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No son nuevas las coincidencias entre
parlamentarismos de fachada e intereses mediáticos. Lo que
parece inexplicable es que los mismos comunicadores que
salieron a la palestra en defensa del derecho sagrado de
vender publicidad política ahora elogien las reformas
legales correspondientes a los cambios constitucionales que
denostaron y en el camino ensalcen a sus autores.
La bolita oculta puede encontrarse
entre los pliegues de la confección de la nueva Ley de
Radio, Televisión y Telecomunicaciones. Mientras los
promotores de una genuina reforma del Estado, entre ellos la
Asociación Mexicana de Derecho a la Información, sostenemos
que debiera emprenderse una modificación constitucional de
gran calado, en el grupo plural responsable del tema en el
Senado el debate se halla confinado a la legislación
ordinaria.
Algunos hablan entre bambalinas de una
“reforma compensatoria” destinada a resarcir sin aspavientos
a los monopolios televisivos y sólo a corregir las
disposiciones de la ley Televisa objetadas por la Corte.
Nosotros en cambio pensamos que es llegada la hora de
desconcentrar la acumulación indebida de concesiones,
regular los contenidos conforme a principios y valores
democráticos y crear un órgano constitucional autónomo que
quiebre el contubernio ancestral entre el Ejecutivo y los
medios.
Para que haya guisado de pato se
necesita un pato y para que exista una reforma del Estado se
necesita Estado. En las Naciones Unidas se habla de estados
insuficientes y en el extremo de estados fallidos, como
resultado último de los estragos del ciclo neoliberal e
incluso los ideólogos del Banco Mundial aconsejan la
reconstrucción de la autoridad pública y su jurisdicción
efectiva sobre los poderes fácticos. En México, la condición
misma de ese renacimiento es la democratización de los
medios de comunicación.
También es cierto que una
transformación constitucional de envergadura y un ajuste
profundo del modelo económico exigen una nueva correlación
de fuerzas políticas. Ese es hoy el corazón del debate
latinoamericano: el empeño de algunas izquierdas por
introducir auténticas reformas estructurales y el de casi
todas por establecer alianzas capaces de conquistar el
poder, ejercerlo y reproducirlo en congruencia.
Debe preocuparnos por ello la insólita
fragmentación del voto parlamentario de la izquierda, que
parece revelar tanto ambiciones de corto plazo como
divergencias mayores de estrategia. A poco más de un año de
haber sufrido el despojo de la Presidencia de la República y
de haber conformado un Frente Amplio, un movimiento social
de resistencia y un gobierno legítimo, el bando progresista
exhibe hondas fracturas que ostensiblemente favorecen al
adversario.
Más allá de las sospechas propias de
todo encono, es evidente que desde Los Pinos se teje una
urdimbre de acuerdos políticos —en el añejo estilo de toma y
daca— que, bajo el disfraz de una nonata reforma del Estado,
prepara el advenimiento de un bipartidismo conservador y
diseña para sus opositores ideológicos la función
contradictoria de tribunos de plaza pública, gobernantes
domesticados, sindicatos silenciosos y ensoberbecidos
moradores de espacios curulescos.
En esa perspectiva, el
falso debate sobre las fusiones partidarias se inscribe en
la antología del surrealismo mexicano. Ha sido más bien,
temo que deliberadamente, fuente de confusiones.
Mientras la acepción aplicable de
“fundir” sería la de “unión de intereses, ideas o partidos”
puede también emplearse como sinónimo de “hundir”. En todo
caso, “confundir” significa “mezclar cosas diversas, de
manera que no puedan distinguirse” o bien “desordenar los
ánimos”.
Resulta extraño que, a despecho de su
plataforma, sus propuestas formales y compromisos públicos
con sus aliados, un partido o fracción significativa de éste
promueva reformas disolventes de la coalición a la que
pertenece. Que se desdiga más tarde de su acción en
documento público destinado al cesto de la basura y que
termine apoyando ferozmente el texto que ha pactado con los
partidos que se supone son sus adversarios políticos.
Comentaba un humorista que la
iniciativa de cancelar las coaliciones electorales, seguida
del ofrecimiento de fundir varios partidos en uno solo,
equivale a una propuesta de matrimonio a la antigüita, en
reemplazo de un noviazgo moderno. Tal vez estimule a sus
autores la saga posterior al fraude de 1988, que adelgazó el
enorme vuelco popular de entonces hasta hacerlo pasar por el
ojo de aguja de los escaños parlamentarios.
Como quedó probado a lo largo de 18
años, un partido unificado no es garantía suficiente para
mantener el ímpetu del movimiento social ni para alcanzar
frutos electorales satisfactorios. Tiende en cambio a
coagular vocaciones copulares y aspiraciones escalafonarias.
La izquierda que requerimos demanda liderazgos
transparentes, fundados en la consistencia de la ética
política. Exige alianzas abiertas, cívicas, gremiales y
partidarias, gobernantes eficaces e independientes y
parlamentarios incorruptibles.
El reconocimiento del gobierno de
Calderón no es asunto de protocolo ni de vinculación
administrativa. Es una actitud sustantiva: se puede
desconocerlo en el discurso y servirlo en los hechos.
Amenazarlo airadamente desde la tribuna pero permitir
solapadamente su entrada en funciones. Denunciar al bloque
de derecha que ejerce los poderes reales pero contribuir a
su consolidación a cambio de perpetuidades políticas
marginales.
Construir un proyecto alternativo de
nación y concretarlo en la historia es tarea de gran
aliento. Hacerlo pacíficamente se antoja una proeza a la
altura de la necesidad. El año próximo celebraremos el
bicentenario de la acción precursora de Primo de Verdad y el
centenario del llamado de Francisco I. Madero a un cambio
civilizado. Lo que ocurrió dos años después resuena todavía
en las entrañas del país.
Decía hace poco Alain Tourraine que
México se ha visto históricamente incapaz de llevar a feliz
término sus revoluciones sociales y también incompetente
para establecer una democracia social. De ahí nuestras
insondables desigualdades y de ahí la inmensa deuda que
nuestra clase dirigente tendrá que pagar algún día.
*El Universal. México. 14/12/07
bitarep@gmail.com
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