Política
petrolera
una
respuesta
Cuauhtemoc
Cárdenas
I
El viaje del
titular del Ejecutivo a España ha estado lleno
de declaraciones, las cuales han presentado una
visión totalmente equivocada sobre los foros
para tratar cuestiones petroleras, convocados
por el Senado de la República.
Primero, debe
decirse que la propuesta hecha por el mandatario
no es propiamente sobre la política petrolera,
como parecería desprenderse de sus
declaraciones, sino que se trata de seis
iniciativas: cinco de reforma a varias leyes y
una para la creación de una comisión. En ningún
caso, entonces, ni en México ni en España, ha
hecho pública alguna propuesta sobre políticas
petroleras, es decir, el programa de trabajo o
plan de desarrollo de dicha industria, a partir
de lo cual pudieran discutirse sus criterios o
planteamientos técnicos, económicos, financieros
o de tiempos que, por otro lado, en varias de
las presentaciones en el Senado y en otros foros
celebrados en otras instituciones se han estado
tocando.
El gobierno
parece no darse cuenta de que una cosa son las
iniciativas de ley para cambiar el marco
regulatorio de la industria petrolera, y otra,
muy distinta, las ideas o las propuestas a
ejecutar –obras, inversiones, volúmenes de
producción, medidas de integración productiva,
esquemas de gestión, etcétera– para reactivar y
desarrollar la industria petrolera, aun cuando
unas y otras estén relacionadas a la hora de
llevar las segundas a la práctica.
El titular del
Ejecutivo ha expresado: “no se han disputado
elementos centrales de mi propuesta”. Se
equivoca. Ha sido una constante en varios foros
señalar, por ejemplo, la anticonstitucionalidad
que contienen varias de sus iniciativas, entre
ellas, y de manera destacada, la referente a la
ley reglamentaria del artículo 27 constitucional
en el ramo del petróleo.
De aprobarse
el artículo 4° de esta iniciativa, abriría el
paso franco a la violación de la Carta Magna,
pues permitiría la inversión de particulares en
áreas de la industria petrolera reservadas de
manera exclusiva a la nación. Dice el texto de
este artículo: “Petróleos Mexicanos, sus
organismos subsidiarios y los sectores social y
privado, previo permiso, podrán realizar las
actividades de transporte, almacenamiento y
distribución de gas, de los productos que se
obtengan de la refinación de petróleo y de
petroquímicos básicos”, y continúa: “Petróleos
Mexicanos y sus organismos subsidiarios podrán
contratar con terceros los servicios de
refinación de petróleo”.
De acuerdo
con el 27 constitucional, el Estado está
impedido, desautorizado, para contratar o dar
concesiones a personas, físicas o morales, para
que, tratándose del petróleo y los
hidrocarburos, inviertan en las actividades de
esa industria en las que por disposición de la
propia Constitución sólo tiene cabida la nación.
En el artículo
2° de la propia iniciativa se pretende
incorporar expresamente la categoría, hasta
ahora inexistente en la ley vigente, de áreas
estratégicas en la industria petrolera, para
diferenciarlas de aquellas hasta hoy reservadas,
en las que, pretende el gobierno, pudiera
aceptarse la inversión privada, que son la
exploración, la explotación, la refinación, la
elaboración, el transporte, el almacenamiento,
la distribución y las ventas de primera mano del
petróleo y los productos de su refinación, el
gas y los denominados petroquímicos básicos, que
en conjunto integran lo que la ley vigente
define en su artículo 3° como la industria
petrolera, aquella reservada en exclusiva a la
nación.
En el artículo
11, apartado III, se propone facultar a la
Secretaría de Energía para que regule, por una
parte, actividades estratégicas y, por otra,
actividades en este caso de nueva aparición, a
las que llama permisionadas, que se separarían
de las ahora reservadas a la nación para abrirse
a inversionistas privados. De llegarse a aprobar
esta diferenciación dentro de la industria
petrolera, la acción pública acabaría por quedar
reducida a la extracción.
Una violación
potencial más a la Constitución se encuentra en
la eventual aprobación del artículo 46 de la
iniciativa de nueva ley orgánica de Petróleos
Mexicanos. Dice su texto que Pemex podrá
celebrar contratos “sujetos al buen desempeño y
generación de resultados”, en los que “se pacte
una remuneración fija o variable, determinada o
determinable, con base en las obras y servicios
especificados al momento de la contratación o
que el desarrollo del proyecto exija con
posterioridad”, y que “Petróleos Mexicanos podrá
pactar incentivos tendentes a maximizar la
eficiencia o el éxito de la obra o servicio”, es
decir, contratos que la iniciativa llama de
desempeño, que no serían otra cosa que de
riesgo, cuyo pago se vincula a los resultados
obtenidos –pago nulo en caso de cero resultados
o un porcentaje pactado de la producción
obtenida–, prohibidos expresamente por nuestras
leyes.
Para terminar
con el asunto de las violaciones
constitucionales que entrañaría la aprobación de
las iniciativas del gobierno tal como fueron
enviadas al Congreso, habrá que decir que en la
propuesta de reforma a la Ley Federal de
Derechos, en su artículo 257 quáter, se
considera aprobada ya la apertura a la inversión
privada en los trabajos de exploración y
explotación en aguas profundas, y de la
iniciativa de ley que crearía la Comisión del
Petróleo, podría desprenderse que hubiera
concesionarios de la explotación distintos a
Pemex, lo que prohíbe la ley en vigor.
La Ley
reglamentaria del artículo 27 constitucional en
el ramo del petróleo no debe reformarse. Debe
mantenerse como está y rechazarse la iniciativa
presentada por el Ejecutivo al Senado. Los
contratos de desempeño o incentivados, que son
de riesgo, no caben en la ley, así como tampoco
la apertura a intereses particulares de los
trabajos en aguas profundas.
El gobierno,
que de acuerdo con el conjunto de iniciativas de
ley que ha enviado al Congreso, se muestra
urgido por entregar a inversionistas privados la
explotación en aguas profundas, la refinación,
el transporte, el almacenamiento y la
distribución de petróleo, gas y petroquímicos
básicos, no se atreve a presentar con franqueza
a la nación una propuesta de reformas
constitucionales, y es por eso que se mueve por
vericuetos legaloides, buscando complacer a
inversionistas privados e intereses de dentro y
fuera que pretenden una industria petrolera
mexicana plenamente a su servicio.
Los de
dentro, para beneficiarse con las utilidades que
genera la industria del petróleo, áreas de la
cual –de aprobarse las iniciativas oficiales– se
les entregarían de manera privilegiada para
manejarlas de acuerdo con sus particulares
intereses. Los de fuera, que son básicamente los
de los grandes negocios petroleros
estadunidenses, para que nuestros hidrocarburos
sigan contribuyendo a sostener su economía
bélica y de dispendio energético, para
asegurarse suministros cercanos, para seguir
beneficiándose de los mercados mexicanos
altamente lucrativos que se les han entregado y
los que evidentemente no quieren perder, como
los de los combustibles y los fertilizantes. Y
en todo esto, no deben faltar jugosas
comisiones, evidentemente no declaradas, para
quienes en el pasado y en el presente han tomado
o puedan tomar las grandes decisiones sobre la
política petrolera.
Ahora bien,
independientemente de la pretensión del gobierno
de modificar el marco regulatorio de la
industria petrolera admitiendo y alentando
violaciones flagrantes a la Constitución, de
aceptarse a inversionistas privados en las áreas
que están reservadas en exclusiva a la nación,
se provocaría el rompimiento de las cadenas
productivas en una industria que ofrece los
mejores resultados, tanto técnicos como
económicos, cuando opera con la mayor
integración posible y cuando, evidentemente,
abastece mercados con la mayor amplitud posible.
Por ejemplo,
de abrirse la posibilidad al transporte por
ductos de propiedad y gestión privada, un
sistema circulatorio energético que corre por
todo el país podría manejarse con dos o más
criterios distintos, incluso válidos desde los
respectivos puntos de vista, pero contrapuestos
en función de sus objetivos finales, que en el
caso del sistema de ductos de Pemex, además de
su eficiencia operativa, no debieran ser otros
que el abasto suficiente y oportuno de
petrolíferos a todo el país, independientemente
del lucro que pudiera representar.
En el caso de
la refinación, para dar otro ejemplo, es obvio
que para un maquilador particular no sería
aceptable el tratamiento que se da a la
subsidiaria Pemex Refinación. A ésta se le
entrega el petróleo al precio corriente
internacionalmente –hoy en el orden de 130
dólares por barril de crudo– y la Secretaría de
Hacienda le fija el valor a que debe vender los
refinados, muy por debajo de costos
internacionales, con lo que se hace operar a
esta subsidiaria obligadamente con pérdidas. Un
particular recibiría el crudo y entregaría a
Pemex los combustibles sin que le importaran los
precios de uno y otros, pues simplemente se le
pagarían entre 16 y 20 dólares por barril
maquilado en su refinería, lo que constituiría
un negocio altamente lucrativo y más que seguro.
Si a Pemex Refinación se le tratara como se
pretende hacer con los particulares, sería una
de las subsidiarias de Pemex con utilidades
mayores y aseguradas.
La cesión de
estas actividades a inversionistas privados, por
otro lado, iría en contra de las tendencias que
se observan en las grandes petroleras mundiales,
privadas y públicas, que es la de tratar de
integrarse productivamente lo más posible,
operar en toda la cadena productiva con
criterios y, sobre todo, con intereses comunes,
y no al revés, como parece que pretende hoy el
gobierno mexicano.
Recientemente
también, el titular del Ejecutivo ha declarado
que “la controversia ha estado más bien en los
planos ideológico y político, pero en el plano
técnico y de los hechos que busca la reforma, no
ha habido realmente una polémica”.
Desde luego,
todo lo que se ha estado expresando en los foros
sobre el petróleo, al igual que las iniciativas
del Ejecutivo, parten de las concepciones
ideológicas y las posiciones políticas de las
personas que elaboraron las iniciativas y de
aquellas que en los foros hemos manifestado
nuestras opiniones sobre los diferentes temas
tratados. No podría ser de otra manera.
Ahora bien,
debe destacarse que fuera de las seis
iniciativas, es el gobierno el que no ha tenido
propuesta en los terrenos técnicos y económicos,
salvo expresiones de que con los cambios del
marco regulatorio de la industria petrolera,
como por arte de magia –sin precisar
actividades, ni menos inversiones requeridas,
fuentes de éstas, y tiempos– se tendría una
industria petrolera reactivada y en expansión. Y
debe agregarse que el gobierno no ha dado pie
para la discusión técnica sobre la programación
de corto, mediano y largo plazos en la industria
petrolera, de las actividades a realizar, de sus
fuentes de financiamiento, de sus tiempos de
ejecución; de todo ello ni una palabra.
El titular del
Ejecutivo declaró en España que si se aprueba su
iniciativa de reformas, México podría
convertirse en el cuarto productor mundial de
petróleo –frente al sexto lugar que ahora
ocupa–, que se elevaría la producción de gas y
de petróleo, que aumentarían las reservas
probadas de nueve a por lo menos 40 años más y
que permitiría producir toda la gasolina que
necesita el país y reducir su importación.
Declarar lo
anterior no es entrar al debate
técnico-económico. Es una profesión de fe, a la
que no se le da sustento material alguno, ya sea
político, técnico o financiero. Es más, aun
aceptando que se tratara de una manifestación de
intenciones, ésta en particular, de llevarse a
la práctica, resultaría en un grave riesgo para
el futuro de México y los mexicanos.
Y si por
técnico se entiende hablar de cifras, empecemos
con algunas.
El titular del
Ejecutivo pretende que México aumente su
producción de petróleo y gas, aunque no dice en
qué cantidades. Me parece que orientar los
trabajos de Pemex en ese sentido sería altamente
riesgoso para el país.
Elevar la
extracción de hidrocarburos representaría que la
actual reserva probada se agotara en un tiempo
más corto de los nueve años de vida que ahora se
le estiman, o los 40 años de que ha hablado el
titular del Ejecutivo, porque se incrementará la
actividad exploratoria y con ello el volumen de
las reservas probadas se acortará.
La plataforma
de producción de los años recientes se sitúa en
el orden de 3 millones de barriles diarios. En
estas condiciones ahora se tienen reservas
probadas para nueve años. Si se convirtieran en
probadas las reservas calificadas como probables
y posibles, se llegaría a un total de 44 mil 500
millones de barriles, que manteniendo los ritmos
de explotación actuales darían para el abasto de
unos 30 años. Si aumenta la extracción, como
pretende el titular del Ejecutivo, esos 30 años,
los años de la actual generación joven, se
harían menos y estarían agotadas todas las
reservas, las ahora probadas, las probables y
las posibles.
El consumo
nacional demanda un millón 700 mil barriles
diarios. El resto, un millón 300 mil, se exporta
sin que se le agregue valor mediante su
transformación industrial en refinados y
petroquímicos, sin generar empleos en el país,
sin impactar en otras actividades económicas ni
en el desarrollo regional.
Una política
inteligente sería agregar valor al producto
extraído de la tierra y, por tanto, ir
disminuyendo gradualmente, hasta eliminar, la
exportación de crudo, industrializarlo en el
país, satisfacer las demandas internas de
combustibles y otros petrolíferos y exportar
principalmente petroquímicos.
Una decisión
en ese sentido llevaría a no dejar que la
Secretaría de Hacienda, con sólo criterios
fiscales, siga fijando en la práctica, y más
allá de lo formal, la plataforma de explotación.
Ésta debiera ser una función del Congreso, del
Senado en particular, pues es con base en esta
cifra y en la relación que debe existir entre
los volúmenes de extracción y de reservas
probadas, de donde debiera partir el diseño de
la política petrolera. La plataforma de
explotación no debiera elevarse porque se crea,
irracionalmente, sin argumentar razones, porque
se tengan ganas o, lo más probable, para
complacer al extranjero, que México pase de ser
el sexto productor mundial a ocupar el cuarto
lugar, en el que estaría mientras más rápido
agota las reservas. Ésa podría ser una decisión
funesta para los mexicanos de ahora y del
mañana.
Y si para
aumentar la explotación el gobierno está
pensando en los recursos prospectivos, esto es,
los que se supone existen con un volumen de 53
mil 800 millones de barriles, 55 por ciento en
aguas profundas y ultraprofundas del Golfo de
México, y el resto en tierra y en aguas someras,
pero que todavía no se descubren y menos aún se
cuantifican con precisión por haberse ya
explorado mediante la perforación de los pozos
necesarios para ello, sería una insensatez basar
hoy el aumento de la explotación en las
inciertas probabilidades que hasta este momento
ofrecen los depósitos en aguas profundas, de los
que para obtener producción, a partir de que se
inicie su exploración, deben transcurrir entre
ocho y 10 años por lo menos.
II
Plantear una
política petrolera, la que hoy demanda nuestro
país, es hablar de muchas cosas más. El
gobierno, insisto en ello, poco nos ha dicho al
respecto.
En marzo
pasado, la Secretaría de Energía hizo público un
diagnóstico sobre Petróleos Mexicanos (Pemex).
En ese documento la dependencia presenta una
visión tendenciosa, alarmista y catastrófica del
organismo y las actividades que realiza,
destacando supuestas insuficiencias y carencias
en su capacidad de ejecución, falta de recursos
para invertir e indisponibilidad de tecnologías
para el trabajo en aguas profundas. Son
argumentos sin sustento, que caen por su propio
peso.
El
diagnóstico no dimensiona la capacidad de
ejecución de la que supuestamente carece Pemex,
ni las áreas de la industria en las que
considera se presentan los déficit en este
aspecto; tampoco señala la magnitud y origen de
los recursos necesarios para realizar lo que
supuestamente hace falta y sólo hace ver que
Pemex no cuenta con recursos y que se requeriría
de créditos o de inversiones de particulares
para sacar adelante a la industria, y tampoco
precisa cuáles son las tecnologías con las que
no cuenta y a las que debe acceder Pemex para
trabajar aguas profundas.
Debe
aclararse que los trabajos en aguas profundas no
se realizan a partir de tecnologías patentadas o
de fórmulas que se apliquen con carácter
universal. Cada proyecto reclama un diseño y una
ejecución particulares. Sin tener acceso a las
tecnologías, según el gobierno, Pemex,
reconocido así por el propio gobierno, ya ha
realizado la perforación de siete pozos en aguas
profundas, además de que ha ordenado la
construcción de varios equipos para realizar
trabajo en esas aguas. Por otro lado, Pemex ha
solicitado a la Secretaría de Energía permisos
para llevar a cabo el reconocimiento y
exploración superficial en el área del Cinturón
Plegado Perdido y de la llamada región B del
Golfo de México, en una superficie de 514 mil
370 kilómetros cuadrados, con tirantes de agua
que van de los 300 hasta los 3 mil 500 metros,
esto es, estudios a realizar dentro de la zona
económica de México y en el polígono de alta mar
oriental de aguas internacionales, que limitan
con Estados Unidos y Cuba. O sea que viendo todo
esto, Pemex, en contradicción con lo que señala
el diagnóstico de la Secretaría de Energía, sí
cuenta con las tecnologías para desarrollar
trabajos en aguas profundas y ultraprofundas.
El
diagnóstico también hace referencia a que
existen rezagos en la industria petrolera. Ha
sido frecuente escuchar de altos funcionarios de
la administración que inversiones que se
hicieron y se hacen en el extranjero para
abastecer mercados mexicanos generan empleos y
derramas económicas en otros países en vez de
hacerlo en el nuestro. Desde luego que existen
rezagos, es ésa una de las consecuencias de tres
décadas de políticas antinacionales, años
transcurridos sin que se construya una sola
refinería en nuestro territorio, a pesar de
tenerse conciencia de que aumentaba día a día la
necesidad de importar refinados. Rezagos
equivalentes se encuentran en materia de
exploración y reposición de reservas, en el
mantenimiento y extensión de las redes de
ductos, en las terminales de almacenamiento, las
plantas petroquímicas y en toda la industria
estatal. Ese abandono ha sido intencionado. Se
prefirió ceder mercados muy lucrativos, que pudo
haber cubierto la industria estatal de haber
sido favorecida como lo han sido productores
extranjeros. Se ha aplicado concienzudamente la
estrategia ordenada a los más recientes
gobiernos del país por organismos financieros
internacionales, de poner a Pemex “a punto de
privatización”. Y las más recientes
administraciones han sido obedientes y en
extremo eficientes en ello.
Un primer
paso para recuperar la industria petrolera para
el país debiera ser el de enmarcar las
asignaciones presupuestales de Pemex en
criterios técnicos, económicos y estratégicos
para su modernización y expansión, y no seguir
dejando que la política petrolera la decida la
Secretaría de Hacienda, en función sólo de
maximizar la aportación de Pemex a los ingresos
fiscales que recauda el gobierno. Esto es,
conceder efectiva autonomía presupuestal y de
gestión a Pemex, de modo que esté en capacidad
de desarrollar una política de precios
competitiva y de tener acceso, como cualquier
entidad productiva, al mercado de capitales.
Si, en el
caso de los precios, el gobierno decide que
ciertos productos se subsidien, los subsidios
debieran correr por cuenta del propio gobierno
federal como tal y no cargarlos a los recursos
de la entidad productiva, Pemex en este caso.
La decisión
de otorgar autonomía presupuestal a Pemex
debiera ir acompañada de las instrucciones,
decretos o en su caso iniciativas de ley del
titular del Ejecutivo para que la deuda que se
ha obligado a contraer a la paraestatal con el
esquema de pidiregas, sea absorbida por la
Secretaría de Hacienda, para hacer con ello
efectiva esa autonomía y liberar a Pemex de un
lastre financiero que la coartaría. Una decisión
en este sentido sería una muestra de voluntad
del Ejecutivo por realmente conceder autonomía
al organismo y muestra también de la decisión de
arrancarlo del estrangulamiento al que lo tiene
sometido Hacienda.
Una política
sana, por otra parte, sería la de buscar que
Pemex financiara sus actividades,
principalmente, a partir de los ingresos que
genera. No puede aceptarse que no haya habido,
no hay y no habrá dinero, cuando se está viendo
que en los años recientes el excedente petrolero
ha ido de 10 mil a 18 mil millones de dólares y
que este año seguramente rebasará los 20 o 25
mil. Con una cifra mucho menor que ésa se pueden
construir las refinerías que evitarían una
fuerte sangría económica al país, que este año
rondará los 20 mil millones de dólares, cubrir
además el pasivo de mantenimiento, estimado por
el director general de Pemex en 3 mil millones
de dólares, y hacer muchas cosas más, pues con
precios altos del crudo que se prevén aun para
años próximos, de liberar esos excedentes a
Pemex, se le liberaría de problemas, carencias e
insuficiencias.
Y en función
de recursos y concretamente en materia de
legislación, debiera preverse como parte de la
decisión de dar autonomía presupuestal y de
gestión a Pemex, que en la Ley Federal de
Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria se
estableciera que los llamados excedentes
petroleros –la diferencia entre el precio del
barril de crudo estimado en el presupuesto
federal y el precio efectivo de venta–, que al
hacer efectiva la autonomía debieran desaparecer
como tales para ser sustituidos conceptualmente
por utilidades o pérdidas, quedaran a
disposición del organismo, para invertirlos en
los programas que se le autoricen; y preverse
asimismo que en la Ley de Ingresos no se le
imponga la obligación de congelar el llamado
superávit primario, que sólo en lo que
corresponde a este año ascenderá a unos 15 mil
millones de dólares y, desde luego, decidirse a
ir al fondo, que es la realización de una
verdadera reforma fiscal, que despetrolice las
finanzas públicas y establezca como principal
fuente de recursos públicos los impuestos que se
recauden de las personas físicas y morales que
obtienen los ingresos más elevados en el país.
Una nueva
política, patriótica y racional, debiera llevar
a Petróleos Mexicanos y a la industria petrolera
a recuperar el papel de impulsores del
crecimiento económico y la industrialización, de
motores de la formación de capital nacional,
proveedores de energéticos baratos para la
economía del país, de contribuyentes a una
balanza de pagos sana, convirtiendo a Pemex, con
esa visión, en un ente productivo de alcances
globales, que obtuviera sus ingresos principales
de la venta de productos con alto valor
agregado, tecnología y capacidad empresarial.
Para ello,
nuestra industria petrolera no debe seguirse
desarrollando como en las décadas recientes, en
función de un solo objetivo prioritario, que ha
sido producir crudo, sujeta a los intereses
políticos coyunturales de la Secretaría de
Hacienda. Por eso, al mismo tiempo que se revisa
la legislación en la materia, como sucede
actualmente, debe procederse a la elaboración de
un plan de desarrollo de Petróleos Mexicanos, de
la industria petrolera y del sector energético
en su conjunto, de corto, mediano y largo
plazos, que considere actividades debidamente
dimensionadas, recursos necesarios y sus
fuentes, así como los tiempos de ejecución, que
fuera aprobado por el Senado y al que éste
supervisara en su realización.
El punto de
partida de cualquier plan de desarrollo de la
industria petrolera, de cualquier diseño de
política petrolera, está en la determinación de
la plataforma anual de explotación, es decir, la
extracción que se haga de hidrocarburos de los
yacimientos en aprovechamiento, y del índice de
reposición de reservas, con lo que se establece
la relación entre los volúmenes que se explotan
y la vida de las reservas.
Hoy andamos
mal. México cuenta con reservas probadas para
nueve años y la reposición de reservas apenas ha
alcanzado en los años recientes 25 por ciento, y
no 100 por ciento como debiera ser como mínimo.
Ello se debe a más de un cuarto de siglo de mala
política que sólo ha tenido como objetivos que
la explotación del petróleo aporte a los fondos
fiscales del gobierno y ceder mercados
domésticos a productores extranjeros,
desentendiéndose de las necesidades de impulsar
la exploración.
Un hecho que
no debe perderse de vista es que la producción
de nuestros yacimientos más importantes, de
acuerdo con datos oficiales, ha declinado de
2004 a la fecha en 472 mil barriles diarios y
mantiene la tendencia a la disminución de la
producción; en años recientes la plataforma de
explotación se ha estado moviendo en el orden de
3 millones de barriles por día; de mantenerse
esa extracción, el país dispone de reservas
probadas para satisfacer el consumo interno y
aportar el resto a la exportación de crudo, como
ya se señaló, sólo para nueve años.
Si el
potencial de producción disminuye; si la tasa de
restitución de reservas ha sido insuficiente; si
es altamente previsible que los recursos
explotables en la próxima década difícilmente
podrán sostener la actual plataforma de
producción; si el país requiera sólo de un
millón 700 mil barriles diarios para atender la
demanda interna y no de 3 millones; si conocer
el potencial de los recursos prospectivos,
aquellos que todavía no se conocen, apenas
detectados y en su mayor proporción ubicados en
aguas profundas, y empezar a obtener producción
de ellos va a tomar ocho o más años y los
porcentajes de éxito en la perforación en aguas
profundas son, en el mejor de los casos, del
orden del 10 por ciento; si la explotación de
cualquier nuevo depósito va a tener costos más
elevados que los actuales y demandará de
tecnologías más complejas, resulta obvia la
necesidad de poner en práctica una política de
manejo de las reservas que prolongue su vida,
que reduzca gradualmente la exportación de crudo
hasta eliminarla, que fomente la exportación de
productos con alto valor agregado, permita
realizar en las mejores condiciones posibles la
transformación de la base energética del país
–esto es, dejar de depender de los hidrocarburos
como fuente de combustibles– y evite situaciones
traumáticas para el país, ante el agotamiento
reconocido de nuestros yacimientos y de las
reservas mundiales.
Es urgente
que el gobierno presente a la nación sus
propuestas sobre política petrolera, que no
están contenidas en las iniciativas que el
Ejecutivo remitió al Congreso. En ellas tendría
que dar a conocer los objetivos políticos,
económicos y sociales que persigue, así como sus
criterios sobre el manejo de reservas, las
plataformas de explotación, las fuentes de
financiamiento de los programas de desarrollo de
la industria del petróleo, su visión sobre las
relaciones de ésta con otras ramas de la
industria y de la economía en general, la
sustitución de importaciones, etcétera.
En fin, mucho
más habría que decir de la industria petrolera y
de Petróleos Mexicanos, y para dar una discusión
informada, a la que el titular del Ejecutivo
está convocando con sus declaraciones, el
gobierno tiene la obligación de fijar sus
posiciones, entre otras muchas cuestiones, sobre
la puesta en práctica de un verdadero sistema de
planeación para el sector energético; sobre la
participación de Pemex en la industria del gas
licuado y los proyectos de regasificación; sobre
sus posibilidades como proveedor de gas para la
Comisión Federal de Electricidad; los pasivos
ambientales y laborales, que se presentan y
contabilizan como si el organismo se encontrara
en liquidación; sobre el fomento a la
utilización de las energías renovables y no
convencionales; el estímulo y prioridad que a
partir de la actividad petrolera debe darse a la
industria de la construcción y en general a la
empresa mexicana; el fortalecimiento del
Instituto Mexicano del Petróleo; sobre la
creación de un organismo especializado en el
comercio y desarrollo del gas natural en el que
participaran Pemex y la Comisión Federal de
Electricidad; las políticas ambientales que
deben acompañar a la industria energética; sobre
el reconocimiento de los productos ahora
clasificados como petroquímicos básicos, que
científicamente no son petroquímicos sino
petrolíferos, y la recuperación de su
clasificación y reconocimiento legal como
básicos de aquellos que efectivamente lo son; la
necesidad de revisar y dar racionalidad a los
precios de transferencia entre subsidiarias de
Pemex; sobre el fomento a las prácticas de
ahorro de energía, etcétera.
Así como se
ha abierto la discusión sobre eventuales
reformas legislativas, es preciso iniciar ya la
discusión sobre cómo debe desarrollarse la
industria petrolera. Demandemos al gobierno que
presente sus propuestas de producción, de las
actividades a realizar en materia de
exploración, refinación, transporte,
almacenamiento, etcétera, de los montos y las
fuentes de financiamiento que se requerirían
para ello y su distribución en el tiempo, así
como de los mecanismos de regulación que estime
necesarios para una industria petrolera pública
que opere con autonomía presupuestal y de
gestión. Los ciudadanos tenemos derecho a que el
gobierno nos informe. Podremos así manifestar
con una base objetiva y de responsabilidad
nuestro apoyo o nuestro rechazo a las propuestas
oficiales, siempre y necesariamente de acuerdo a
nuestra particular ideología. Podremos así,
sobre todo, contribuir a que México ponga en
práctica una política petrolera que vuelva a
tener la condición de palanca principal del
crecimiento económico y el bienestar social y, a
través de ellos, del fortalecimiento de nuestra
soberanía como nación.
La
Jornada. México