente”. En otra ocasión dijo que él no tenía referencias de que AMLO fuera peligroso —que para él— la propaganda del 2006, sólo representó un trabajo. Los actuales estrategas del PAN y PRI —doce años después— están empeñados en continuar la guerra sucia escarbando en las entrañas donde anida el miedo y —sin la efectividad de Solá— siguen diciendo que el tabasqueño es peligroso para el país. Sus discursos y spots así lo demuestran. Por fortuna, son cada vez menos los que creen las engañifas, los dobles discursos y las verdades a medias diseñadas en las oficinas de propagandistas inescrupulosos y replicadas por formadores de opinión carentes de ética. Debemos tener presente que la superchería y las argucias anulan el juicio crítico y objetivo.   

Existe hartazgo en la sociedad mexicana por las políticas económicas neoliberales que acarrean corrupción e impunidad; el crimen organizado y su contubernio con la clase política flagelan a las familias del país; agregue usted los abusos de poder y las políticas entreguistas de las riquezas nacionales. No debemos permitir que nos infundan temor con las calumnias y embustes acerca de la “maldad” de un candidato y las políticas que pretende impulsar.

El miedo que pretenden provocar con su campaña sucia está rebasada por el enojo y hartazgo de la población. En cantidad serán más —muchos más— los encabronados que los miedosos los que acudirán a las urnas. Si los jefes —de quienes manipulan emociones— quieren ganar éstas elecciones tendrán que hacer trampas descomunales con sus peligrosas contingencias. Ojalá que las condiciones del país cambien —con la permuta del régimen— y la esperanza e ilusión de mejora triunfen sobre el dolo y la mala fe.

alfredopoblete@hotmail.com

 

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