América Latina: giro político y reacción.
Ezequiel Meler
Noticias del Sur 6 de agosto de 2008
En la
última década, América Latina ha sido el escenario
de importantes procesos de cambio que resultaron,
con sus matices, en un movimiento de conjunto cuyo
corolario podría resumirse en un giro político
contrario a las prescripciones emanadas del Consenso
de Washington, en el fortalecimiento de los Estados
nacionales y en el avance de los procesos de
integración regional. Sin embargo, en los últimos
tres años, este giro político antiliberal ha debido
enfrentar densas constelaciones opositoras, que
amenazan su futuro inmediato, cuestionan su
capacidad de reproducción y acumulación política y
lo fuerzan a definirse más allá de una coyuntura de
bonanza externa. El objetivo de este trabajo reside
en analizar la actual encrucijada como parte y
resultado inevitable de las transformaciones
acaecidas en los últimos años.
El
ocaso del neoliberalismo.
El
cambio de milenio coincidió, en buena medida, con el
fracaso del paradigma neoliberal instaurado en torno
a 1990. Con el ascenso al gobierno de alianzas
políticas de neto signo progresista, América Latina
parecía enterrar en el pasado las políticas de libre
mercado, y comenzaba la lenta tarea de recuperar
discursos incluyentes en sociedades socialmente
fracturadas. La correlación de fuerzas inicial era,
en líneas generales, relativamente favorable, y
hacia 2005 podían verse ya los primeros frutos de la
nueva etapa. Si, durante los años ochenta, la
recuperación de las democracias y el ocaso
definitivo del actor militar como partido
privilegiado de la reacción interna y foránea,
habían sido reemplazados por la presión de los
“mercados” y fondos de inversión, la nueva coyuntura
económica abierta luego de 2001 parecía aflojar las
cadenas que atenazaban a los sectores externos, y la
situación macroeconómica general comenzaba a dar
signos que permitían una mayor autonomía política
respecto del sector financiero. El latiguillo del
“libre comercio” –en rigor, la generación de
condiciones óptimas para la expoliación de los
recursos humanos, naturales y materiales del
continente al menor costo posible por parte del
capital extranjero y sus personeros locales- ya no
alcanzaba para generar consenso en torno a la
continuidad de políticas crecientemente descritas
como injustas y regresivas. La recuperación de los
términos del intercambio para commodities y otras
exportaciones generaba situaciones de superávit en
la balanza comercial, que, salvo casos puntuales,
alejaban un poco el fantasma de la cesación de
pagos.
En
esas condiciones, cuatro ejes de transformación
comenzaban a vislumbrarse. En primer lugar,
destacaba el nuevo impulso a los procesos de
integración económica regional. En concreto, el
MERCOSUR comenzaba a mostrarse como una alternativa
política y económicamente viable de integración
regional, en oposición al Área de Libre Comercio de
las Américas (ALCA) pregonada por Washington. En
segundo lugar, la situación de Ecuador y Bolivia
daba lugar al bautismo político de un nuevo / viejo
actor: las comunidades indígenas, largamente
marginadas de los procesos de toma de decisión y del
aparato estatal. La victoria de Evo Morales, en
particular, abría una nueva etapa para los
movimientos sociales. En tercer lugar, los países
latinoamericanos, en un movimiento común, daban la
espalda al FMI, el instrumento privilegiado de
presión del Departamento de Estado en la región. Los
casos de Argentina y Brasil, que, merced a la buena
marcha de sus economías, cancelaban sus deudas y
clausuraban su dependencia del poderoso sindicato de
inversores, daban muestra cabal de la fortaleza de
estos procesos. Finalmente, los países de la región
encontraban en la escena internacional nuevos
aliados. El estrechamiento de los lazos dentro del
G20, que reunía a varias de las economías emergentes
–como por ejemplo la India- y el desembarco en la
región de inversiones procedentes de China, que al
mismo tiempo se abría como un nuevo mercado,
alternativo al europeo, daban lugar a asociaciones
novedosas, y otorgaban mayor margen de acción a los
gobiernos latinoamericanos.
Estos
episodios tuvieron su coronación en la Cumbre de Mar
del Plata, celebrada precisamente en noviembre 2005.
En Mar del Plata, pudo decir con orgullo Hugo Chávez
Frías, la firme posición de Brasil y Argentina había
“enterrado al ALCA”, pese a la sorpresiva presencia
del primer mandatario norteamericano, George W.
Bush, poco adepto a una política latinoamericana
consistente durante sus años de gestión en la Casa
Blanca.
Sin
embargo, la euforia y el optimismo de aquellos días,
densos en historicidad, hoy parecen opacados. Nuevos
desafíos, esta vez, en principio, de orden interno,
han surgido para desestabilizar a la región.
Federalismo,
ese caballo de Troya.
En
efecto, si el año 2005 terminaba con la derrota del
ALCA, el año 2008 parece signado por la reacción de
aquellos grupos refractarios a las transformaciones
realizadas, a la integración regional, y a la
consolidación de los procesos descritos. Los
referendos autonómicos bolivianos y la movilización
de los sectores ligados al agro negocio de la soja
en Argentina poseen, más allá de sus diferencias,
algunos denominadores comunes. En primer lugar, se
trata de reclamos sectoriales revestidos de banderas
aparentemente progresistas, como el federalismo, la
coparticipación y la distribución de la riqueza,
pero que esconden la movilización y activación de
los sectores históricamente asociados a las
estructuras de poder tradicional, con el apoyo de
los medios de comunicación y los grupos de interés
neoconservadores. Las oligarquías regionales
bolivianas y las fracciones reaccionarias de la
burguesía agraria argentina han demostrado, en estos
meses, con una fiereza inusitada, su oposición
fáctica a cualquier proceso que involucre el
menoscabo de sus privilegios, ligados a la
explotación de recursos naturales y la exportación
de bienes primarios, alimentos, energía y materias
primas.
En
este sentido, el reclamo de federalismo, autonomía y
descentralización de los recursos es doblemente
reaccionario. En primer lugar, por su funcionalidad
a la estrategia de debilitamiento de los Estados
nacionales seguida por el capital financiero y los
intereses monopólicos ligados al suculento negocio
de las exportaciones. En este sentido, la
fragmentación de los territorios no es
necesariamente un objetivo explícito. Antes bien,
alcanza con el debilitamiento político de su
principio de unidad, esto es, el actor estatal, el
gran adversario del libre mercado. En segundo lugar,
porque ese reclamo de “federalismo” representa, ni
más ni menos, la negativa de estos sectores a
compartir las rentas extraordinarias derivadas de la
exportación de recursos que constituyen monopolios
naturales, como es el caso de los hidrocarburos y la
tierra. Es decir, se trata de un ataque al corazón
mismo de las actuales condiciones políticas: la
marcha de la macroeconomía y sus efectos sobre la
recaudación estatal. Lejos de ser una bandera
progresista, se trata entonces de un reclamo
reaccionario, que pretende sumir, o bien, mantener
en el atraso a toda la región.
Cabe
en este sentido una reflexión. La etapa actual no es
homogénea a escala regional. Pareciera, más bien,
que los modelos de acumulación económica y política
que se cuestionan son aquellos donde mayor libertad
encontró el proyecto antiliberal para crecer en el
vacío. Una hipótesis de explicación para este
fenómeno podría residir en el hecho de que, tanto en
Bolivia, con Sánchez de Lozada, como en Argentina,
con De la Rúa, el proyecto neoliberal había
derrapado por completo, generando una debacle
económica, política y social que arrastró consigo a
las fórmulas políticas asociadas al mismo. En
Brasil, Uruguay y Chile, por el contrario, la
disputa política se presentaba de modos diferentes,
toda vez que, en última instancia, el neoliberalismo
había gestionado con eficiencia macroeconómica las
cuentas nacionales. La lucha por flexibilizar los
términos de la hegemonía cultural del paradigma
neoliberal en los países mencionados debió pasar,
entonces, por procesos más complejos y graduales,
que implicaron, muchas veces, el reconocimiento
explícito de los “logros” del modelo económico y
social. Con un adversario siempre presente en la
esfera pública, legitimado por ésta y preparado para
el eventual relevo, las construcciones políticas
fueron diferentes, y la batalla cultural se presentó
con anterioridad, como una contienda en cierta forma
preliminar a cualquier cambio significativo.
En
Argentina y Bolivia, en cambio, el terreno para una
reivindicación abierta del Modelo de Ajuste
Estructural ha quedado, al menos por un tiempo,
completamente clausurado. Esto pudo generar la
sensación de que la correlación de fuerzas era más
favorable para un avance relativamente más rápido y
profundo. Sin embargo, el propio éxito de las
recetas macroeconómicas, en ambos casos espectacular
por su contundencia, conspiró contra un examen más
cuidadoso de los términos en que se reformulaba el
discurso opositor. La lógica seguida por los viejos
personeros del orden establecido consistió en ocupar
los huecos ideológicos y culturales de una gestión
política más definida por sus oposiciones que por
sus propuestas y definiciones positivas. Al
apropiarse de “significantes vacíos” como el
mencionado “federalismo”, de larga presencia en la
tradición política criolla, listos para su
resignificación en un contexto completamente
distinto, los sectores dominantes tradicionales
contaron con la paradójica complicidad de los mismos
beneficiarios de las políticas antiliberales: los
pequeños y medianos productores agropecuarios, las
clases medias urbanas y rurales y alguna fracción de
las clases trabajadoras. Pero, sobre todas las
cosas, contaron con el aval, tácito o explícito, del
capital monopolista, desplazado en muchos casos de
sus posiciones dominantes en la década pasada. Por
último, los éxitos parciales de estos
cuestionamientos se debieron al papel protagónico
jugado por el sucedáneo del actor militar y de los
mercados en el condicionamiento de las democracias
latinoamericanas. Me refiero, desde luego, al papel
de los medios masivos de comunicación, verdaderos
conglomerados de empresas que reúnen posiciones
dominantes en el decisivo circuito de la
información, y que en la coyuntura se mostraron
solidarios con el capital monopólico.
América
Latina, zona de seguridad.
Casi al mismo tiempo, y en una secuencia inédita, el
gobierno norteamericano anunciaba la reactivación de
la Cuarta Flota, así como el refuerzo de su
presencia militar en la región, dentro del marco del
Comando Sur. En un despliegue sin precedentes, al
menos dos portaaviones y varios submarinos nucleares
de última generación volverán a patrullar las costas
latinoamericanas, cosa que no sucedía desde los años
de la Segunda Guerra Mundial. Ante el reiterado
pedido de explicaciones por parte de varios
gobiernos de la región, el Departamento de Estado
insiste en que se trata de una medida “defensiva”,
algo bastante difícil de creer en una región que no
se caracteriza por la recurrencia de conflictos
bélicos, así como tampoco por la presencia de
potencias militares que puedan rivalizar con el
gigante del Norte.
Tal
vez podamos encontrar mejores explicaciones a este
aparente sinsentido en la reciente evaluación de la
situación regional realizada por el propio
Departamento de Estado. En efecto, basta remontarse
cuatro años atrás. El 24 de marzo de 2004, el
General James Hill, en un informe presentado ante el
Comité de las Fuerzas Armadas de la Cámara de
Representantes de Estados Unidos, había mencionado
tres amenazas a la “seguridad hemisférica”. Luego de
referirse al narcotráfico y al terrorismo, señaló:
“Estas amenazas tradicionales se complementan ahora
con una amenaza emergente, mejor caracterizada como
“populismo radical”, en el cual se socava el proceso
democrático, al reducir, en lugar de aumentar, los
derechos individuales”1. Según el jefe del ahora
reforzado Comando Sur, esta corriente estaría
caracterizada por la habilidad con que “algunos
dirigentes […] explotan frustraciones profundas por
el fracaso de las reformas democráticas en entregar
los bienes y servicios esperados. Al explotar esas
frustraciones, las cuales van de la mano con
frustraciones causadas por la desigualdad social y
económica, los dirigentes están logrando a la vez
reforzar sus posiciones radicales al alimentar el
sentimiento antiestadounidense”. Como ejemplos
concretos de esta tendencia, naturalmente mencionó
en primer lugar los casos de Venezuela y Bolivia,
pero también señaló “el cuestionamiento de “la
validez de las reformas neoliberales”, expresado por
los presidentes Luiz Inacio Lula Da Silva y Néstor
Kirchner (2.)
Esta
decisión, asimismo, debe ser analizada en el marco
del reciente conflicto limítrofe entre Ecuador y
Colombia, desatado cuando fuerzas militares
colombianas bombardearon territorio ecuatoriano,
para luego realizar una incursión limitada, todo
ello con el objetivo de asesinar al líder y
canciller de las FARC, Raúl Reyes. Como resultó
claro en el análisis de los acontecimientos, fue la
inteligencia militar norteamericana, paradójicamente
asentada en la base de Mantua, en territorio
ecuatoriano, la que proveyó la información necesaria
para el ataque, y es posible que también el
equipamiento y la logística de la operación hayan
estado a cargo de la aviación estadounidense. En la
controversia diplomática posterior, quedó claro el
papel regional de Colombia, que es, después de Irak
e Israel, el tercer país del mundo entre los que
reciben ayuda militar y equipamiento por parte de
los Estados Unidos. En efecto, Colombia, bajo la
férrea conducción militarista de Álvaro Uribe Vélez,
se ha prestado en los últimos años a una constante
estrategia de presión sobre las fronteras de sus
vecinos, especialmente de Venezuela. De este modo,
aún antes de que se consolide una hegemonía regional
alternativa, los Estados Unidos han anticipado ya su
negativa terminante a aceptar modificaciones
sustanciales en las relaciones de fuerza de la
región, incluyendo abiertamente el recurso al poder
militar como herramienta para bloquear todo proceso
de cambios, por tibio que nos resulte. Debilitada o
erosionada su hegemonía a causa de la inevitable
destrucción de las economías nacionales bajo el
imperio del proyecto neoliberal, la reactivación de
la Cuarta Flota renueva la disposición del Pentágono
a utilizar cualquier medio a su alcance para
garantizar, al menos, la dominación hemisférica.
El
faro del Fin del Mundo.
Otro
dato preocupante es el concerniente al nuevo
equilibrio político europeo. Con las victorias de
Nicolás Sarkozy y Silvio Berlusconi, el mapa
político del viejo continente adopta claramente un
sesgo neoconservador, reflejado en la Directiva
Retorno sobre Inmigración, que castiga la situación
ilegal de cualquier extranjero con el tratamiento
propio de un delito no excarcelable (3.) De este
modo, Europa, el aliado natural de América Latina
para equilibrar el peso de la dominación
norteamericana, amuralla sus fronteras, mientras
flexibiliza sus regímenes laborales y disminuye el
porcentaje del gasto estatal destinado a salud,
educación y ancianidad.
De
este modo, los procesos tibiamente reformistas
iniciados en el continente aparecen como un ente
extraño en un escenario internacional dominado por
las reacciones conservadoras, tanto frente a los
efectos de la crisis financiera desatada en los
Estados Unidos, como de cara al agotamiento del
ciclo de crecimiento económico ligado a la
unificación económica de Europa. América Latina, que
en el pasado ganó y perdió margen de maniobra al
convertirse en ámbito de disputa de los diferentes
equilibrios centrales, hoy debe cerrar filas en
torno a sus objetivos, frente a un horizonte
político bastante poco alentador.
Balance
para un presente agitado.
Mientras escribo estas modestas líneas, se
profundizan los incidentes en la localidad boliviana
de Tarija. Esta localidad, precisamente, era el
sitio de un encuentro programado para esta tarde
entre los presidentes de Bolivia, Venezuela y
Argentina, en claro respaldo de la política nacional
llevada a cabo por el primero. Inevitablemente,
concluyo que los tiempos de la reacción regional se
dirimen hoy en el escenario boliviano. O, al menos,
que los opositores han pensado en ello, pues los
incidentes en la zona del Aeropuerto Internacional
se convirtieron en abiertas protestas contra la
visita diplomática de los jefes de Estado
mencionados. El referendo revocatorio lanzado por
Evo Morales, resistido ferozmente por los prefectos
opositores de la llamada “Media Luna”, hace las
veces de inevitable termómetro de la situación
regional.
En
2005, era más sencillo concluir de modo optimista
cualquier análisis de la situación sudamericana.
Indudablemente, los procesos reseñados abren un
período de incertidumbre respecto de las
posibilidades de la región de resistir al embate
combinado, interno y externo, de las fuerzas
reaccionarias, así como de profundizar el camino
iniciado, hace casi una década. Sin embargo, el
escenario descrito es también la prueba palpable de
que estamos en el camino de transformaciones
históricas. Debemos ser conscientes de que, para
bien o para mal, aquí ya no hay lugar para medias
tintas. No hay solución de compromiso con el enemigo
que se yergue, en estas horas, en todo el
continente. En ausencia de dichas alternativas, sólo
nos queda avanzar, profundizar las transformaciones,
arriesgar el capital político adquirido en estos
años de bonanza. En los años noventa, recuerdo
ahora, los minúsculos reductos militantes opositores
al neoliberalismo festejamos cada victoria americana
como propia. Queríamos vencer, pero a fin de
cuentas, gobernar era sólo el comienzo.
zequimeler@gmail.com
www.noticiasdelsur.com
1 Jim Cason y David Brooks: “Descubre el Pentágono una
nueva amenaza en América Latina: el populismo
radical”, en La Jornada, México, 29/03/2004.
2 Gilly, Adolfo: “El populismo radical”, en La Jornada,
México, 01/06/2004.
3 Véase Página 12, 17/06/2008.