¿A dónde vamos?

Pablo González Casanova
Un poco de historia de la actualidad
se hace necesaria. La grave situación del país
implica detenerse a pensar en medio de la batalla
por el petróleo...
En la época de Díaz Ordaz ya
empezaron las políticas financieras neoliberales.
Sus primeras víctimas fueron los profesionistas y
las universidades. Recuérdese el movimiento médico
del 66, y el movimiento estudiantil del 68. Una de
sus causas fue la falta creciente de recursos para
fines sociales; otra, la crisis del autoritarismo
generalizado que escondía tanta hipocresía y
violencia. Los movimientos tuvieron también como
origen el nuevo planteamiento de una sociedad mejor,
frente a las corrientes cada vez más deterioradas
del nacionalismo revolucionario, de la
socialdemocracia acomodaticia y del socialismo
burocrático y sus conocimientos oficiales.
Las políticas neoliberales
continuaron avanzando. Los obstáculos que
enfrentaron fueron efímeros y poco consistentes. De
1970 a 1976 se inició un endeudamiento externo
creciente que llevaría a la nueva dependencia del
Estado. De 1976 a 1982 aumentaron los ataques de las
grandes empresas a los funcionarios públicos
calificados de populistas, en quienes destacaron sus
contradicciones. La frivolidad del discurso oficial
se hizo evidente en ese sexenio y la nacionalización
de la banca sólo echó fuego a la hoguera.
La cólera de los afectados en sus
grandes intereses, lejos de amainar, se hizo
terminante. Si hasta entonces el gobierno se veía
obligado a obedecer el perfil que los empresarios le
trazaban para la designación del secretario de
Hacienda, desde 1982 los tomó muy en cuenta para la
elección de un candidato a la Presidencia de la
República “políticamente correcto” que reiniciara el
proceso de privatización de la nación entera,
empezando por devolver la banca a sus antiguos
propietarios. Éstos, a poco de comprarla, la
vendieron a los grandes bancos de Estados Unidos y
Europa.
Así, por etapas bien calculadas,
según la correlación de fuerzas, empezó el paso de
mando del PRI al PAN, y de un sistema en que
predominaba el partido del Estado (el partido como
la institución electoral del Estado) a un sistema
político con “partidos de Estado”, cuya gama
ideológica se enriqueció desde el ingreso del
Partido Comunista con genuinos intentos por sus
militantes para fortalecer la “vía pacífica”,
intentos que pronto terminaron con muchos de ellos
asesinados y otros, tal vez más numerosos,
cooptados. Por supuesto subsistieron algunos ex
comunistas respetables.
En las mismas décadas de los 70, la
eliminación y la cooptación pusieron también en
crisis a las guerrillas de presión social y
negociación social, como la de Genaro Vázquez, quien
fue asesinado al no transformar la negociación
social en negociación personal. Después de los años
60, en los movimientos rebeldes armados proliferó la
idea de una revolución del nuevo tipo, que desde los
años 60 luchaba por la toma del poder como objetivo
estratégico. En todo caso, los sucesivos gobiernos
priístas, mediante la represión y la cooptación,
habían controlado y siguieron controlando las
“insurrecciones” de mineros, ferrocarrileros,
trabajadores de la construcción... al mismo tiempo
que fortalecían el sindicalismo oficial y rehacían
las políticas sociales, culturales, económicas y
financieras que, entre incontables dificultades,
contradicciones y debilitamientos trataban de
mantener como política de un Estado social y
nacional cuyas fuerzas e integrantes se aburguesaban
cada vez más, no sólo en el terreno
económico-social, sino en el terreno ideológico,
político y militar.
La crisis del “Estado social”
comprendió incluso a muchos de los grupos opositores
más radicales, y derivó en el florecimiento de un
conformismo jocoso y costoso, de una negociación
lucrativa y entreguista, de un escepticismo
racionalizador y un cinismo retador y prepotente.
Una nueva cultura individualista, “realista,
corporativa”, se extendió por todas partes, en un
proceso de “percolación”, parecido al de las
pandemias que pasan de mostrar síntomas aislados a
extenderse en regiones enteras del organismo
enfermo, quedando inmunes sólo unos cuantos grupos e
individuos.
Posponer
el diluvio
La historia de hoy puede resumirse
en la de una ocupación integral del Estado y la
nación. La privatización es el nuevo nombre de la
ocupación. Con la creciente deuda externa las
grandes empresas consolidaron el triunfo que habían
alcanzado al impedir la reforma fiscal que las
afectaba; el gobierno en turno logró mantener
ciertas políticas sociales que aseguraban su
estabilidad. Se fue acostumbrando a una lógica
política de “posponer el diluvio”. Hizo concesiones
a futuro con tal de resolver problemas inmediatos.
La deuda externa no dejó de incrementarse. Con ella,
los acreedores lograron influir más y más en el
presupuesto de ingresos y egresos del país. Todo se
hizo como si estuviera premeditado. Entre
negociaciones de cúpula, los prestamistas pedían un
poco menos de lo que pedirían después.
Con la pérdida de la política
económica no sólo vino una merma del poder del
presidente y el Congreso, sino la pérdida de
autonomía del gobierno en la política monetaria: el
Banco Central pasó a ser dirigido por un funcionario
que desde entonces es designado por el Banco
Mundial, por supuesto en formas mediadas y
encubiertas.
La posibilidad de apoyar a los
exportadores con devaluaciones de la moneda, o la de
apoyar a los patrones con disminuciones al salario
real, mediante la congelación de salarios y aumento
de los precios, ya sólo fue un privilegio de las
grandes fuerzas financieras y patronales y
monopólicas predominantemente extranjeras.
La ocupación como privatización fue
legitimada por los economistas neoliberales que
pretendían representar “la última palabra de la
ciencia”, costumbre que les es característica desde
Adam Smith y que ellos cultivan, aunque sin la misma
franqueza, pues no dicen, como aquél, que la
liberalización de los mercados favorece siempre a
los países más industrializados y poderosos en
detrimento de los más débiles, y a las empresas más
fuertes a costa de las más débiles.
La ocupación integral no descuidó el
terreno militar: incrementó la formación de cuadros
en las escuelas del imperio e “internalizó” un nuevo
concepto de la guerra en que el militar deje de
sentirse defensor de la patria frente a los enemigos
extranjeros, y se prepare para luchar contra su
propio pueblo y contra los grupos criminalizados por
el gobierno en turno, preparación que lo lleva a
participar hoy en la guerra de competencia por el
narcotráfico, y a intimidar, acosar y vejar a
pueblos indios potencialmente despojables y
desechables, que ocupan territorios ricos en
recursos naturales de los que las compañías sueñan
con apoderarse.
En el campo de la educación y la
cultura, la ocupación tuvo importantes triunfos en
la enseñanza primaria y secundaria, con reformas a
los planes de estudio que con el pretexto de dar más
importancia a las ciencias no enseñan ni las
ciencias ni las humanidades, y hacen olvidar la
historia de México y el mundo. El manejo del
presupuesto de egresos tendió a disminuir los
recursos humanos para la formación de técnicos de
alto nivel en la agricultura, los energéticos, las
comunicaciones y transportes, la industria y los
servicios. Después trató de privatizar del todo a la
educación superior y se enfrentó a una heroica
resistencia que encabezaron los estudiantes de la
UNAM hasta detener el golpe. No por eso cejaron los
privatizadores. Sus “expertos” de Estados Unidos y
Europa siguieron proponiendo como lo más moderno una
educación de pocos, para pocos y con pocos, la más
“funcional” según ellos, y sí lo era para el país
que tenían en mientes, un país carente de mercado de
trabajo para los egresados de las escuelas
profesionales –médicos, ingenieros agrícolas,
petroleros y civiles, economistas, abogados,
etcétera– en un país al que pensaban quitarle y le
estaban quitando y debilitando su seguridad social,
sus empresas públicas, sus actividades culturales
para los pueblos.
La demanda de privatización y de
educación elitista no quería sólo ajustar la oferta
a la demanda de empleos “innecesarios”. También
buscaba la clausura institucional de la universidad
mexicana –y latinoamericana– esa casa que difunde la
razón, el derecho, la historia, el pensamiento
crítico, es decir, todo aquello que causa terror a
quienes no tienen la razón ni el derecho y que
recientemente han calificado a la universidad de
vivero de terroristas.
La ocupación integral neoliberal de
los centros educativos logró de todos modos obtener
importantes triunfos. Hoy se encuentran sin
universidad y sin empleo una inmensa cantidad de
jóvenes, al tiempo que baja la escolarización y
suben los niveles de analfabetismo e ignorancia.
Se trata de una eficiente política
para el subdesarrollo por la que sus artífices son
“evaluados” como sobresalientes.
En las luchas por la cultura, la
ocupación neoliberal logró un triunfo increíble
cuando el Poder Legislativo privatizó las funciones
públicas de la televisión y de los medios de
comunicación de masas, lo que permitió a los
ocupantes quedarse con la política de los
“conocimientos prohibidos”. Del “lenguaje
políticamente correcto” y de una “realidad virtual”
unánimemente difundida como imperante espejismo de
oasis sin agua, y de un México feliz habitado por
débiles mentales y gobernado por personas realmente
serias y respetables que son objeto de infundios
lanzados por ambiciosos corrompidos –como los de “La
consulta”– y por alborotadores que arman escándalos
en lugar de ponerse a trabajar.
La ocupación integral también logró
combinar la cultura autoritaria y corrompida de las
oligarquías republicanas con la cada vez más
influyente de los encomenderos y de las oligarquías
mentalmente colonizadas por la España de Carlos V y
por la “anglo” neoconservadora, que maltratan el
idioma español queriéndolo hablar como los españoles
o como si fueran estadunidenses.
En el terreno de la política y la
sociedad, de las finanzas y la economía, la
ocupación neoliberal logró privatizar al Estado
mismo a niveles sin precedente. En México, como en
otros países del mundo, se impuso la cultura del
“mentiroso en palacio”, y de “la hipócrita Albión”,
expresadas por los nuevos “señoritos” posfranquistas
y por los voceros de Washington, las mafias de Wall
Street y los rancheros de Texas o California.
A esas herencias enajenadas se añadió
la cultura de la trampa de los caciques nacionales,
blancos y mestizos, que se juntó a la cultura de la
trampa de los gángsters electorales de Florida, y de
otros estados del “vecino país del norte”. La
representación de la “representación democrática”
puso en escena falsas discusiones legislativas que
pretenden deliberar con toda libertad un proyecto
que aprueban en lo fundamental, por el que venden su
voto u obedecen a la superioridad.
La ocupación más fondo se da en la
separación creciente entre “el México formal” y “el
México real” con métodos inusualmente legitimados de
violar las formas en el momento mismo de aplicarlas.
Así ha aparecido un nuevo tipo de golpes de Estado
que ocurren a la hora de las elecciones y no
después, o el asesinato de numerosos periodistas
combinado con el respeto de la libertad de crítica y
expresión, o las reformas de hecho a la Constitución
sin que se hayan reformado los preceptos
correspondientes (por ejemplo a Petróleos
Mexicanos), combinaciones difíciles de explicar
hasta para muchos “entendidos”, cuando no se
advierte que las leyes no se usan para regular, sino
para legitimar o criminalizar.
La ocupación privatizadora ha logrado
separar como nunca a “la clase política” de sus
“bases sociales” con lo que debilita a aquélla y
éstas, y deja que todas se desmoralicen en medio de
una crisis moral e ideológica insuperable mientras
sus víctimas no piensen construir otro mundo
alternativo y las organizaciones necesarias para
alcanzarlo. Mientras tanto, la manera en que “la
clase política” (o una parte de ella) entiende “lo
político” consiste en someterse más y más a los
ocupantes con una opción: el servilismo o el arreglo
en “lo oscurito”.
Ciertamente en todo este terreno la
responsabilidad de las fuerzas independientes o
alternativas es muy grande y difícil de asumir, pues
enfrentan una separación estructural entre los
pueblos y trabajadores pobres, no organizados ni con
derecho a organizarse y negociar (por un lado), y
los trabajadores que gozan más o menos de esos
derechos, aunque las organizaciones y negociaciones
sean en circunstancias cada vez más adversas, dadas
las políticas neoliberales que amplían el campo de
“lo no negociable”.
La separación social, cultural,
política e ideológica entre los pueblos y
trabajadores excluidos y los organizados plantea la
necesidad de tender puentes, sobre todo en las
luchas cruciales por objetivos que son a la vez
inmediatos y de largo plazo.
El respeto a la autonomía de quienes
juntos den una misma batalla será tan necesario como
la conjunción de sus fuerzas. En la unión por metas
concretas con autonomía de los participantes se
encuentra el último recurso de que dispone México
para no entrar en una situación caótica en que a la
ocupación del país mediante la privatización de sus
bienes y recursos se añada la privatización mediante
la intervención militar de “la comunidad
internacional” encabezada por Estados Unidos.
La ocupación privatizadora y
neoliberal de México ya es colosal. Además del
dominio de la política crediticia y monetaria, de
las finanzas públicas y de los medios de
comunicación de masas, el proceso de ocupación
integral abarca la privatización de correos,
carreteras, puertos y aeropuertos, líneas aéreas y
comunicaciones telefónicas, grandes diarios y
fuentes de información, tierras fronterizas y
playas, y territorios en que reinan las compañías
herederas de Mamita Unay.
El nuevo tipo de megaempresas dispone
en cada una, de toda la cadena que le permite
dominar a los mercados. Cada una posee sus propias
fuentes de financiamiento, de tecnología y
producción, de comunicación, de transporte y
almacenamiento, de distribución al mayoreo y al
menudeo, de insumo y seguridad, todo a cargo de sus
sucursales, de pequeñas y medianas empresas
subcontratadas, y de tendajones y vendedores
ambulantes.
Es más, al refuncionalizar a los
estados y a los sistemas políticos, las megaempresas
logran convenios y contratos, concesiones,
exenciones, difericiones y cancelaciones de pagos
billonarios, así como leyes, decretos y acuerdos que
les son altamente favorables.
Desde el TLC hasta hoy, las
megaempresas se han ido apoderando de más y más
territorios y tierras, y de los mercados nacionales
y regionales de todo el país. México depende de las
megaempresas y sus gobiernos, entre los cuales está
incluido cada vez más “el nuestro”. Hoy dominan el
mercado del dinero, del crédito, de los granos y de
la fuerza de trabajo.
Conocedoras de sus triunfos, las
megaempresas y los complejos militares empresariales
están conscientes también del creciente descontento
que generan entre desempleados, desplazados y los
despojados de tierras y trabajo, educación y
seguridad, y hasta de medicinas y alimentos.
Las megaempresas tienen una clara
idea de los peligros que las amenazan en el futuro
inmediato y están preparadas para enfrentarlos. Ya
pueden sus voceros anunciar que México será la
cuarta potencia mundial en pocos años –como afirmó
Calderón recientemente o que “el peligro de la
crisis está bajo control”, y otras linduras; pero a
las predicciones y “simulaciones de futuros” de los
expertos neoliberales mexicanos se añade una
predicción real, concreta: un muro gigantesco que
separa a todo México de Estados Unidos y Canadá.
El inmenso muro da clara idea del
futuro que nos aguarda de continuar el camino que
hemos seguido en los pasados 30 años. Sin querer,
“Norteamérica” nos amenaza y nos junta con América
Latina e Indoamérica, con sus pueblos y
trabajadores. Con su Gran Muro como señal que hasta
los ciegos ven, nos invita a no caer en el grave
error de una Palestina invadida y un terrorismo de
la resistencia, sino a fortalecer la estrategia de
organización y lucha pacífica que la inmensa mayoría
del pueblo y los trabajadores de México
insistentemente buscan, y que los propios grupos de
defensa armada de las poblaciones están de acuerdo
en sostener en todo lo que se pueda y mientras se
pueda, incluyendo siempre en su más profunda cultura
rebelde el rechazo a los actos terroristas como
actos crueles que hieren y matan a personas
inocentes.
Organizar y concientizar en cambio a
la inmensa mayoría de la población con redes
presenciales y a distancia que defiendan sus
intereses inmediatos y pongan las bases de un mundo
necesario y posible es el camino de la solución para
que construyamos con otros “condenados de la
Tierra”, “otra democracia, otra liberación y otro
socialismo”, todos dentro del pluralismo ideológico
y religioso con espacios laicos que ya hemos hecho
nuestros, y teniendo como fuerza principal de apoyo
y decisión a los “pobres de la Tierra”.
Hoy todo voto contra cualquier
proyecto de privatización del petróleo de PRI y PAN
o sus derivados será un voto por el camino menos
doloroso de la historia de México. Es posible que de
triunfar el no, Estados Unidos y sus aliados
europeos pretendan quitarnos el petróleo, y lo que
no han ocupado aún, quieran quitárnoslo con una de
esas guerras “humanitarias” que organizan en sus
luchas depredadoras por la libertad de mercados y la
democracia que no practican, y contra el terrorismo
en que son expertos.
A los intervencionistas habremos de
contestarles con el presidente católico Benito
Juárez: “Que los enemigos nos venzan y nos roben, si
tal es nuestro destino: pero nosotros no debemos
legalizar un atentado entregándoles voluntariamente
lo que nos exigen por la fuerza”. Y después
recordaremos a los poetas que dijeron: “Hay en los
hombres un infatigable depósito de energía moral,
que les permite ser incesantemente rebeldes”. O lo
que nos dijeron algunos zapatistas: “Para resistir,
luchar y crear se necesitan tres cosas: perder el
miedo, tener esperanza y hacer fiesta. Y todo sin
perder la dignidad y la firmeza”.
Tomado de La Jornada 04/08/08