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Xalapa, Ver.- Año XI No. 525    

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Alfredo Poblete Dolores

La guerra: el lumpen, los felones y Francisco Toledo*

7 de septiembre de 2019

El año pasado tuve la oportunidad de ver la película “Roma”. Una de las historias entrecruzadas del film es la de Cleo (Yalitza Aparicio) y Fermín (Jorge Antonio Guerrero). Ella trabajadora doméstica y él miembro de un grupo paramilitar. Cleo, en uno de los esporádicos encuentros sexuales, queda preñada y Fermín desaparece de su vida. Ella investiga donde puede localizarlo para confirmarle la noticia del embarazo. Lo encuentra —entrenando artes marciales— en las llanuras polvosas del estado de México. En un breve e intenso dialogo él rechaza ser el padre del bebé y la amenaza de muerte si lo vuelve a buscar.

Meses después, Cleo acompañaba a la mamá de su patrona, desde el ventanal de la mueblería donde se encontraban, ven pasar una manifestación de estudiantes y maestros. Éstos son emboscados por un contingente de paramilitares. Unos muchachos ingresan al establecimiento comercial huyendo del grupo de golpeadores. En escena aparece Fermín —empuñando una pistola— junto con otros paramilitares y alcanzan a los universitarios en la parte posterior de la tienda. Se oyen unos disparos y matan a algunos jóvenes.

“Roma”, el filme de Alfonso Cuarón, rehace hechos históricos. Las escenas de la película —donde se recrea la matanza— nos conducen a la calle de San Cosme, del DF; la fecha el 10 de junio de 1971; los jóvenes universitarios —que protestaban— pedían democracia, justicia y mayor participación en las decisiones de sus universidades; el número de muertos se calculó en un centenar entre estudiantes y maestros de la UNAM y el IPN; el grupo paramilitar al que pertenecía Fermín fue identificado como “Los halcones”; esa etapa de la ignominiosa historia es conocida como la matanza del Jueves de Corpus; el entrenador en artes marciales —de Fermín— fue Francisco Javier Chapa del Bosque, mejor conocido como “Profesor Zoveck”, se hizo famoso haciendo suertes de escapismo y dominio de las artes marciales en el programa televisivo “Siempre en domingo” conducido por Raúl Velasco; los responsables del funesto suceso: el regente del DF, Alfonso Martínez Domínguez, el jefe de la policía Rogelio Flores Curiel y el presidente Luís Echeverría Álvarez (1970-1976).

El antecedente inmediato de los “Los halcones” es el “Batallón Olimpia”. Creado en 1968 siendo presidente Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970). Grupo paramilitar organizado —por el gobierno— con el propósito de espiar, infiltrar, detener y desaparecer estudiantes insurrectos y “revoltosos” de aquel tiempo.​ Fue integrado por elementos del Estado Mayor Presidencial, la Dirección Federal de Seguridad, la Policía Judicial Federal y otras policías del entonces D.F. Se calcula que tenía entre 1,500 y 2,000 elementos. Ellos asesinaron —el 2 de octubre de 1968— a un sinnúmero de estudiantes y maestros que protestaban en Tlatelolco.

En la década de los 40´s del siglo pasado hicieron su aparición en la vida política del país grupos de supuestos estudiantes llamados “porros”. Muchos de ellos estaban matriculados en las facultades y escuelas de estudios superiores. No asistían a clases, no presentaban exámenes, no “pasaban” de año. Su función espiar, infiltrar, golpear y amenazar estudiantes inconformes con el régimen político de aquel tiempo. Los “”porros” también cumplieron la encomienda de reportar —a la secretaría de gobernación, a los dirigentes del PRI y a las altas esferas militares— las actividades de los líderes estudiantiles o a los que protestaban con las decisiones autoritarias de los funcionarios de entonces.  

Fermín, “los Halcones”, muchos miembros del “Batallón Olimpia” y los “porros” fueron reclutados entre los grupos socialmente desfavorecidos del país. Todos ellos dispuestos a obedecer cualquier orden. Incluso acataron los mandatos más irracionales, sanguinarios o infrahumanos. El pago por sus servicios provenían del gobierno federal —civil y militar— el partido tricolor, después el blanquiazul, un ala empresarial o los gobiernos estatales para sus golpeadores locales. Todos los mandamases de esos grupos represores fueron —y siguen siendo— miembros de las facciones conservadoras de derecha y ultraderecha.

Algunos segmentos de los grupos paramilitares “evolucionaron.” En los últimos 20 años se han infiltrado en las manifestaciones estudiantiles, en las protestas contra los fraudes electorales, en grupos que olieran a izquierda o que se expresaran contrarios a las políticas oficialistas. Bastaba que esos muchachos se cubrieran el rostro con pasamontañas o paliacates, trajeran gorras, portaran una mochila en la espalda e hicieran destrozos y pintarrajearan paredes de oficinas, edificios o monumentos históricos para que los medios de comunicación los bautizaran, con ligereza y estúpidamente, como “anarquistas.”

El anarquismo es una corriente filosófica que se opone e intenta abolir al Estado autoritario y monopolizador de la fuerza; también rechazan la dominación y supremacía de las figuras de autoridad por considerarlas perniciosas. Los verdaderos anarquistas —de pensamiento humanista, pacifista y libertario— aceptan y respetan la autoridad moral del padre, maestro, del sabio o del ser humano que ayuda a otros, etcétera; rechaza a quien por la fuerza obliga al prójimo a realizar la voluntad de otros. No es caos, violencia o desorganización lo que pregonan. No incitan al vandalismo, destrucción o pillaje. Tampoco es una oposición irreflexiva.

Últimamente hemos visto hatajos de golpeadores infiltrarse en grupos de vanguardia que protestaban por causas legítimas. Las feministas que marchaban exigiendo justicia para una joven violada; los estudiantes del CCH demandando a las autoridades que tomen medidas contra los “porros” que controlan su centro educativo, etcétera. Los desmanes y agresiones de los infiltrados intentaron desvirtuar las motivaciones de esas justificadas protestas.

Otro filón de los actos salvajes y destructivos es la burda provocación a la jefa de gobierno de la ciudad y al presidente de la república que —en éste momento— representan a la izquierda en el poder. Los conservadores de derecha —patrocinadores de los vándalos— buscan que repriman y encarcelen al lumpen violento. Lo hacen para poder gritar a los cuatro vientos que Claudia Sheinbaum y López Obrador son represores, intolerantes y autoritarios. Los intentos por desacreditar y desestabilizar al gobierno actual seguirán presentándose y cada vez lo harán con mayor insensatez y virulencia.

El esquema actual se reduce a lo siguiente: cuerpos de golpeadores que se infiltran en grupos de vanguardia para agredirlos y, en las sombras, una macolla de felones pretendiendo —con las acciones violentas y las ansiadas respuestas de las autoridades— socavar los cimientos de la 4T y, dar un paso más, para derrocar al gobierno actual.

*in memoriam, del juchiteco que Hrudiee' guidubi ladxidua' (daba todo de corazón, de corazón ofrecía todo) Francisco Toledo, quien alguna vez dijo: “Necesitamos un cambio profundo en las instituciones, es un cambio que tiene que llegar en paz, sin violencia ¿Cómo se consigue? Eso no lo sé.”

alfredopoblete@hotmail.com

 

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