“Bueno, empezaré a explicar. No nos lo propusimos.
En realidad lo único que nos hemos propuesto es
cambiar el mundo, lo demás lo hemos ido
improvisando. Nuestra cuadrada concepción del mundo
y de la revolución quedó bastante abollada en la
confrontación con la realidad indígena chiapaneca.
De los golpes salió algo nuevo (que no quiere decir
“bueno”), lo que hoy se conoce como “el
neozapatismo”.
Subcomandante Insurgente Marcos.
I
I.1 En este trabajo proponemos una
reflexión sobre el proceso iniciado en enero de 1994
con el levantamiento campesino indígena en Chiapas,
bajo la dirección del Ejército Zapatista de
Liberación Nacional. El motivo de nuestro interés
radica en que, en un contexto en el cual se postula
como verdad indiscutible la imposibilidad de
transformar la realidad, así como la muerte del
“sujeto leninista” como agente del cambio, la
emergencia de un movimiento como el EZLN vuelve a
encender viejas hogueras que parecían extintas y
suscita nuevos debates en torno de la cuestión casi
olvidada de “La Revolución”. Este concepto –dejado
en el camino de la derrota por muchos e idealizado
por otros–, retoma, a partir de experiencias
concretas como la iniciada en México, su centralidad
como motivo de discusión en el seno de la izquierda.
Es, por lo tanto, nuestra intención rastrear en la
dinámica de ese movimiento los elementos que nos
permitan pensar acerca de su carácter
revolucionario, o si se trata por el contrario –y
como sostiene en general un arco muy amplio dentro
de la izquierda latinoamericana actual–, de una
forma distinta de acercarse a la idea del cambio,
desde la constitución de una “nueva subjetividad” y
dejando en el pasado la noción ya perimida de
Revolución.
Para esto, tendremos en cuenta como primer paso
algunas recomendaciones metodológicas y conceptuales
esbozadas por el historiador inglés Eric Hobsbawn en
su ya clásico artículo “La revolución”, y en los
aportes de otros analistas que han trabajado
específicamente con esta problemática.
Partir de Hobsbawn para analizar un proceso
revolucionario no implica traspolar sus análisis de
forma acrítica al caso elegido; muchas de sus
recomendaciones deben ser revisadas a la luz del
proceso histórico concreto. Paradójicamente –o no
tanto– esta revisión de los presupuestos teóricos
es, a su vez, una recomendación metodológica del
propio historiador inglés: al estudiar una
revolución no es fructífero el encasillamiento en
marcos generales, sino la reconstrucción de esa
generalidad a partir del desarrollo de lo
particular. Por lo tanto nuestro objetivo no será
encasillar al neozapatismo en ninguna clasificación
modélica o a priori, no sólo por los motivos
señalados por Hobsbawm, sino además por una
característica propia de nuestro objeto de estudio:
estamos en presencia un movimiento aún no concluido
y, por lo tanto, las nuevas “tareas” que se le van
presentando inciden de forma tal que es imposible
conocer su resultado al momento de pensarlo
históricamente. Trabajaremos, entonces, con hechos
consumados, pero teniendo en cuenta la profunda
contingencia de un futuro incierto.
En suma, nuestra intención no es juzgar aquí al
neozapatismo de revolucionario o reformista, según
los parámetros establecidos por la historiografía y
el análisis social, sino dejar planteados algunos
interrogantes sobre las posibles potencialidades
revolucionarias de este movimiento.
I.2.- Podemos comenzar a pensar el neozapatismo
partiendo del esquema de tres rasgos que señala
Hobsbawm en el trabajo citado. Al igual que el
historiador inglés –quien limita este esquema a una
instancia descriptiva– nosotros nos serviremos de él
sólo para trazar una primera aproximación a dicho
fenómeno. No queremos dar una imagen acabada de la
rebelión indígena sólo buscando “objetivos
programáticos”, “movilizaciones de masas”,
“irrupciones violentas” y demás características
en-sí, que son utilizadas generalmente para
clasificar (más que para analizar) las revoluciones
clásicas. Lo programático, movilizador y violento
del neozapatismo nos servirá para pintar un cuadro
de los orígenes de la insurrección chiapaneca en el
cual se resalte la gran diferencia que existió entre
el estallido del levantamiento y su desarrollo
posterior. Por lo tanto, pasaremos a enumerar una
serie de rasgos distintivos de este movimiento, que
nos servirán como punto de partida de nuestra
reflexión:
- en un principio, el EZLN se presenta en sociedad
como una guerrilla de tipo “foquista” que da un
golpe de efecto al tomar con las armas en la mano
varias poblaciones del estado de Chiapas, al sureste
de México. Su objetivo era lograr el apoyo del
pueblo mexicano para marchar hacia el Distrito
Federal y derrocar al gobierno de Carlos Salinas de
Gortari e instalar una forma de gobierno basada en
el poder popular. Sin embargo, a poco de andar hay
un cambio muy visible en el discurso y los objetivos
del movimiento. Como señala Yvon Le Bot, esto se
hace visible en la sustitución de las categorías de
“lucha de clases”, “dictadura del proletariado” y
“socialismo” –utilizadas en las primeras proclamas y
declaraciones del EZLN– por las de “democracia”,
“justicia” y “libertad”.
En 1994 el rol de la violencia también sufre un
rotundo giro tras los enfrentamientos con el
Ejército Nacional. Es notorio cómo las armas se van
transformando de instrumento de acción directa en
símbolos de la rebelión. En su lugar, la palabra y
la pluma del Subcomandante Marcos –a partir de
entonces, su principal referente mundial– han
conseguido prolongar en el tiempo algo que el escaso
poder de fuego de la guerrilla quizás no habría
conseguido- finalmente, el papel jugado por la
movilización de las masas es muy significativo;
dejemos que al respecto se exprese el propio Marcos:
”Nosotros pensábamos que el pueblo o nos iba a hacer
caso o se iba a sumar a nosotros para pelear. Pero
no reacciona de ninguna de las dos maneras. Resulta
que toda esa gente, que eran miles, decenas de
miles, centenas de miles, tal vez millones, no
querían alzarse con nosotros, pero tampoco querían
que peleáramos, y tampoco querían que nos
aniquilaran. Querían que dialogáramos. Eso rompe
todo nuestro esquema y acaba por definir al
zapatismo, al neozapatismo”.
Ahora bien, ¿cómo explicar estos cambios? ¿Acaso el
movimiento chiapaneco haya perdido el carácter
revolucionario en algún momento del enfrentamiento
con el Ejército mexicano? ¿O es que nunca –ni
siquiera en el programa– el EZLN tuvo esa vocación?
¿O la cuestión debe encararse desde otro lugar y
acaso lo revolucionario en realidad escape a lo
discursivo? Volvamos a las categorías de Hobsbawm.
Una explicación plausible sería la inexistencia de
una “situación revolucionaria”, al estilo leninista,
en el México de fines de la década de 1980. Si bien
podría postularse una crisis del sistema de
dominación a nivel político –por el triunfo del
cardenismo en 1988 y el posterior y alevoso fraude
del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en
favor de su candidato Salinas de Gortari– las demás
variables requieren de un análisis que redundaría en
un estudio de las condiciones de éxito o de fracaso
del levantamiento chiapaneco, mientras que nuestro
interés en el neozapatismo consiste en otra cosa:
estudiar la naturaleza del movimiento en-sí y
para-sí con el fin de indagar sus componentes
revolucionarios. Por lo tanto, postular las
debilidades del EZLN por culpa del marco en el cual
aparece no resolvería la cuestión que aquí nos hemos
planteado.
Descartado el contexto como factor explicativo de la
naturaleza del EZLN, volvamos a su dinámica. Para
comprenderla, creemos que el propio Marcos –en la
cita seleccionada– nos da la clave del problema: no
es posible comprender la evolución del neozapatismo
sin entender la relación establecida con las masas
mexicanas, más adelante llamadas “sociedad civil”
por el propio EZLN, a partir de la suspensión del
conflicto armado. En este sentido podríamos postular
–parafraseando la cita que encabeza este trabajo–
que existe una “segunda abolladura” de la
“revolución” del EZLN, que se da en el momento de
enfrentarse, no ya con la “realidad indígena
chiapaneca”, sino con aquellas masas a nivel
nacional. A diferencia de lo que la comandancia
indígena postulaba, el pueblo mexicano recibió el
levantamiento armado no reconociendo en él una
“vanguardia” revolucionaria, sino aceptando la
legitimidad del reclamo, y –a la vez– reclamando una
vía diferente de solución.
Por lo tanto esta particularidad del EZLN respecto
de las masas a quienes interpela se transforma en la
puerta de acceso para entender aquella “segunda
ruptura” del esquema original del EZLN. Y quizás
también haya influido en la forma que el movimiento
toma en los años siguientes. Ahora bien, aún está
pendiente el interrogante sobre la supuesta esencia
revolucionaria del neozapatismo, a la vez que una
definición precisa de qué es lo que consideramos
como tal. Para comprender este punto es necesario
abandonar un instante el esquema de Hobsbawm y abrir
el juego a otros autores que han trabajado
específicamente esta problemática.
I.3 - Adolfo Gilly ha escrito un trabajo donde
precisamente intenta dilucidar el cómo y el por qué
de aquella particular recepción del neozapatismo por
parte de la sociedad civil mexicana. En Chiapas, la
razón ardiente, este autor rastrea la lenta
conformación de una “cultura de la rebelión” a
través de la historia mexicana (la oficial y la de
las “clases subalternas”) la cual, expresada a
través de prácticas sociales e incluso sostenida por
ciertos aspectos de la Constitución de 1917, hace
aparecer al recurso de la rebelión como legítimo en
determinados contextos históricos. Tanto la rebelión
indígena chiapaneca como la legitimidad que la
sociedad mexicana le otorga a la misma forman parte,
para Gilly, de aquella “cultura de la rebelión”, y
deben ser entendidas en clave de continuidad
respecto de la tradición de la Revolución Mexicana,
en un marco de constante asedio por el capitalismo
financiero internacional sobre los resabios
antiliberales encerrados en el entramado legal
mexicano. De esta manera, el autor puede afirmar que
estamos en presencia de un coletazo más de dicha
revolución como lo fueron también –para este autor–
las reformas de Cárdenas a mediados del siglo XX.
Ahora bien, la originalidad de este trabajo de Gilly
es plantear que tanto la forma en la cual la
sociedad mexicana recibe dicha rebelión, como el
cambio que esto provoca en la estrategia política
del EZLN, determinan que esta reaparición de la
Revolución Mexicana no sea una más, sino que sea la
última, cerrando el ciclo de levantamientos armados
abierto hacia 1910. Esta particular recepción de la
rebelión de 1994 por el pueblo mexicano implicó una
“…redefinición de las ideas, los objetivos y las
aspiraciones que en aquélla [la Revolución Mexicana]
vieron las clases subalternas…”. Entonces, para este
autor, lo revolucionario del neozapatismo podría
estribar en dos aspectos relacionados: por un lado,
la necesidad del campesinado mexicano de levantarse
en armas para resistir la avanzada capitalista; por
otro, la permanencia y el cambio ocurrido en la
“cultura de la rebelión” mexicana.
Esta afirmación nos permite retornar a los planteos
teóricos de Hobsbawm, dado que Gilly agrega un nuevo
matiz al viejo debate sobre la conclusión o no de la
Revolución Mexicana de 1910. Si desde el plano
institucional y de construcción de un Estado
posrevolucionario, la revolución concluyó en 1940
(en esta lógica podríamos incluir la postura del
propio historiador inglés), entendida como
imaginario para las clases subalternas ésta
reaparece tanto en el neocardenismo de 1988 como en
el levantamiento del EZLN y en la ya mencionada
recepción civil de este último.
Sin embargo, si pensamos en otros trabajos de Gilly,
sobre todo en aquellos de la década de 1970, la
cuestión sobre la interrupción/continuidad puede
llevarse más allá del enfoque culturalista recién
mencionado. En efecto, en La revolución
interrumpida, dicho autor debatía con otras
interpretaciones de la revolución para afirmar que
ella fue, en esencia, una “guerra campesina por la
tierra”. La particularidad de este análisis no se
detiene allí. Su práctica como militante de la IV
Internacional lo lleva a interpelar a la Revolución
Mexicana a partir de la teoría trotskista de la
“revolución permanente”, expandiendo así al ámbito
académico un debate que discurre principalmente a
través de posiciones políticas divergentes. Así, la
tesis principal de Gilly discrepa fuertemente con la
elaborada desde otra tradición marxista más ligada a
la estrategia del Partido Comunista a nivel mundial.
El punto central de este debate radica en la
posibilidad o no de llevar adelante revoluciones
democrático-burguesas en países dependientes. Más en
concreto: si para autores como Hobsbawm el eje está
puesto en el desarrollo de la revolución burguesa y
en el papel que la clase obrera debe jugar en ella,
para Gilly esa revolución debe ser de carácter
socialista, no pudiendo “detenerse” en crear
condiciones democráticas para el desarrollo de una
burguesía nacional sin generar al mismo tiempo las
condiciones para el surgimiento histórico de su
propia superación. Para este autor, es evidente que
“…por sus objetivos programáticos y sus conclusiones
la Revolución Mexicana no sobrepasó los marcos
burgueses [y] no es ilegítimo ubicarla entre las
revoluciones burguesas democráticas [...] pero si
nos quedáramos allí ignoraríamos su [...] lógica
interior de revolución permanente, los rasgos que la
llevaban [...] a la frontera entre las últimas
revoluciones burguesas y la primera revolución
proletaria”.
Más allá de las consecuencias políticas de estas
posturas, nos interesa aquí retomar el rumbo que
Gilly adoptaba en su análisis: si la revolución
debió tener un componente socialista, éste tuvo que
haberse desarrollado de forma concomitante y a la
vez autónoma respecto del movimiento revolucionario
burgués. La única clase social con cierto desarrollo
autónomo en el México de 1910 era cierto sector del
campesinado, sobre todo el del sur del país. Si bien
Gilly comparte con Hobsbawm el viejo prejuicio
marxista sobre la incapacidad de esta clase para
llevar adelante una revolución
anticapitalista/socialista, hay en su libro un
profundo respeto por la forma en la cual los
campesinos del sur de México llevaron al extremo
dichas limitaciones. La alianza con el proletariado
rural fue la clave para demostrar que allí fue donde
la práctica zapatista adquirió características
“realmente” revolucionarias. Ese carácter se
desarrolló fundamentalmente en la experiencia de la
“Comuna de Morelos”, en sus prácticas de autogestión
de las unidades de producción (ingenios y tierras
comunales) y en aquellas ligadas a las incipientes
formas de autogobierno. En palabras del propio
Gilly, no es que “los campesinos del sur lucharan
por el socialismo” sino que la “lógica de su
movimiento iba en el sentido de los intereses
históricos del proletariado”.
La conclusión que de esto se desprende es muy
fuerte: si bien la revolución burguesa logra
estabilizarse y crear un nuevo marco para el
desarrollo del capitalismo mexicano, la otra
revolución queda interrumpida; interrupción que es
al mismo tiempo la liquidación material de la
experiencia de Morelos, y la posibilidad permanente
de revivirla, no sólo en la tradición popular y en
el imaginario campesino sobre Zapata, no sólo en la
“cultura de la rebelión” de la sociedad mexicana en
general, sino fundamentalmente en el hecho que el
conflicto de base sobre el cual se desarrolló sigue
intacto, muy a pesar del mencionado Estado
posrevolucionario.
No está de más agregar que esta concepción de Gilly
choca con los presupuestos teóricos de Hobsbawm,
para quien la conclusión de la Revolución Mexicana
se da en el momento en que la revolución burguesa se
institucionaliza y limita las reivindicaciones de
las masas, canalizando así el conflicto social.
Creemos que este análisis puede ajustarse para el
caso de otras revoluciones clásicas (Francesa,
Inglesa) pero no para el ejemplo mexicano. Es el
mismo Hobsbawm quien invalida su propia visión, dado
que si tomamos los dos factores que menciona este
autor como necesarios para dar por concluida una
revolución –la instalación de un poder estatal
surgido del proceso revolucionario y la creación de
un nuevo orden en manos de dicho estado– vemos que
no se cumplen hacia 1940: los conflictos sociales
que se desarrollan en el orden “posrevolucionario”
son expresión de las mismas contradicciones que la
institucionalización del poder estatal deja
pendientes de resolución. El proceso iniciado al
calor de 1910 no concluye así su carácter
revolucionario; sólo se interrumpe.
Por último, el rol del campesinado es diferente en
Gilly y en Hobsbawm. Para el historiador inglés este
actor queda supeditado a un mero acompañante de la
clase social impulsora del proceso. El zapatismo
jugaría así un papel análogo al de los sans-culottes
franceses o al de los levellers del siglo XVII
inglés. Más aún, podemos agregar que Hobsbawm
pondera la importancia del zapatismo de forma
cuantitativa, al sostener que “la mayoría de los
campesinos [mexicanos]… no participó mayormente en
la Revolución de 1910-1920”. Por el contrario, Gilly
realiza una valoración cualitativa: como vimos,
concibe la revolución vista desde la movilización
campesina, sin la cual no hay revolución posible.
En suma, a los efectos de nuestro trabajo decidimos
retomar la tesis principal de La revolución
interrumpida a fin de sostener que existe una
relación entre 1910/20 y 1994 que va más allá de la
“cultura de la rebelión” (y del imaginario popular
sobre la revolución) para situarnos en la cuestión
de cómo los determinantes estructurales del
capitalismo mexicano – alrededor de los cuales
discurren los conflictos sociales – hacen las veces
de enlace entre dos manifestaciones de un mismo
proceso secular. Creemos, por tanto, que es central
recuperar el análisis que Gilly hiciera del
zapatismo –y de la práctica política y económica
desarrollada en la “Comuna de Morelos”– y con esta
luz alumbrar los elementos
revolucionarios/anticapitalistas (materiales y
programáticos) del neozapatismo.
Sintetizando, nuestro esquema de análisis para el
trabajo propuesto queda delimitado entonces de la
siguiente forma: - retomamos de Hobsbawm, como
vimos, un principio metodológico de no clasificación
a partir de marcos generales. Así, por más que el
neozapatismo no sea una “revolución clásica”, es un
proceso que, de suyo, puede contener al interior del
núcleo que determina su desarrollo elementos
revolucionarios en el sentido
anticapitalista/socialista más que
agrarista/tradicionalista (aunque éstos también
estén sin duda presentes en unidad dialéctica con
los primeros). - retomamos de Gilly dos cuestiones
correspondientes a períodos diferentes de su
desarrollo político/intelectual. Por un lado, el
hecho de caracterizar el movimiento zapatista de
1910/1920 como primera experiencia revolucionaria y
socialista de América Latina, interrumpida por sus
propias limitaciones históricas y estructurales,
pero que –a su vez– resurge con el mismo carácter en
los momentos de profundización del conflicto de
clases a lo largo de la historia mexicana posterior.
Por otro lado, retomamos el análisis que este autor
hace de la particular recepción que el pueblo
mexicano hiciera del EZLN y de las demandas
indígenas.
En otras palabras, nuestra hipótesis de trabajo será
la siguiente: los cambios observables a nivel
discursivo, estratégico y programático del
movimiento liderado por el EZLN, deben asumirse como
la forma histórico-concreta a través de la cual se
siguen manifestando las contradicciones esenciales
del capitalismo mexicano, en especial aquellas
ligadas a la cuestión agraria, pero también aquellas
relacionadas con el control de la producción y el
autogobierno. Por lo tanto, el carácter
revolucionario del neozapatismo lo encontraremos
inscripto en su propia lógica (que es necesario
dilucidar a partir de una análisis de sus prácticas
sociales) más que en la estrategia
político/discursiva del EZLN. De aquí se desprende
que la permanencia de la Revolución Mexicana en el
proceso abierto hacia 1994 va más allá de la
“cultura de la rebelión” señalada por el Gilly de
Chiapas, la razón ardiente; nos enmarcamos entonces
en una suerte de fuga hacia atrás en busca del viejo
autor inspirado por la IV Internacional. Nuestro
objetivo será incorporar críticamente la descripción
y algunos aspectos del análisis del “nuevo” Gilly
sobre la rebelión chiapaneca en aquella implacable
lógica marxista de La revolución interrumpida,
iluminando los elementos potencialmente
anticapitalistas y socialistas (léase
revolucionarios) encerrados en el devenir del
neozapatismo.
II
“…así
como no se juzga a un individuo de acuerdo a con lo
que este cree ser, tampoco es posible juzgar una
época [...] a partir de su propia conciencia, sino
que por el contrario, se debe explicar esta
conciencia a partir de las contradicciones de la
vida material…”
Marx, K., Contribución a la Crítica de la Economía
Política. Prólogo“…opresores y oprimidos en lucha
constante mantuvieron una guerra ininterrumpida, ya
abierta, ya disimulada…”
Marx, K. y Engels, F., Manifiesto Comunista
II.1.- Cualquier observador del proceso abierto con
el levantamiento zapatista debe distinguir a simple
vista dos momentos. El primero constituye la etapa
“guerrillera” del EZLN, aquella en la cual
declaraban la guerra al gobierno federal de Salinas
de Gortari y en donde sus objetivos programáticos
incluían el derrocamiento de éste y la construcción
de un nuevo régimen de carácter popular. Un segundo
período se inicia tras el cese del fuego, debido a
la respuesta de la “sociedad civil” mexicana, en el
cual empiezan a surgir instancias de diálogo entre
el gobierno y la comandancia zapatista con el objeto
de lograr una solución pacífica del conflicto.
En los apartados que siguen respetaremos esta
periodización. Para el levantamiento armado de 1994
revisaremos algunas de las interpretaciones que se
han hecho de sus causas inmediatas, y veremos que
será necesario complementarlas con una mirada más de
largo plazo, que traslade el análisis hasta la
propia Revolución Mexicana de 1910-1920, sobre todo
teniendo en consideración las conquistas que el
campesinado en armas dejó plasmadas en la
Constitución de 1917, en particular el artículo 27.
Luego, para la etapa abierta de diálogo entre el
gobierno y el EZLN, también veremos que será
necesario rastrear en la historia de dicha
revolución para entender la aparente contradicción
que implica ver un ejército campesino revolucionario
negociando aspectos legales con el gobierno federal.
Finalmente, a la luz de estos análisis, nos
permitiremos repensar el movimiento neozapatista en
la tradición de la izquierda latinoamericana,
revisando críticamente algunas interpretaciones que
se han hecho del aquél desde este amplio y
heterogéneo espectro político e intelectual.
II.2.- Detrás de las citas que abren este apartado,
se esconde uno de los componentes esenciales del
análisis social marxista, aquél que afirma que no es
en las declaraciones de los sujetos ni en la forma
que adopta su accionar donde reside o no el carácter
revolucionario de un proceso histórico, sino que
esta cuestión debe analizarse teniendo en cuenta los
vínculos que ligan dicho accionar con el movimiento
de la estructura de relaciones sociales y con la
historia de su desarrollo.
Teniendo en cuenta estas premisas, en los apartados
que siguen no nos quedaremos con lo que los sujetos
dicen de sí mismos y de la acción que llevan a cabo,
sino que analizaremos principalmente aquello que los
sujetos hacen. Por lo tanto, cuando postulamos que
nuestro propósito estriba en poner de relieve el
carácter esencialmente revolucionario del EZLN,
estamos intentando trascender los permanentes dichos
de la comandancia –y de Marcos particularmente– en
las cuales niegan asumirse como un movimiento de
tales características; estamos centrando la mirada
en los elementos anticapitalistas concretos
encerrados tras las reivindicaciones postuladas por
los neozapatistas. De esta manera nos hacemos eco de
las palabras de Arturo Warman cuando afirma que su
intención como historiador es “reconocer los efectos
complejos de la acción política de los campesinos
más allá de sus fines declarados y demandas
inmediatas [ya que] los movimientos sociales de
cualquier grupo no pueden entenderse sólo a partir
de sus declaraciones formalizadas con propósitos
programáticos sino que es necesario recoger los
efectos de la movilización de su contexto social”.
Ahora bien, para pensar este carácter revolucionario
del accionar neozapatista no contamos con otra vía
de acceso que la de analizar los modos en los cuales
se expresa, es decir, los sucesos que van desde el
primero de enero de 1994 hasta la promulgación de la
Ley Indígena el 25 de abril de 2001, y su inmediato
rechazo por parte del EZLN. No menospreciamos la
forma concreta del movimiento histórico
sustituyéndolo por un análisis “estructuralista”,
sino que es en la relación dialéctica entre sujeto y
estructura donde esa lucha campesina por la tierra
se torna anticapitalista.
Para analizar esta relación creemos procedente
retomar y sintetizar distintos aspectos de los
análisis de Adolfo Gilly tanto sobre la Revolución
Mexicana como sobre la revuelta neozapatista, con la
complicación –como vimos– que éstos surgen de
diferentes momentos de su producción
historiográfica, desde las posturas trotskistas de
La Revolución Interrumpida, hasta el enfoque más
culturalista de Chiapas, la razón ardiente muy
ligado a la escuela de Estudios Subalternos y con
notorias y manifiestas influencias de Ranahit Guha y
James Scott (en particular de la reinterpretación
que éstos realizan de la obra de E.P. Thompson).
Creemos que ambas posturas pueden articularse si no
perdemos de vista el concepto marxista de
“totalidad” (en el cual las distintos momentos de la
realidad están jerárquicamente determinados,
partiendo de las condiciones de reproducción
material de la vida social) y –por lo tanto– si no
se considera lo cultural como un movimiento
histórico que puede hipostasiarse en el análisis.
En concreto, la hipótesis que retomamos y
reformulamos del núcleo conceptual de La Revolución
Interrumpida es que las contradicciones que la
Revolución Mexicana deja sin solución tras su
interrupción –salvo en forma aparente en la
Constitución de 1917 y en el reparto de tierras del
cardenismo– resurgen en el contexto de 1994 y en los
determinantes estructurales del EZLN. Por lo tanto,
es nuevamente una “guerra campesina por la tierra”
la que se expresa en las demandas neozapatistas y,
como veremos, es sobre el conflicto por el control
de este medio de producción –básico para la
reproducción material y cultural de las comunidades
campesinas– donde se montan tanto la etapa de guerra
de guerrillas contra el ejército federal como la
posterior de diálogo con el gobierno mexicano. Así,
el EZLN no podrá escapar a la siguiente
caracterización señalada por Arturo Warman: En el
caso de México, la reproducción social de la clase
campesina ha implicado fundamentalmente la lucha por
la tierra como el elemento central de sus
movilizaciones. La demanda agraria constituye la
principal reivindicación, el más poderoso elemento
cohesivo y el más importante concepto ideológico en
el surgimiento, organización y lucha de los
movimientos campesinos contemporáneos.
Pero el cambio señalado en las etapas del movimiento
no puede comprenderse sin tener en cuenta el
concepto de “cultura de la rebelión” elaborado por
Gilly en Chiapas, la razón ardiente. La cultura,
para este autor, cumple una función similar a la que
E.P. Thompson señala en sus análisis sobre el
surgimiento de la clase obrera en Inglaterra, es
decir, es la instancia de mediación entre la
estructura de relaciones sociales y el accionar de
los sujetos históricos concretos. Se trata de un
acervo de prácticas sociales constituidas a lo largo
del desarrollo histórico de la lucha de clases, a
través de la experiencia que los sujetos hacen de la
realidad concreta que les toca vivir. Y es a este
background cultural donde una y otra vez esos
sujetos vuelven al momento de enfrentar una etapa de
conflicto social; es allí donde se encuentran las
razones de las prácticas adoptadas en el curso de
dicho conflicto, y donde –en definitiva– abrevan
para conformar su identidad. Por lo tanto, la
“cultura de la rebelión” del campesinado indígena
mexicano será la clave para entender las distintas
formas del movimiento zapatista (levantamiento
armado primero, diálogo después) a través de las
cuales se desenvuelve el conflicto por la tierra.
Ahora bien, en nuestro análisis este papel queda
determinado y es inseparable del desarrollo
histórico de las contradicciones del capitalismo
mexicano.
A continuación, entonces, estudiaremos las dos
etapas mencionadas y veremos en cada una de ellas
cómo operan elementos centrales de dicha “cultura de
la rebelión” alrededor del conflicto abierto tras el
levantamiento de 1994.
II.3.- Muchos analistas han señalado la coyuntura
del ingreso de México al Tratado de Libre Comercio
(TLC) como el factor desencadenante de la
insurgencia zapatista. El argumento es similar en
todos estos autores, dado que coinciden en las
consecuencias que tendría para las comunidades
indígenas de todo el país la aplicación concreta de
la reforma del artículo 27 de la Constitución
llevada a cabo por Salinas de Gortari en 1992.
Este artículo, que estipulaba la forma de tenencia
de la tierra y que concedía al ejido la preeminencia
por sobre la explotación individual, impedía –en su
redacción original– la enajenación del suelo y su
consecuente mercantilización. De esta manera, las
fuerzas del mercado se veían detenidas por las
trabas legales que este artículo proveía y por la
defensa del derecho campesino de conservar en sus
manos la tierra. En el contexto mundial de reformas
neoliberales de las últimas décadas del siglo XX
–cuyo auge en Latinoamérica fue notorio– este tipo
de trabas fue objeto de fuertes embates por parte de
los representantes del capital, sobre todo en su
encarnación financiera. Si bien muchas veces el
capitalismo violenta la letra de las leyes con
hechos concretos, la formalidad del TLC no permitía
seguir usurpando territorios ejidales por parte de
latifundistas y sus “guardias blancas”; sin reforma,
era imposible implementar faraónicos proyectos de
inversión que implicaran esos territorios, como por
ejemplo el Plan Puebla-Panamá. Las constituciones de
los Estados Unidos, Canadá y México debían
homologarse, y el artículo 27 se mostraba
abiertamente contradictorio con este proceso.
Por lo tanto, las causas inmediatas del
levantamiento del 94 se inscriben en la línea
trazada por los estudiosos del mismo. Las reformas
implementadas por Salinas de Gortari constituyen el
marco obligado desde el cual debe partir cualquier
interpretación del neozapatismo. Además, así se
expresa en la propia conciencia de los protagonistas
del levantamiento, donde la cuestión de la reforma
del artículo 27 y el TLC aparecen como temas
centrales. Para citar sólo un ejemplo –[Periodista]:
¿Por qué no comenzaron la guerra antes del primero
de enero, cuando se estaba discutiendo el Tratado de
Libre Comercio?
– [Mayor Mario]: Eso lo decidió el Comité
Clandestino Indígena, pero yo les digo claramente
que el Tratado de Libre Comercio nos traerá pobreza,
el beneficio será sólo para la burguesía. A nosotros
ya nos chingaron bastante, ya nos destruyeron el
Artículo 27 que Zapata por su revolución puso en la
guerra. Vino Salinas de Gortari y sus lacayos y sus
grupos y en un momento lo destruyó. Nosotros y
nuestras familias estamos vendidos [...] ¿Qué
podemos hacer? Ya no hay remedio. Hicimos todo
legal, al gobierno le pedimos mediante elecciones y
organizaciones y no hay ningún resultado.
Ahora bien, postular la mencionada relación
causa-efecto no agota el problema del alzamiento de
1994. Señalar la reforma del artículo 27 y el TLC
como detonantes de la insurgencia es tan evidente
que no requiere de un análisis científico. Pero
nuestra mirada como historiadores nos obliga a
adoptar ante el fenómeno neozapatista perspectivas
temporales e históricas más vastas, inscriptas tanto
en una lógica de largo plazo como en los
presupuestos conceptuales sobre la revolución que
citáramos antes. Este camino nos lleva hasta la
mismísima Revolución Mexicana de 1910, para
comprender por qué este tan mencionado artículo
motiva, por un lado, a un gobierno a intentar
modificarlo, más allá de los requerimientos antes
mencionados del TLC; por otro lado, nos obliga a
preguntarnos por qué un grupo de indígenas
guerrilleros –y que nosotros postulamos como
eminentemente revolucionarios– se preocupan por
levantarse en armas para su defensa. ¿Por qué una
guerrilla de inspiración castro-guevarista y de
reconocidas raíces marxista-leninistas reaccionaría
ante la derogación de una ley? ¿Acaso una revolución
no debiera estar más allá de toda negociación
legislativa? ¿De dónde vienen aquellas palabras del
Mayor Mario? ¿Qué profundidad histórica tiene su
justificación del recurso armado?
Si es justamente en la esfera de la conciencia donde
opera la “cultura de la rebelión”, y esta cultura es
producto del proceso de conflicto en el campo
mexicano, es justamente aquí donde encontraremos la
clave de la formación de esa conciencia así como la
explicación a la importancia que la burguesía le
otorga al mencionado artículo. Para esto,
utilizaremos la periodización que Arturo Warman hace
de esa lucha social, centrándonos en sus dos
primeras etapas: la de “lucha armada” (1910-1920) y
la de “inclusión” (1920-1940).
El artículo 27 debe comprenderse como el resultado
por excelencia de la primera de estas etapas. Como
vimos, dicho artículo “molesta” al capital porque le
impone barreras y restricciones a la libre movilidad
de uno de los principales factores de producción: la
tierra. Este artículo “le otorga a la Nación la
propiedad originaria sobre el territorio, a partir
de lo cual se constituye la propiedad privada como
un derecho que la Nación puede ceder a los
particulares; establece el principio de la
restitución o la dotación de ejidos a los pueblos, y
declara que los productos del subsuelo (minas y
petróleo) son propiedad inalienable de la Nación, no
de los particulares que pueden detentar la propiedad
del suelo”. La pregunta, entonces, es la siguiente:
¿cómo es posible que se haya incluido en una
Constitución “burguesa” una disposición como esta,
que va en contra de los intereses de la clase social
que la genera?
Retomando nuevamente el análisis de Gilly de la
Revolución Mexicana, podemos ver que esta doble
contradicción –la de un movimiento revolucionario
peleando por un artículo constitucional o una ley, y
la de un movimiento burgués aceptando una
legislación potencialmente anticapitalista– es
producto del desarrollo histórico de la Revolución
Mexicana. Los campesinos en armas, verdadero motor
de la Revolución y causa principal de la destrucción
del orden porfiriano, impulsan la inclusión de sus
propias reivindicaciones, elaboradas en forma
autónoma a partir del Plan de Ayala de 1911 y
llevadas a la práctica con posterioridad en la
“Comuna de Morelos”. Sobre esta ola agrarista se
monta, sin duda, gran parte de la elite jacobina y
nacionalista de la Revolución, responsable de la
redacción definitiva del texto constitucional en
1917. Como sostiene acertadamente Gilly, “…es
evidente que en la sanción del artículo 27 influyó
también la existencia de la ley agraria zapatista de
octubre de 1915, no porque convenciera a los
constituyentes, sino porque éstos necesitaban dotar
al gobierno central de un programa para hacer frente
a la influencia zapatista sobre el campesinado”. De
ahí surge aquella percepción del Mayor Mario que
reza: “el artículo 27 que Zapata por su revolución
puso en la guerra”. Sin embargo, este momento
presenta a su vez su contracara, ya que no puede
dejar de verse como una suerte de “pacto social”
entre el incipiente y débil estado revolucionario
mexicano, y la clase campesina, el sector claramente
más radicalizado de la Revolución, pacto que
responde a la consigna de “obediencia al Estado” a
cambio de reconocimiento legal de los reclamos sobre
la tierra. Obviamente, no puede considerarse esto
como un triunfo absoluto del campesinado. Estaba
claro que ninguna fracción de la Revolución podía
imponerse hegemónicamente por sobre las demás sin
atender la demanda agraria. Ahora bien, tras la toma
del Distrito Federal por los ejércitos campesinos en
1914, Zapata decide retornar al sur y dejar el
gobierno en manos de los representantes de la
burguesía mexicana, y a partir de allí –y hasta su
asesinato– el campesinado irá retrocediendo en sus
conquistas, hasta conocer la derrota en el campo de
batalla. En palabras de Warman “los que básicamente
hicieron la revolución no la ganaron”.
¿Qué sucede entonces ante el fracaso militar del
zapatismo y el consecuente reflujo de aquella ola de
movilizaciones campesinas? Siguiendo la
periodización del autor recién mencionado, en la
década del 20 se abre la etapa de “inserción” que
culminará hacia 1940 y que implica un cambio de
estrategia –obligada por la coyuntura de la derrota–
del campesinado mexicano. Si antes era la burguesía
nacionalista quien se veía impulsada a la revolución
por las masas radicalizadas, luego del triunfo
militar sobre Villa y Zapata –y luego de la
institucionalización del movimiento iniciado al
calor de 1910–, la relación de poder se invierte
quedando ahora el campesinado a la saga de la
burguesía. De este modo, el delicado equilibrio de
fuerzas se rompe para dejar paso a un avance de los
intereses capitalistas, expresados en los gobiernos
de la “dinastía sonorense” (llamada de esta manera
por su origen en la ciudad de Sonora, al noroeste de
México).
No obstante, así como no podíamos hablar de un
triunfo en términos absolutos del campesino en el
momento de auge del zapatismo, está claro que en el
momento de reflujo de esa fuerza social, no es
posible pensar en el aniquilamiento total de las
reivindicaciones agraristas. Por el contrario, el
texto constitucional –artículo 27 inclusive–
permanece sin alteraciones, sólo que reinterpretado
según las necesidades de los vencedores. La
burguesía se impone, pero no puede eliminar a su
opuesto de forma definitiva. Necesita contenerlo
porque es, en última instancia, la base en la cual
necesita apoyarse; y en esa necesidad es donde
reside la imposibilidad –en esta coyuntura histórica
particular– de borrar de un plumazo los peldaños
alcanzados por la verdadera revolución.
Así, se pone de manifiesto el doble carácter que
constituye la esencia de este controvertido ítem
constitucional: por un lado, aparece como fruto de
la conquista histórica de un sector de las clases
dominadas: el campesinado. Por otra parte –y no como
negación sino formando parte de una unidad
dialéctica–, en momentos en que la presión de las
masas cede terreno a la arista burguesa de la
revolución, el artículo se muestra como herramienta
de contención social, quedando la rebelión agraria
absorbida en el marco de la ley. En manos de
Plutarco Elías Calles (máximo representante de los
sonorenses), y en ausencia de una fuerza capaz de
poner límite a las aspiraciones de la burguesía, “el
artículo 27 se convertía en una especie de artículo
transitorio –tal vez por largo tiempo pero
transitorio al fin– hacia un México próspero,
moderno y finalmente libre de las ataduras
comunitarias precapitalistas heredadas de la corona
y de los indígenas”.
Veamos un episodio más del desarrollo de esa tensión
dialéctica. Hacia mediados de la década de 1930, y
previo el arribo a la presidencia de Lázaro
Cárdenas, parece activarse nuevamente el latente
reclamo campesino por la tierra. Lo que durante el
gobierno de Calles –y también durante el período
posterior del “maximato”– dormía como letra muerta,
resurge a partir de 1938 con la puesta en práctica
del mayor reparto de tierras efectivo desde los años
de la Revolución.
Retomando nuevamente el análisis de Gilly sobre
Cárdenas en particular, y de otros autores en cuanto
a procesos sociales similares al cardenismo en la
América Latina de ese período, creemos que puede
postularse la aparición de estos fenómenos
históricos “populistas” como fruto de un proceso
netamente clasista, donde la relación de fuerzas de
la lucha de clases se tuerce a favor de las clases
dominadas (proletariado y campesinado) quienes
conquistan posiciones a nivel tanto económico como
político e institucional. En este sentido, el
aparato de Estado aparece no como un instrumento al
servicio de la clase dominante, como un Estado de
clase, sino como el Estado de una sociedad de
clases, en la cual las instituciones están
atravesadas por la lucha de clases, y las mismas se
muestran como uno de los tantos escenarios posibles
donde esta confrontación se lleva a cabo.
El gobierno inaugurado en 1936 es desde este punto
de vista concreción de un proceso de auge de las
masas donde éstas retoman los logros de la
Revolución, y el artículo 27 vuelve a llenarse de
contenido. Cárdenas lo lleva a las últimas
consecuencias –presionado por la movilización de
masas y no orquestando y digitando dicha
movilización– dentro del marco burgués del cual él
mismo forma parte. Luego de finalizado el reparto de
tierras –y una vez concretada la nacionalización del
petróleo– nuevamente la revolución
nacionalista/burguesa muestra sus límites objetivos;
una vez más vuelve a “interrumpir” el potencial
socialista de la movilización campesina.
Haber recorrido este camino histórico nos permite
regresar a 1994 y entender los motivos profundos que
nos permiten afirmar que el EZLN tiene una
naturaleza revolucionaria al levantarse en armas
para defender una ley. Esa ley (o más bien ese
artículo de la Constitución de la Nación mexicana)
no era ni más ni menos que el fruto de las
conquistas históricas del campesinado, la heredera
directa de la revolución de Zapata y la forma que
adoptó la lucha de clases tras el ciclo abierto por
la Revolución Mexicana en 1910. El EZLN no deja de
ser revolucionario porque su lucha tenga por
objetivo el restablecimiento y la defensa de este
artículo, sino que, abrevando inconscientemente en
las tradiciones del campesinado mexicano, el EZLN se
transforma en revolucionario justamente porque lucha
contra su modificación.
En definitiva, ésta es la historia de por qué la
defensa armada del artículo 27 se constituye en
elemento central de aquella “cultura de la
rebelión”, una cultura forjada en la experiencia de
la lucha por el sostenimiento de los logros que la
revolución de Emiliano Zapata consiguiera para el
campesinado mexicano.
Asimismo, pueden entenderse desde esta perspectiva
las razones por las que el gobierno de Salinas de
Gortari no podía simplemente ignorar esta ley y
violarla como si no existiera. Para la burguesía, la
puja por el artículo 27 tampoco es sólo una lucha
simbólica, sino que en ella se manifiesta el
desarrollo de la lucha de clases histórica del
capitalismo mexicano y, por lo tanto, la de la
formación del campesinado como clase. Más que una
formalidad para ingresar al TLC, el gobierno
mexicano necesita imperiosamente eliminar este
resabio del pasado. Vemos que la proclama neoliberal
sobre el “fin de la historia” es más que mera
retórica académica. A finales del siglo XX el
capital se esmera en borrar realmente del presente
las huellas dejadas por la historia misma, historia
de lucha y conflicto que tanto incomoda a la
acumulación de capital.
II.4.- Hasta aquí, entonces, hemos visto por qué
decimos que el EZLN –al levantarse el 1ro. de enero
de 1994 contra el gobierno de Salinas de Gortari–
tiene características revolucionarias. No sólo
porque fue un momento de “resurrección” de la
“guerra campesina por la tierra” que impulsó la
activación de aspectos centrales de la “cultura de
la rebelión”, sino fundamentalmente porque al
hacerlo estaban mostrando una de las contradicciones
centrales de la etapa posrevolucionaria del
capitalismo mexicano: aquella que afirmando el
derecho campesino a la tierra y el derecho de la
nación sobre la renta del suelo y del subsuelo, no
hace más que limitar al propio capital su desarrollo
en dos de los principales ámbitos de acumulación: el
agrario y el de la explotación minera y petrolífera.
Ahora bien, si en 1994 el EZLN intenta encender una
vez más la chispa de la Revolución, la “sociedad
civil” mexicana, como vimos, no responde en 1994 a
ese movimiento guerrillero de ninguna de las maneras
“clásicas”: no se pliega en masa al programa
revolucionario zapatista, pero tampoco le da la
espalda (lo que seguramente hubiera sido leído por
el Estado como una suerte de legitimación para la
guerra y el casi inevitable aniquilamiento de los
rebeldes). Ante las jornadas de enero de ese año,
cientos de miles de mexicanos reclamaron el alto al
fuego y una resolución pacífica del conflicto. Esta
movilización social es la base sobre la cual tanto
el gobierno como los zapatistas desarrollaron nuevas
estrategias para lograr sus objetivos particulares
alrededor de esta lucha. Como vimos, esta respuesta
inusual y el “giro” que debe dar el zapatismo para
poder legitimar socialmente sus demandas constituyen
para Gilly un último coletazo de la Revolución
Mexicana. En cambio, para nosotros, se trata de una
nueva forma que adopta la lucha del campesinado por
la tierra, novedad que no cierra el ciclo de la
Revolución Mexicana, sino que le imprime una nueva
vuelta en espiral.
Las estrategias que tanto el gobierno como el EZLN
deben desarrollar a partir del 11 de enero de 1994
(fecha en que se pone fin al conflicto armado)
difieren radicalmente de las adoptadas por ambos
durante la guerra, pero –a su vez– también difieren
entre sí. Para el gobierno, dar espacio al diálogo
con un ejército indígena insurgente significa
–cuando menos– reconocer cierta legitimidad en las
demandas de “justicia, democracia, libertad,
educación, tierra, trabajo” enarboladas por éstos. Y
esta cruz es la que va a heredar como pesada carga
la posterior administración priísta de Ernesto
Zedillo. Por su parte, el EZLN entra fortalecido en
este nuevo escenario. Por un lado, supo “leer” el
reclamo de la “sociedad civil” respecto a que el
camino armado no era el indicado ni el aceptado para
lograr una mejora en la situación de los indígenas
chiapanecos. Por otro, logró insertar esas demandas
en un contexto de fuerte ascenso en la movilización
de esa misma “sociedad civil”, que reclamaba ya
desde fines de la década de 1980 un cambio profundo
en la estructura política mexicana. De ahora en más,
el EZLN ya no se presentará a sí mismo como un grupo
guerrillero radicalizado dispuesto a derrocar armas
en mano a un gobierno corrompido, sino que adoptará
una imagen un tanto ambigua: mientras sigue
estructurándose como un ejército insurgente (con sus
grados y jerarquía internos, su comandancia y sus
milicianos), tanto en su accionar político como en
su práctica discursiva se constituye como una
instancia más de aquella no menos ambigua “sociedad
civil”. Así, en los años posteriores al cese del
fuego, vemos a un gobierno y a una clase política y
dirigente luchando por cargar con la cruz del
diálogo, y a un EZLN ganando terreno en el espacio
político mexicano.
Sin embargo, muchos observadores no pueden obviar el
siguiente detalle: ¿cómo es que un “Ejército de
Liberación Nacional” deja de operar militarmente
para pasar a moverse en el terreno del diálogo con
el gobierno mexicano? ¿No es acaso una contradicción
muy evidente? ¿Y no lo es aún más la coronación de
ese proceso, es decir, la “Marcha por la dignidad”
que toda la dirigencia del EZLN –incluido el
mismísimo Marcos– realizó a comienzos del 2001 para
lograr la promulgación de una “Ley de Derechos y
Cultura Indígena”? Esta contradicción, ¿no estará
rigiendo un proceso de abandono del carácter
revolucionario del EZLN?
Para intentar responder estos interrogantes,
nuevamente debemos combinar los tiempos históricos y
retrotraernos al período de “lucha armada” de
1910-20 y al posterior de “inserción” del conflicto
social en el campo mexicano. Veremos en ellos la
gestación de otros aspectos de la “cultura de la
rebelión”, esta vez ligados a la relación entre los
ejércitos y movimientos campesinos y el gobierno
federal, que nos ayudarán a comprender las
características de esta nueva etapa abierta en el
conflicto chiapaneco tras el cese del fuego de 1994.
II.5.- Volviendo a la Revolución Mexicana, vemos que
los campesinos en armas nunca se hicieron cargo del
poder a nivel nacional, ni siquiera en el momento de
mayor auge de la movilización campesina, es decir,
en diciembre de 1914. El ingreso de Villa y Zapata
al Distrito Federal y su decisión posterior de
retirarse cada uno a su respectivo lugar de origen
para continuar la lucha en ese territorio, nos
indican que dicho viaje fue esencialmente simbólico.
Es como si hubieran dado una advertencia: “esto es
lo que le va a pasar a cualquier futuro gobierno
nacional que haga oídos sordos a la cuestión
agraria”. La historia les daría la razón. Como
señala Arturo Warman, ningún gobierno
posrevolucionario pudo construir su hegemonía
desoyendo el reclamo indígena por la tierra.
Esta decisión de no hacerse cargo del poder a nivel
nacional, de no constituirse como clase hegemónica
en el proceso revolucionario mexicano, es otro de
los componentes esenciales de la “cultura de la
rebelión”. Incluso en dirigentes eminentemente
revolucionarios como Manuel Palafox, responsable de
las disposiciones más revolucionarias de la “Comuna
de Morelos”, esta toma de distancia con el poder
central se hace explícita. Citemos en extenso la
siguiente carta que este personaje de las huestes
zapatistas le envía a Atenor Sala, propulsor en
aquellos tiempos de un reparto agrícola de corte
paternalista basado en el establecimiento de
colonias de pequeños productores agrícolas.
La repartición de tierras no se hará precisamente
como usted lo indica, por la división parcelaria del
suelo, sino que se llevará a cabo esa repartición de
tierras de conformidad con la costumbre y usos de
cada pueblo (…) y en esa forma con gusto cultivarán
las tierras apoyados por la Revolución, y pasados
algunos lustros, los burgueses que pretendan
adquirir sus propiedades confiscadas apoyados por
algún gobierno, no lo conseguirán, porque los
pueblos, con las armas en la mano (que siempre
conservarán), con energía sabrán imponerse a ese
gobierno y defenderán sus derechos, y de esto el
tiempo se encargará de comprobarlo; pero si,
desgraciadamente, los pueblos se dejan despojar de
sus tierras, ya no será culpa de nosotros, que ahora
les devolvemos sus tierras y les enseñamos la manera
de conservarlas y hacer respetar sus derechos.
[...] la prolongada lucha de cuatro años nos ha dado
duras lecciones para que con justicia tengamos
derecho a procurar que los intereses del pueblo no
sean burlados el día de mañana por un gobierno
malvado, y para evitar que esto suceda tenemos que
dejar bien garantizados esos principios agrarios
[...] y esa garantía consiste en exigir a todo
trance que la Revolución constituida en gobierno el
día de mañana eleve [esos principios] al rango de
preceptos constitucionales.
Estos párrafos encierran muchas cuestiones que
pueden arrojar luz sobre el EZLN. Primero, la
negativa a aceptar una reforma agraria que impulse
el individualismo al interior del movimiento
campesino. Las comunidades, “los pueblos” en
palabras de Palafox, son aquí un concepto que es más
que la suma de sus partes. Introducir o fomentar el
desarrollo de pequeños propietarios agrícolas no
sólo permitiría que en un futuro los burgueses
recuperaran sus tierras en el mercado, sino que la
propia comunidad campesina se vería debilitada,
haciendo a su vez más sencillos los mecanismos
mercantiles para dicha recuperación de las tierras
por parte de esos capitalistas. Pero aún hay más:
Palafox sospechaba en que una vez pasado el fervor
revolucionario la burguesía volvería a la carga por
la cuestión agraria, no sólo a través de la compra
de tierras, sino apoyado en su empresa por “algún
gobierno malvado”. Sus palabras son más que
premonitorias. Pero no se trata de un pálpito
surgido en la mente de un iluminado; por el
contrario, es la afirmación de una tendencia ya
presente en el momento de su enunciación. La virtud
de Palafox, en todo caso, fue una alta capacidad de
percepción.
También vemos que el funcionario zapatista está
asumiendo que la Revolución campesina no tiene un
programa a nivel nacional llamado a durar en el
tiempo; no tiene un programa que acabe con esa
burguesía que, tal como su naturaleza lo indica,
siempre va a ir por más. Reconocen formalmente al
enemigo, pero no descubren su esencia. Tan es así
que la única posibilidad que Palafox encuentra para
enfrentar a la clase capitalista es que un gobierno
revolucionario afirme en la Constitución los
preceptos agrícolas enarbolados por el zapatismo. Es
decir, una solución al interior del orden político
burgués. Sin embargo, es consciente que se trata de
una solución a medias, que sólo pone trabas al
desarrollo del capitalismo, y que es forjada y
sostenida por la movilización de los campesinos.
Estos, a pesar de tener garantizados sus derechos a
nivel constitucional, deberán defenderse de los
embates del capital con las armas en la mano. Para
Adolfo Gilly, esta es la contradicción central del
campesinado zapatista: por un lado son el motor de
la Revolución, pero, por otro lado, sus limitaciones
estructurales como clase le impiden tanto
constituirse en fracción hegemónica de las clases
dominadas a nivel nacional, como formular un
programa con objetivos socialistas y
anticapitalistas. El análisis que este autor realiza
de la “Comuna de Morelos” muestra el contraste que
existe en la Revolución Mexicana entre el movimiento
a nivel nacional y los pequeños universos locales.
Allí, en Morelos, el “terruño” zapatista es testigo
de los inicios de una verdadera revolución
socialista, de confiscaciones de tierras y puesta en
producción colectiva de los ingenios azucareros, y
del establecimiento de innovadoras formas de
democracia directa y autogobierno.
Sólo allí donde logra articularse la alianza
obrero-campesina, éstos pueden elaborar un programa
netamente revolucionario/anticapitalista.
Para culminar con el análisis de la carta de
Palafox, la carencia de un programa político a nivel
nacional se ve reflejada en un concepto que más
tarde escucharemos de labios del EZLN: el “mal
gobierno”. Un “mal gobierno” es aquél que no escucha
las demandas de los pueblos campesinos, o bien, si
las escucha, no hace nada por cumplirlas. Si
continuamos desplegando la lógica que encierra este
razonamiento, es posible afirmar la existencia en
las aspiraciones zapatistas (más no sea por una pura
“oposición semántica”) de un “buen gobierno”, aquél
que sí cumpliría con las demandas populares. Esta
antinomia nos habla de un poder que es considerado
externo respecto de quien la sostiene. En otras
palabras, si algo es visto como ajeno, puede
considerárselo “malo” o “bueno”; y si resultara
“malo”, es posible luchar desde afuera para forzar
un cambio de un estado al otro. Esto es precisamente
lo que va a ocurrir tras la liquidación de la
experiencia de Morelos y la muerte de Zapata.
Durante la ya mencionada etapa de “inserción” del
campesinado mexicano en el sistema político
nacional, el concepto de “mal gobierno” se fija en
la conciencia del campesinado mexicano de forma
análoga a como lo hace la defensa armada del
artículo 27, ya descrito en el apartado anterior. El
reflujo de la movilización campesina le hizo
retroceder al último lugar de la alianza de clases
que se constituye en bloque hegemónico en el México
posrevolucionario, y aquel extrañamiento respecto
del poder a nivel nacional se hizo más y más
concreto. Distintos “malos gobiernos” dominaron la
escena, y no fue sino hasta comienzos de la década
de 1930 cuando pudo nuevamente constituirse el
campesinado como uno de los pilares de una nueva
alianza de clases. Como vimos, fue la agitación
obrera y campesina que primero empujó al poder y
luego sostuvo el proyecto cardenista. En este
contexto, la experiencia de lucha del campesinado
retomó y reafirmó el componente de su “cultura de la
rebelión” aquí analizado. En otras palabras, sin
necesidad de tomar el poder –pero sí con las armas
en la mano– pudo trocarse un “mal gobierno” por uno
“bueno”. La “utopía” cardenista no se construye sólo
idealmente en la conciencia del pueblo mexicano;
pocos años de experiencia real, y mucha tierra
repartida, bastaron para darle un soporte que le
permitió vencer el paso del tiempo.
II.6 Si retornamos a 1994, es fácil comprender cómo
la ofensiva salinista sobre el artículo 27 pudo ser
fácilmente articulada en esta “cultura de la
rebelión”: un “mal gobierno” impulsa nuevamente una
avanzada sobre el legado revolucionario por
excelencia del período de “lucha armada”, que no
sólo atenta contra la historia de las conquistas del
campesinado mexicano, sino contra la subsistencia y
la reproducción concreta de las comunidades
indígenas de todo el país. Nuestra interpretación es
que si hasta el levantamiento insurgente del EZLN es
fácil ver que tuvo más peso en el accionar de los
indígenas chiapanecos la cuestión de la defensa
armada del mencionado artículo, la posterior
“abolladura” –producto del choque con la sociedad
civil– no los encuentra a éstos sin respuestas, sino
que su tradición de lucha les aporta otros recursos
para intentar lograr las mismas demandas y para
buscar soluciones al mismo conflicto, es decir, para
lograr la tenencia de las tierras y el disfrute de
los recursos naturales que de allí provienen,
basamento fundamental sobre el cual edificar la vida
comunitaria y todo lo que ella implica (lenguaje,
identidad, prácticas culturales, educativas, de
autogobierno). El EZLN no hace más que recoger la
tradición zapatista cuando la rebelión armada
“fracasa”: impulsar la movilización social y
enarbolar reclamos dirigidos hacia el corazón del
entramado legal del sistema mexicano, con el
objetivo de lograr que los encargados del poder
estatal no crucen la frágil frontera que separa un
buen gobierno de un mal gobierno; eso sí, como
sostenía Palafox, sin deponer ni entregar las armas.
Ya en pleno desarrollo de esta nueva estrategia de
lucha, en la Cuarta Declaración de la Selva
Lacandona de 1996, podemos leer lo siguiente:
Nuestra lucha es por hacernos escuchar, y el mal
gobierno grita soberbia y tapa con cañones sus
oídos.
o
Nuestra lucha es por el hambre, y el
mal gobierno regala plomo y papel a los estómagos de
nuestros hijos.
o
Nuestra lucha es por un techo digno, y
el mal gobierno destruye nuestra casa y nuestra
historia.
o
Nuestra lucha es por el saber, y el
mal gobierno reparte ignorancia y desprecio.
Nuestra lucha es por la tierra, y el mal gobierno
ofrece cementerios.
o
Nuestra lucha es por un trabajo justo
y digno, y el mal gobierno compra y vende cuerpos y
vergüenzas.
o
Nuestra lucha es por la vida, y el mal
gobierno oferta muerte como futuro.
(…)
Techo, tierra, trabajo, pan, salud, educación,
independencia, democracia, libertad, justicia y paz.
Estas fueron nuestras banderas en la madrugada de
1994. Estas fueron nuestras demandas en la larga
noche de los 500 años. Estas son, hoy, nuestras
exigencias.
Estas bellísimas palabras de Marcos se hacen eco del
concepto del “mal gobierno” que Manuel Palafox
utilizara 82 años atrás, porque sigue vigente el
mismo conflicto social al que hacen referencia. El
telón de fondo sobre el que se mueven los
neozapatistas –en el que resaltan estas
continuidades culturales– es la permanencia de la
cuestión agraria, es decir, de las contradicciones
del capitalismo mexicano no resueltas por las
sucesivas interrupciones de la Revolución. Es en la
combinación de ambas continuidades –de las
contradicciones estructurales y de la forma en la
cual los sujetos las perciben a través de su
cultura– donde podemos hallar la clave para
comprender por qué el EZLN puede sentarse a negociar
con el gobierno federal sin perder su esencia
revolucionaria. Pero además, el devenir de esta
etapa de diálogo y su no-concreción en una solución
pacífica no se pueden comprender en toda su
complejidad sin tener en cuenta esta imbricación de
pasado y presente. Repasemos brevemente esta
historia.
En 1995 el Congreso de la Unión aprueba la “Ley para
el Diálogo, la Conciliación y la Paz Digna en
Chiapas”, cuyo objetivo era sentar las bases
jurídicas para lograr una solución pacífica del
conflicto armado. En esta misma línea, el 26 de
febrero de 1996 el recién electo gobierno de Ernesto
Zedillo firmaba con el EZLN los llamados “Acuerdos
de San Andrés”, en los cuales se estipulaban –entre
otros– dos puntos principales: en el primero, el
Estado mexicano reconocía el derecho a la autonomía
de los pueblos indígenas, tanto en materia de forma
de gobierno como de organización social, económica y
cultural. El segundo punto comprometía al Estado a
hacer efectivos los reclamos indígenas en relación
con la erradicación de las prácticas cotidianas y
públicas generadoras de subordinación, desigualdad y
discriminación. El eje que articulaba las demandas
indígenas expresadas en estos Acuerdos era el
derecho a la libre determinación. De todas maneras,
el fundamento territorial de este eje no estaba aún
en discusión, dado que el tema de las reformas al
artículo 27 iba a ser tratado más adelante. Cinco
meses después, y ante el incumplimiento del gobierno
elevar esos acuerdos al rango constitucional, el
EZLN se retiraba de la mesa de diálogo. A partir de
allí comienza un complicado esquema de
pseudo-negociación en la cual interviene activamente
la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA),
una comisión del Congreso de la Unión creada por la
Ley de 1995 para facilitar el diálogo entre el EZLN
y el gobierno. Es ella quien elabora una propuesta
de reforma conocida como “Iniciativa de Ley de la
COCOPA”, que intentaba plasmar en la Constitución el
espíritu de los Acuerdos de San Andrés. Esta
propuesta, aprobada por el EZLN, fue sin embargo
“revisada” por el gobierno, quien elabora una suerte
de “contrapropuesta”, la cual, a su vez, es
rechazada por los zapatistas, quienes se retiran
definitivamente de las negociaciones con el gobierno
del PRI.
¿Qué sucedió para llegar a tan abrupto final? Si
escuchamos la palabra del gobierno, el temor era que
los indígenas estuvieran buscando fueros y
privilegios particulares que condujeran –en
definitiva– a una “balcanización” del país. Pero un
analista del proceso como Luís Hernández Navarro
afirma que el problema de fondo para la clase
política mexicana era que ve en ellos [en los
Acuerdos de San Andrés] un espacio para la
organización y desarrollo de los pueblos indígenas
al margen del tradicional control gubernamental y un
instrumento legal que les permitirá a las
comunidades resistir, en condiciones menos
desventajosas, al proyecto gubernamental (encarnado
en las reformas salinistas al 27 constitucional),
que busca desamortizar los recursos naturales que no
son propiedad de la nación y que aún se encuentran
bajo control indígena, para hacer de esas regiones
nuevos enclaves.
Para este autor, más allá del fracaso en la mesa de
diálogo, estas negociaciones significaron una suerte
de “triunfo” para el EZLN. Por un lado, “lo indígena
comenzó a ser considerado como parte sustancial de
la agenda política nacional”. Por otro, obtuvo no
sólo un mayor espacio de legitimación, sino que los
propios Acuerdos incumplidos se constituyeron en un
instrumento programático para el futuro próximo.
En el año 2000 se inicia una nueva etapa de este
proceso con el triunfo del PAN (Partido Acción
Nacional, encabezado por Vicente Fox Quesada) en las
elecciones presidenciales, que rompía por primera
vez en setenta años con la continuidad del Partido
Revolucionario Institucional (PRI) en el poder. En
contra de los oscuros augurios que se tejían en
torno de este partido de la derecha mexicana, Fox
propuso una política conciliadora y de pronta
solución del conflicto en Chiapas (en declaraciones
sobre la situación en Chiapas, Fox aseguraba ser
capaz de solucionar el diferendo en “quince
minutos”). Para esto, en uno de sus primeros actos
de gobierno, envió al congreso el Proyecto de Ley
Indígena elaborado por la COCOPA, sobre la base de
aquellos malogrados Acuerdos de 1996. Por su parte,
el EZLN decidió redoblar la apuesta y presionar
sobre el cumplimiento de la propuesta presidencial
realizando una marcha hacia el Distrito Federal –en
una clara evocación de la toma de Ciudad México de
1914– encabezada por mil ciento once zapatistas
(entre los que se encontraba la comandancia en su
totalidad, incluido el mismísimo Marcos). Después de
un mes de recorrido por el centro sur del país la
delegación de comandantes zapatistas llegó a la
Ciudad de México y la Comandanta Esther, en un
histórico discurso ante el Congreso de la Unión,
argumentó el 28 de marzo de 2001 sobre la
importancia de conceder rango constitucional a la
Iniciativa de Ley elaborada por la COCOPA. Acto
seguido, el Congreso sancionó una Ley de Derechos y
Cultura Indígena que poco tenía que ver con las
reivindicaciones de las comunidades, ante lo cual el
EZLN tomó nuevamente el camino de la suspensión del
diálogo. Evidentemente los pronósticos y conjeturas
con respecto al PAN habían resultado ciertos.
¿Qué decir ante este nuevo fracaso de la vía
pacífica para solucionar el conflicto en Chiapas? A
continuación, reproducimos en extenso la opinión de
algunos protagonistas y observadores de primera mano
de los acontecimientos.
El Congreso transforma la Ley Cocopa en una
disposición que niega a los pueblos indios como
entidad de derecho, que niega sustento territorial a
su ejercicio de autodeterminación y que cubre con un
manto asistencialista mediante el cual se introducen
varias de las condiciones del Plan Puebla Panamá
(reconocidas como ley suprema) lo que en la Ley
Cocopa eran derechos y decisiones de los pueblos
relacionados con sus usos y costumbres. El contenido
de la Ley es completamente desvirtuado, al grado de
convertirse casi en lo contrario de lo acordado en
San Andrés, y esto es anunciado por miembros de
todos los partidos como el primer acuerdo por
unanimidad que adopta el Senado de la República, sin
el menor asomo de vergüenza. Los millones de
mexicanos que se habían pronunciado por la
aprobación de la Ley Cocopa no alcanzan ni un solo
voto de reconocimiento. Ana Esther Ceceña -
Directora de la revista Chiapas.
En la fracción V del artículo segundo [de la Ley] se
deja de reconocer a los pueblos indígenas el derecho
al territorio, lo que va en detrimento del respeto a
las culturas indígenas.
Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las
Casas.
Respecto de esta última cita, creemos necesario
mostrar en forma clara las diferencias denunciadas
por esta organización de derechos humanos entre el
texto del artículo redactado por la COCOPA y su
formato final. Acceder de manera colectiva al uso y
disfrute de los recursos naturales de sus tierras y
territorios, entendidas éstas como la totalidad del
hábitat que los pueblos indígenas usan u ocupan,
salvo aquellos cuyo dominio directo corresponde a la
Nación; Iniciativa de Ley de la COCOPA (1996)
Acceder, con respeto a las formas y modalidades de
propiedad y tenencia de la tierra establecidas en
esta Constitución y a las leyes de la materia, así
como a los derechos adquiridos por terceros o por
integrantes de la comunidad, al uso y disfrute
preferente de los recursos naturales de los lugares
que habitan y ocupan las comunidades, salvo aquellos
que corresponden a las áreas estratégicas, en
términos de esta Constitución. Para estos efectos
las comunidades podrán asociarse en términos de ley.
Ley de Derechos y Cultura Indígena (2001).
¿Por qué estas diferencias? Oigamos nuevamente las
voces de protagonistas y testigos.
No hay ningún indicio que nos permita suponer que
los legisladores actuaron de manera descuidada al
evaluar la ley Cocopa y emitir su dictamen. Lo que
sí es posible identificar dentro de las
modificaciones introducidas es una gran similitud
con algunos de los planteamientos del Plan Puebla
Panamá, en su versión ejecutiva.
[...] Por supuesto, para ello es necesario vaciar de
contenido y de posibilidades reales (territoriales)
la demanda de autonomía y el ejercicio de la libre
determinación, al tiempo que se elimina toda
referencia al uso colectivo de la tierra y el
territorio y se establece, en cambio, la tenencia
individual como única reconocida
constitucionalmente.
En la medida que los indígenas no aspiren más que a
conseguir un empleo se respetará su libre
determinación; en la medida que los indígenas
migrantes estén dispuestos a emplearse como
jornaleros se buscará garantizar sus derechos, en la
medida que los Pueblos Indios no pretendan tener
dignidad, pueden lograr el reconocimiento.
Ana Esther Ceceña.
La Ley Indígena que hoy pretenden imponer a nuestros
pueblos y a la sociedad reafirma la concepción
individualista que inspiró la contrarreforma del
Artículo 27 Constitucional en 1992 y se expresa como
complemento de la misma, ya que no reconoce el
derecho CONSTITUCIONAL que tenemos para acceder de
manera colectiva al uso y disfrute de los recursos
naturales que se encuentran en nuestras tierras y
territorios, por el contrario restringe, en forma
regresiva, este derecho exclusivo que tenemos y lo
convierte en simple derecho de preferencia,
previamente limitado por las formas y modalidades de
propiedad y tenencia de la tierra ya establecidas en
la Constitución y por los derechos que han sido
adquiridos (generalmente en forma ilegal) por
terceros a nuestros pueblos. Hemos exigido el
reconocimiento del derecho que tenemos para acceder
a los recursos naturales que se encuentran en la
totalidad del hábitat que los pueblos ocupamos y los
legisladores, en forma contraria, deciden reducir
derechos que ya históricamente tenemos ganados de
hecho y por derecho, en títulos primordiales y
resoluciones agrarias y con el sudor y la sangre de
nuestros abuelos.
[...] La Iniciativa aprobada, en contravención al
formato de Diálogo establecido entre el Gobierno
Federal y el EZLN, pretende zanjar la cuestión
agraria en los términos de lo que dispone
actualmente el Artículo 27 Constitucional, lo
anterior sin considerar la gran oposición de
nuestros pueblos hacia la reforma de dicho Artículo
y olvidando que el tema agrario deberá ser discutido
en la Mesa de Diálogo relativa al Tema de Bienestar
y Desarrollo.
Congreso Nacional Indígena.
La reforma no reconoce el derecho al uso colectivo
de los recursos naturales, ni admite la existencia
de los territorios de los pueblos indígenas. [...]La
cultura indígena, construida a partir de prácticas
comunitarias, se desarrolla sobre la base de la
relación colectiva de los indios con la tierra y la
naturaleza. Los legisladores no quieren reconocer
esto. El Congreso se niega a utilizar conceptos como
tierras y territorios indígenas respecto al acceso y
explotación de los recursos naturales como dicen la
propuesta de la Cocopa y los acuerdos de San Andrés
[...] El concepto de territorio es imprescindible
para entender y definir la idea que tienen los
pueblos indígenas de la autonomía. Este es el punto
más importante del debate sobre la libre
determinación. Los indígenas reclaman no sólo la
propiedad de la tierra sino la garantía jurídica de
protegerla para preservar su cultura y su futuro
como pueblos. Al respecto, no debe confundirse el
derecho de propiedad con el derecho de los pueblos
indios a preservar los recursos naturales de su
territorio o los lugares que consideran sagrados.
Al ganarse el debate sobre la autonomía, donde el
PRI y el PAN se oponen con el fantasma de la
balcanización y la división nacional, la mayoría
legislativa enfoca su atención en la negativa de
reconocer a los indígenas derechos territoriales
porque, dicen, se promoverían conflictos agrarios y
territoriales. Sería, reiteran, una invitación a la
invasión indígena sobre las tierras de los
propietarios [...]
[La Ley Indígena de 2001] legitima la contrarreforma
del artículo 27, modificado en 1992, que admite la
privatización de tierras comunales y ejidales. Al no
garantizar la protección legal de la propiedad de
las tierras indígenas, éstas quedan expuestas a la
especulación y a la enajenación en beneficio de las
grandes empresas agroindustriales o inmobiliarias.
Jesús Ramírez Cuevas (periodista de La Jornada).
Con la ausencia de mecanismos constitucionales que
hagan posible la libre determinación y la autonomía,
los derechos indígenas estarán quedando
prácticamente mutilados. Con el desconocimiento
constitucional de la comunidad y del municipio
indígena, así como de las posibilidades de
asociación de los mismos –tal como lo plantea la
iniciativa de la Cocopa–, la reconstitución y el
desarrollo de los pueblos indios, seguirá estando
sólo en los discursos, pero no en el terreno de la
construcción práctica. Con la anulación de los
derechos territoriales de nuestros pueblos, las
posibilidades de crecimiento con identidad y
sustentabilidad seguirán estando lejanas, como
lejana esta la paz ahora. Y si esto es así, entonces
la ansiada reforma constitucional sobre derechos
indígenas está siendo cancelada como en otros
tiempos. En consecuencia, no hay ninguna reforma que
beneficie a los pueblos indígenas, sólo hay un
conjunto de declaraciones acotadas que no tendrán
ningún impacto positivo en la vida de nuestros
pueblos.
Adelfo Regino Montes (artículo de opinión en La
Jornada)
Así como un posible futuro cuestionamiento a la
reforma del artículo 27 había motivado en 1996 el
desconocimiento de los Acuerdos de San Andrés por
parte del gobierno de Zedillo, es nuevamente la
imposibilidad de resolver la cuestión agraria la que
empuja al EZLN a suspender el diálogo con el
gobierno federal. Por más que el reconocimiento del
problema indígena como una cuestión que debe asumir
como propia la Nación –fruto de la presión política
ejercida por el EZLN y otras organizaciones
indígenas del país– sea un logro sustancial, por más
que la ley aprobada por el Congreso signifique
avances en aspectos tiempo atrás no contemplados por
el sistema político mexicano, el problema de fondo
sigue siendo la tierra. Sin las garantías que
Palafox señalara hace ya tantos años –y en un
contexto de fuerte embate del capital nacional e
internacional sobre un área tan estratégica
política, militar y económicamente como Chiapas–
ninguna comunidad indígena puede sobrevivir. La
tierra y la explotación colectiva de los recursos
naturales es –nunca mejor utilizada esta metáfora–
la verdadera “base material” que asegura la
reproducción de las comunidades indígenas en todos
sus aspectos. No significa esto que la cultura, el
idioma o la identidad jueguen un peso menor en la
vida comunitaria; quiere decir que no son esferas
que puedan separarse. Cultura, idioma e identidad
implican junto con la tierra una totalidad
indisoluble y jerárquicamente determinada, en donde
ésta última juega su papel primordial. Y el EZLN al
suspender el diálogo está reconociendo precisamente
esta característica de toda formación social, que ya
había sido enunciada años atrás, no por Marx y
Engels o alguno de sus irreverentes discípulos, sino
por los firmantes de los propios Acuerdos de San
Andrés:
Todo pueblo indígena se asienta en un territorio que
cubre la totalidad del hábitat que los pueblos
indígenas ocupan o utilizan de aluna manera. El
territorio es la base material de su reproducción
como pueblo y expresa la unidad indisoluble
hombre-tierra-naturaleza.
Es posible, entonces, comprender los motivos del
comunicado del EZLN en donde desconoce la Ley
promulgada y suspende el diálogo con el gobierno
federal. He aquí algunos de sus párrafos más
importantes:
Primero.- La reforma constitucional aprobada en el
Congreso de la Unión no responde en absoluto a las
demandas de los pueblos indios de México, del
Congreso Nacional Indígena, del EZLN, ni de la
sociedad civil nacional e internacional que se
movilizó en fechas recientes.
Segundo.- Dicha reforma traiciona los Acuerdos de
San Andrés en lo general y, en lo particular, la
llamada “Iniciativa de Ley de la COCOPA” en los
puntos sustanciales: autonomía y libre
determinación, los pueblos indios como sujetos de
derecho público, tierras y territorios, uso y
disfrute de los recursos naturales, elección de
autoridades municipales y derecho de asociación
regional, entre otros [...]
Quinto.- Con esta reforma, los legisladores
federales y el gobierno foxista cierran la puerta
del diálogo y la paz, pues evitan resolver una de
las causas que originaron el alzamiento zapatista;
dan razón de ser a los diferentes grupos armados en
México al invalidar un proceso de diálogo y
negociación; eluden el compromiso histórico de
saldar una cuenta que México arrastra en sus casi
doscientos años de vida soberana e independiente; y
pretende fraccionar el movimiento indígena nacional
al ceder a los congresos estatales una obligación
del legislativo federal.
Sexto.- El EZLN formalmente desconoce esta reforma
constitucional sobre derechos y cultura indígenas.
No retoma el espíritu de los Acuerdos de San Andrés,
no respeta la “Iniciativa de Ley de la COCOPA”,
ignora por completo la demanda nacional e
internacional de reconocimiento de los derechos y la
cultura indígenas, sabotea el incipiente proceso de
acercamiento entre el gobierno federal y el EZLN,
traiciona las esperanzas de una solución negociada
de la guerra en Chiapas, y revela el divorcio total
de la clase política respecto de las demandas
populares.
Séptimo.- En consecuencia, el EZLN comunica lo
siguiente:
A).- Que ha indicado al arquitecto Fernando Yáñez
Muñoz que suspenda totalmente su trabajo de correo
entre el EZLN y el ejecutivo federal. No habrá más
contacto entre el gobierno de Fox y el EZLN.
B).- Que el EZLN no retomará el camino del diálogo
con el gobierno federal hasta que sean reconocidos
constitucionalmente los derechos y la cultura
indígenas de acuerdo a la llamada “Iniciativa de Ley
de la COCOPA”
C).- Que los zapatistas seguiremos en resistencia y
en rebeldía.
No sabemos cómo va a continuar la historia. El
zapatismo dio el portazo, pero la puerta rebotó y
aún está abierta: no retomarán el camino del diálogo
hasta que no sean reconocidos los derechos indígenas
de acuerdo a la Iniciativa de la COCOPA. Quizás esto
indique que el diálogo se encuentra suspendido sólo
con una administración particular de ese Estado, la
de Vicente Fox. Quizás la experiencia acumulada le
indique al neozapatismo que ningún diálogo es
posible, y las condiciones que ponen para retornar a
él sean una mera formalidad. En ambos casos,
desconocemos hacia dónde se dirigirá el movimiento:
¿volverán a la vía armada? ¿se replegarán sobre sus
comunidades de base y sus municipios autónomos para
reforzarlos y así resistir mejor el avance del
capital? No lo sabemos, pero lo que sí creemos
posible afirmar –y esperamos haber dejado claro en
este trabajo los motivos de esta aseveración– es que
el cambio de estrategia que el EZLN encara en 1994
no va en detrimento de su carácter revolucionario,
porque el conflicto sobre el cual se monta hace a la
esencia del capitalismo mexicano y porque no están
dispuestos en su accionar a quedarse con las
zanahorias que el poder de turno les ofrece.
Parafraseando la ya clásica formulación de
Clausewitz, creemos que esta etapa de diálogo con el
gobierno es una suerte de “continuación de la guerra
campesina por la tierra por otros medios”.
Sin embargo, no podemos pasar por alto que la forma
de esta nueva etapa del conflicto chiapaneco tuvo y
tendrá un fuerte impacto a nivel de la tradición
política y de ciertas prácticas de la izquierda
latinoamericana. Con una breve reseña sobre este
punto, daremos por concluido el trabajo
III
“No es en la economía ni en la política
sino en la historia donde hay que ir a buscar el
código genético de cada revolución.” Adolfo Gilly
¿Es el EZLN un movimiento revolucionario? Creemos
que el haber dado cuenta de las características
fundamentales del movimiento neozapatista, de la
historia de sus reivindicaciones y del arraigo
material y cultural que esos reclamos tienen, nos
permiten responder afirmativamente a ese
interrogante. Sin embargo, esta cuestión ha sido
objeto de diferentes análisis, los cuales han
arribado a conclusiones a veces similares y en otros
casos muy distintas a la nuestra. Revisemos algunas
de estas posturas.
La izquierda tradicional, aferrada ella misma a
prácticas políticas vigentes en décadas pasadas, ha
interpretado al EZLN a través de su propio esquema
de pensamiento/acción. De alguna manera intentó
verse reflejada en un movimiento que, a poco de
andar, no emitía la imagen esperada por quien supone
estar enfrentándose a un espejo. Las ambigüedades
que la forma del neozapatismo ha presentado desde su
aparición pública –señaladas a lo largo de este
trabajo– son difíciles de captar en su complejidad
desde la perspectiva de una izquierda muy aferrada a
categorías de análisis sumamente rígidas. Así,
cuando el EZLN se levanta en armas contra Salinas de
Gortari, el corifeo sentenció: “foquismo”. Claro
está, quienes eran foquistas aplaudieron, y el resto
se dedicó a repetir las críticas que ya habían
realizado a otros movimientos de este tipo. Pero
cuando se tornó sumamente claro que el EZLN no se
disponía a “tomar el poder”, nuevamente el corifeo
emitió su veredicto: “reformismo”. Y allí la condena
fue más unánime. Pero hay vida más allá de las
formas. ¿Han olvidado las lecciones del joven Marx?
¿Y las del viejo socialista científico? El marxismo
que dicen enarbolar es muy poco dialéctico. Han
menospreciado el análisis de las contradicciones que
todo movimiento de lo real presenta, para quedarse
en el plano de los fenómenos, en el mundo de la
“certeza sensible” hegeliana. Y las razones de esta
actitud habría que buscarlas en su propia práctica
política; desde ya, no es éste el lugar para un
análisis de esas características.
Para captar la esencia del neozapatismo hace falta
remontarse de lo particular hacia lo general, y de
allí retornar al plano de lo concreto, para explicar
sus múltiples determinaciones. Partir de un esquema
general y tratar de encasillar la realidad en él es
muy poco científico, y –por ende– muy poco marxista.
Queda claro que hay una esencia revolucionaria del
EZLN que es idéntica a la de cualquier movimiento
revolucionario: la disputa por los medios de
producción y, en definitiva, por el autogobierno.
Creemos que de hecho constituye un error ponderar el
carácter revolucionario a partir de considerar sólo
la forma en que esa disputa se lleva a cabo. Por
ejemplo, partir de la idea clásica donde la “toma
del poder” aparece como el requisito sine qua non
para considerar una revolución como tal, sería, en
el caso del EZLN, caer en la trampa de la
vulgarización de los conceptos y se perdería de
vista la relación de este movimiento con la “tarea”
fundamental de una revolución.
Esta cuestión de la “toma del poder” ha sido también
una obsesión –aunque en directa oposición con la
corriente recién criticada– para una suerte de nueva
izquierda posmarxista. El EZLN ha recibido
incontables e invaluables apoyos por parte de esta
intelectualidad de izquierda “no tradicional”, aquél
sector que se ha abocado a revisar críticamente las
experiencias del socialismo existente en el siglo
XX, fundamentalmente en su versión soviética. Esta
corriente “progresista” parece encontrar en el EZLN
un referente sobre el cual encarnar todo su
andamiaje teórico y político. Así, en este nuevo
paradigma que parece abrirse alrededor de las
variadas teorías de “resistencia” contra el sistema
capitalista lo revolucionario pasa fundamentalmente
por la “no toma del poder” y por las distintas e
innovadoras formas de pensar la acción. Para ellos
se trata –en definitiva– de transformar la lógica
del poder, no de tomarlo; por eso tan en boga la
cuestión del “contrapoder”. Tomemos por ejemplo a
uno de los máximos exponentes de esta
interpretación, John Holloway, quien en una serie de
artículos de reciente publicación intenta responder
una pregunta similar a la que motiva nuestro
trabajo. Allí, Holloway afirma que “la gran
aportación de los zapatistas [ha] sido romper el
vínculo entre revolución y control del estado”.
Sin duda, la retórica pública del Ejército Zapatista
y especialmente la de Marcos, fueron, para deleite
de estos intelectuales, música para sus oídos.
Dondequiera que se busquen conceptos afines a sus
posiciones teóricas en los discursos, cartas y
manifiestos del Subcomandante y de la Comandancia,
éstos aparecen a flor de piel. Más aún, en la
infinidad de reportajes que el Subcomandante ha
concedido a exponentes de esta corriente
–periodistas, escritores y sociólogos– se nota un
fuerte sesgo tanto por parte del entrevistado como
del entrevistador por tocar estos temas. En
ocasiones, pareciera ser el único objetivo del
entrevistador lograr que Marcos declame a los cuatro
vientos su carácter “pacífico”, “no vanguardista”,
“poético” y quién sabe cuántos otros adjetivos
propios de un guerrillero aggiornado y de buenos
modos, es decir post-setentista.
Sin embargo, nosotros entendemos que esta visión no
aporta aire fresco a la cuestión. Si la crítica de
la izquierda tradicional al EZLN se queda encerrada
en un problema de “formas”, esta “nueva izquierda”
no se mueve un ápice de allí. Esquemáticamente
podemos afirmar que unos critican la “no toma del
poder” mientras que otros la elogian. Pero el
problema aquí es la actitud contrafáctica de unos y
otros. Los primeros, desde su dogmatismo, no
conciben una revolución como un proceso; la quieren
revolucionaria desde el comienzo, contraviniendo así
la historia de todas las revoluciones acaecidas
desde 1789.
En el segundo caso, el problema es similar. Ellos
también colocan al EZLN pretendiendo que sea un
espejo de sus propias elucubraciones. Su crítica a
los conceptos marxistas/leninistas de “partido” y
“vanguardia”, y a las experiencias del “socialismo
real” la ven concretada en la práctica y la retórica
neozapatista. No obstante, como vimos, el “giro” del
EZLN, la “no toma del poder”, la negociación desde
la “sociedad civil” y la marcha al Distrito Federal
no surgen de una crítica consciente de las prácticas
de la izquierda tradicional, sino que son coherentes
con la historia de México y surgen de la experiencia
de lucha sintetizada en la “cultura de la rebelión”.
Lo “novedoso” que sustenta las “teorías de la
resistencia” en su crítica contra la vieja izquierda
se cae así de maduro.
En síntesis, creemos que es necesario trascender
este fetichismo en torno de la cuestión del poder.
Al profundizar el análisis surgen las cuestiones
esenciales que determinan las formas de lucha. Como
vimos, alrededor la tierra se teje la trama del
accionar del EZLN. Al recorrer el devenir del
conflicto social en el campo mexicano desde la
Revolución Mexicana, muchos aspectos que aparecen
como “novedosos” o como “reformistas” se iluminan en
toda su dimensión. Y es quizás en la falta de
perspectiva histórica donde radique la razón del
mencionado fetichismo.
Si dejamos el plano de la discusión política, para
ingresar a otro más “académico”, encontramos una
interpretación del neozapatismo que intenta
justamente aportar una mirada de largo plazo para
superar la inmediatez de las explicaciones
coyunturales. En un trabajo titulado Chiapas en
perspectiva histórica, hay un profundo interés por
mostrar el movimiento zapatista como intersección de
diferentes tiempos históricos. Pero a diferencia de
nuestro análisis no son las contradicciones del
capitalismo mexicano el eje para comprender el
carácter de la lucha neozapatista, sino el esquema
estructuralista de Wallerstein y su sistema-mundo.
La clave que articula esta interpretación pasa por
la cuestión centro/periferia. En palabras de Carlos
Antonio Aguirre Rojas:
Esta condición predominantemente periférica [de
México en relación al mundo capitalista
desarrollado] nos explica por qué las
reivindicaciones principales de los indígenas
chiapanecos en rebeldía parecen ser, a primera
vista, demandas poco radicales y poco
antisistémicas. Pero que al mirarlas desde una
perspectiva más profunda, revelan el hecho de que,
al inscribir como parte de sus banderas centrales
las exigencias de “libertad, democracia, justicia y
paz”, los neozapatistas están defendiendo una serie
de demandas que son, dentro de las condiciones
actuales de México y de América Latina, demandas
radicalmente incompatibles con las políticas
neoliberales y de subordinación y entreguismo total
que hoy practican los estados latinoamericanos, y en
consecuencia, demandas que, en este contexto de una
periferia con un débil desarrollo de sus formaciones
políticas, se vuelven completa y absolutamente
subversivas y profundamente revolucionarias.
[...] Su cabal cumplimiento implicaría el abandono
de las actuales políticas privatizadoras y
neoliberales que favorecen a las zonas y a los
estratos ricos mientras abandonan a su suerte y
olvidan a los grupos más pobres [...] Lo que quiere
decir que, por elementales o sencillas que parezcan
a primera vista, esas demandas económicas de los
neozapatistas son irrealizables sin una revolución.
Aquí el carácter revolucionario del zapatismo, más
que esencial y ligado a la historia del campesinado
mexicano, surge del contexto; es decir, es
revolucionario porque las demandas no pueden
cumplirse en una etapa de avance del neoliberalismo.
Está claro que ningún gobierno neoliberal puede
dejar intactas disposiciones como el ya mencionado
artículo 27. Pero este esquema de análisis llevaría
a suponer que la lucha de Zapata no fue
revolucionaria, dado que en ese contexto, sí eran
cumplibles. O suponer que el cardenismo fue sólo un
fenómeno populista o bonapartista, sin ver que lo
que en el fondo hace posible el reparto de tierras
de 1938 es la movilización armada de los campesinos.
La postura de Aguirre Rojas puede ayudar a iluminar
el concepto de revolución. Por un lado entendiéndola
como un cambio profundo del sistema de relaciones
sociales y no sólo como un cambio en las prácticas
políticas de los sectores dominados/subalternos; y
por otro lado, situándola más allá del plano del
discurso de los propios actores revolucionarios y de
sus demandas declaradas, y buscando en cuestiones
estructurales la potencialidad revolucionaria de las
acciones realizadas en pro de dichas
reivindicaciones. No obstante, es un análisis
incompleto dado que –aún afirmándose como histórico–
pasa por alto momentos centrales de la lucha del
campesinado mexicano no menos radicales que el
neozapatismo, donde el carácter revolucionario de
los mismos no surge por la imposibilidad de dar
cabida a sus demandas, sino justamente por no
resolverlas en el plano de las relaciones sociales
de producción.
IV
Por todo lo visto hasta aquí, creemos que el
concepto de “guerra campesina por la tierra” sigue
rigiendo los destinos de la lucha de clases en el
capitalismo mexicano. El valor de este concepto es
que logra abstraer el problema esencial oculto tras
las distintas formas en las cuales esta lucha se
manifiesta históricamente, desde 1910 hasta nuestros
días. Pero una explicación que sólo enunciara
determinaciones estructurales no sería completa.
Forma y contenido van de la mano en una unidad
dialéctica.
Justamente porque la lucha de clases se expresó a
través de particulares maneras en la historia de
México es que hoy en día la vemos concretizarse en
un movimiento aparentemente no revolucionario. La
“cultura de la rebelión”, forjada a través de años
de guerra por la tierra, también es un concepto
central a la hora de comprender el movimiento
neozapatista en sus múltiples facetas.
Así, la “guerra campesina por la tierra” de Zapata
–interrumpida dentro de los marcos del sistema pero
contradictoria con la esencia de la acumulación
capitalista– resurge nuevamente tras las máscaras y
la retórica del EZLN. Y en ese resurgimiento es
donde “permanece” la Revolución Mexicana; no la de
Carranza y la elite sonorense, sino aquella que
tendencialmente se dirigiera hacia el socialismo en
la Comuna de Morelos. Porque como señala Atilio
Borón, “¿cómo tratar de construir un nuevo mundo sin
que esta empresa se transforme, objetivamente y con
independencia de la voluntad de sus protagonistas,
en un proyecto revolucionario? [...] ¿no estará
acaso esta revolución también ella oculta, como los
rostros de los zapatistas, detrás de un discurso
bellamente poético?”. Esperamos haber dejado claro a
lo largo de este trabajo, que nuestra respuesta a
este interrogante de Borón es claramente afirmativa.
BIBLIOGRAFÍA
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Revolución Mexicana. (Revolución permanente y
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Mexicana, Editorial Nueva Imagen, México, 1983.,
-Chiapas, la razón ardiente, Ediciones Era,