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México. La entrega del petróleo:

quiénes, por qué, para qué

 Adolfo Gilly*

06/07/08  

 Reproducimos a continuación el texto de la intervención de Adolfo Gilly en el Debate Universitario sobre la Reforma Energética, celebrado en el Centro Cultural Universitario, Tlatelolco, Mesa 21, “Consecuencias políticas, jurídicas y sociales de la reforma petrolera”, el pasado 27 junio de 2008.

 La reforma energética propuesta por el Poder Ejecutivo ha sido demolida en cada uno de sus puntos y motivos a lo largo de los debates públicos de estas semanas, junto con los argumentos de sus partidarios puestos a defender una falacia. Ha quedado como lo que es: una tentativa de despojo y privatización de la riqueza petrolera mexicana. No tiene caso venir a repetir lo ya dicho. Me basta hacer mías, entre tantas otras, las razones y las pruebas aducidas días atrás por Javier Jiménez Espriú en impecable escrito.

 En cuanto a la situación de hecho, es la siguiente. Después de 36 años, las grandes empresas del petróleo regresan a Irak. Después de 70 años de la expropiación de 1938, en medio de la actual fiebre especulativa mundial en el mercado petrolero, esas empresas se disponen a regresar a México pasando por encima de la Constitución y de las leyes de esta nación.

 Pero aquí no hubo, como en Irak, guerra o invasión extranjera. Lo que tuvo lugar es un cambio de mando del Estado. La vieja y exhausta clase dirigente, cuyo modo político de ejercicio y de negociación del mando se encarnaba en el PRI y en sus tratos con el antiguo PAN, ha sido sustituida en el ejercicio del poder por el mando del capital financiero mexicano bajo el amparo de las finanzas internacionales.

 Este nuevo mando es la encarnación en México del orden social neoliberal mundial –orden social, no modelo económico, pues es un nuevo orden social del capital lo que se expande en el mundo de inicios del siglo XXI.

 Ese mando todavía no ha encontrado su forma política ideal, su modo de trato y negociación con la nación mexicana y con su pueblo. Está tanteando cómo modelar esa relación, cómo consolidarse y superar la actual fragmentación de los poderes entre los gobernadores, donde cada uno actúa como dueño y señor de su territorio frente al gobierno central y a sus propios gobernados. Hasta don Porfirio se escandalizaría si viera este espectáculo...  

El mando del capital financiero necesita encontrar, unificar y legitimar sus formas políticas y está resuelto a lograrlo. Por eso el desmantelamiento de los pilares de la Constitución, malamente disfrazado de leyes reglamentarias. Otros gobiernos antes fueron desmantelando a Pemex durante décadas para dejarla a punto de privatización, como aquí mismo lo han documentado técnicos y especialistas. Pero para consolidarse, y no sólo para hacer negocios, este nuevo mando necesita ahora desmantelar además el patrimonio nacional entero, pues la forma de existencia de ese capital al cual representa consiste en penetrar capilarmente en todos los poros de las relaciones económicas, sociales, políticas, culturales e imaginarias de la nación, y en las de ésta con el territorio y la naturaleza.

 Esta mutación financiera del poder mexicano tiene su actual representante en el gobierno de Felipe Calderón y Agustín Carstens, avalado en 2006 sólo por un tercio de los votantes en un proceso electoral por demás tenebroso.

 No estamos, pues, ante un mando estabilizado con un partido histórico en el gobierno. Tampoco se trata de una vulgar mafia movida sólo por afanes de corrupción, como suele argumentarse en su contra. Estamos, por el contrario, ante un verdadero y real grupo dirigente de advenedizos que a sus espaldas tienen el poder de las finanzas y el monopolio televisivo. Lo encabeza la dupla Calderón-Carstens. No se les detendrá con calificativos ni con insultos que apenas sirven como desahogo.

 Este grupo dirigente está llevando al país a una aventura que atenta contra los fundamentos históricos, culturales, económicos y jurídicos de esta comunidad nacional verdadera e ilusoria que se llama México, para consolidar en cambio el orden social y político de la nueva riqueza financiera en ostentosa e incontenible expansión desde la década de 1990.

 De esto y nada menos es de lo que se trata.  

Pero una nación no es un montón de gente viviendo sobre un territorio. Es una comunidad humana, tanto real como imaginaria, con un pasado y una cultura comunes, con intereses compartidos y conflictos de intereses, en la cual leyes escritas y no escritas regulan las relaciones y las vidas. Lo primero se llama historia; lo segundo, economía; lo tercero, política y estatuto jurídico.

 En tales premisas se sustentó la expropiación de 1938 con sus amarres constitucionales y legales. El petróleo no es en México una simple propiedad. Es un patrimonio de la nación y de su pueblo. No es mineral inerte, es herencia común y es trabajo objetivado y acumulado por generaciones. Todo eso es ignorado por la propuesta privatizadora de Felipe Calderón y Agustín Carstens.

 El discurso de los expropiadores de 1938, los generales Lázaro Cárdenas y Francisco J. Múgica, fue un discurso de soberanía, un discurso de legalidad y un discurso de trabajo. Se lo puede encontrar tal cual en los Apuntes del presidente Cárdenas editados por esta universidad.

 Discurso de soberanía porque, para recuperar el petróleo, ambos generales consideraron y sopesaron la coyuntura internacional y concluyeron, con razón y con pericia, que las grandes potencias estaban por entrar en una guerra mundial y no podrían defender hasta el fin a sus compañías en México. Tendrían que negociar y así lo hicieron, Estados Unidos el primero pues era quien, en caso de guerra, mayor valor estratégico concedía a ese mineral contiguo. El discurso de soberanía era así, además, un discurso geoestratégico. Ambos están ausentes en la propuesta del Poder Ejecutivo.

Discurso de legalidad porque el presidente Cárdenas sustentó la medida expropiatoria por un lado en la rebeldía de las compañías petroleras ante un laudo de la Suprema Corte, con lo cual desafiaban la ley de la nación; por el otro, en el dominio eminente de ésta, heredado de la Corona española, sobre el suelo, el subsuelo, los mares y los cielos de su territorio. Contra esa legalidad va la iniciativa del actual gobierno.

 Discurso de trabajo porque la recuperación del petróleo se apoyó en una movilización nacional, antecedida y preparada por un reparto agrario sin precedentes y articulada en torno a la organización y la movilización de los trabajadores de la industria petrolera y de su sindicato. Trabajadores de la industria y sindicato siguen existiendo. Pero están hoy ausentes de estos debates y al sindicato lo controla una burocracia corrompida, cliente y cómplice de cada gobierno en turno.

 La ausencia de todo discurso del trabajo, el silencio y la exclusión de los trabajadores y sus organizaciones, es el indicio ominoso de que esta proyectada entrega forma parte del asalto general del capital financiero contra el trabajo, rasgo definitorio del nuevo orden social global. Este es, empero, un tema mucho más vasto a ser abordado en otras sedes.

 Con creces se ha demostrado en estas semanas que la premura tecnológica y la premura económica son añagazas, así como se ha probado que es simple chantaje la amenaza de que, si no se privatiza Pemex, no habrá recursos para educación, salud y el supuesto “combate a la pobreza”. Una reforma fiscal que hiciera pagar a las grandes fortunas los impuestos normales en los países democráticos daría los recursos y liberaría a Pemex de la exacción actual por parte del Estado.

  •  

La iniciativa privatizadora Calderón-Carstens tiene otro sesgo amenazante. El patrimonio petrolero es parte de cualquier política de soberanía y seguridad nacional frente a potencias externas y sus gobiernos. Esta iniciativa dejaría a México desprotegido y subordinado a la política militar de Estados Unidos y a su plataforma continental de seguridad. Las fuerzas armadas mexicanas quedarían en condición de vasallaje ante el Pentágono, objetivo también de la Iniciativa Mérida.

 Al hacer depender a esas fuerzas de la tecnología y el armamento de la potencia vecina; al utilizarlas repetidamente contra el pueblo mexicano y sus movimientos, como sucede con creciente gravedad en Chiapas y en la frontera sur; al embarcarlas en la guerra contra el narco, tarea policial por excelencia; al promover que el “turismo” extranjero se vaya apropiando de costas y penínsulas de México, en especial de Baja California, el presente gobierno prepara porvenires funestos para este país.

 Este es el marco general de su reforma energética. Mañana nos propondrán arrendar Baja California para instalar bases militares de Estados Unidos porque el petróleo ya se enajenó y no hay dinero para salud y educación...

 La defensa de la nación y de su soberanía requiere además el cese de la violencia interna. Por un lado, es urgente reconocer los derechos indígenas y así cortar de raíz la guerra interior latente y presente en Chiapas. Por el otro, urge ubicar y definir con precisión los sustentos de la guerra del narco en tanto operación de desestabilización militar del territorio. ¿Quién la apadrina y alimenta, a cuál diseño está sirviendo? No me cuadran los capos y sus fortunas como explicación única y suficiente.  

Como tema de esta mesa se nos pregunta acerca de las consecuencias políticas, jurídicas y sociales de la iniciativa oficial de reforma petrolera. Después de lo antes dicho, respondo: en la presente crisis financiera mundial, en vísperas de un posible cambio de dirección política en Estados Unidos, en tiempos de guerras declaradas y no declaradas, cuando el patrimonio petrolero es como nunca un producto estratégico, entregarlo al capital privado es lanzar a la nación mexicana a una aventura política, geopolítica, jurídica y social.

Tales consecuencias nos llevarían a un desastre nacional. Habrá que impedirlo por todos los medios necesarios.

 *Adolfo Gilly es miembro del Comité de Redacción de SINPERMISO.

 

 


 

El nuevo despojo del petróleo mexicano

Adolfo Gilly

  • Hace setenta años, las empresas petroleras fueron declarando que la ineptitud tecnológica nacional obligaría a México a pedir su regreso en pocos meses. Hoy, setenta años después, la élite política y empresarial de México piensa que ese plazo de meses por fin se ha cumplido y que, ahora sí, aquellos capitales tienen que volver

1. El costo de producción de un barril de petróleo es hoy, para Pemex, de unos 5 dólares por barril. Su precio de venta en el mercado asciende a más de 100 dólares. La diferencia entre una cifra y otra es lo que se denomina renta petrolera. Quién se quedaba entonces con ella fue el tema central de la expropiación petrolera de hace setenta años. Quién se queda hoy con la renta petrolera mexicana es, nuevamente, el tema central.  

Entendido: nadie propone “privatizar Pemex”. Lo que quieren es traspasar a manos privadas esa renta petrolera mientras el Estado mexicano, bajo el rótulo “Pemex”, se queda con instalaciones chatarra. La operación consiste en abrir en todo o en parte a la inversión privada (de capital extranjero y nacional) y a sus necesidades de ganancia, los trabajos de exploración, extracción, refinación, distribución y transporte, hoy a cargo de Pemex como empresa estatal. Esta operación significaría convertir en ganancia privada lo que hoy es renta propiedad de la nación. Su nombre preciso es despojo.

Es lo que ya se hizo con las tierras ejidales, con las frecuencias entregadas graciosamente al monopolio televisivo y con la telefonía, antes del Estado, regalada por el gobierno de Carlos Salinas de Gortari (y sus altos funcionarios de entonces) a Carlos Slim y asociados. En La Jornada (7 de marzo de 2008, página 26), Carlos Fernández-Vega anota que en 1991, cuando la privatización de Teléfonos de México, el capital de Slim ascendía a mil 600 millones de dólares; en 2008, había crecido a 60 mil millones de dólares (un 3 mil 630 por ciento). También esta fortuna es producto, no de la mera ganancia financiera, industrial o comercial, sino de un despojo que permitió el traspaso de la fuente de esas ganancias a manos privadas: el de Telmex, antes patrimonio de la nación. 

2. Pemex, aducen los vendedores, está en quiebra financiera. Sus adeudos acumulados, sobre todo vía Pidiregas, son equivalentes al valor total de sus activos. Hay que vender, pues, bajo la cobertura que sea.  

Pemex fue llevado adrede a esta situación por los sucesivos gobiernos de Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Vicente Fox. Quebrar Pemex y hacer inevitable la privatización del petróleo ha sido una política común, buscada y planeada, del conjunto de la élite política y empresarial que gobierna México. Sobreabundan los estudios que lo demuestran. No son “traidores a la patria”: tales epítetos sólo sirven para sustituir el razonamiento por la invectiva. Son una élite empresarial y política dirigente que cree, sinceramente, que sus intereses privados son los mismos que los de la nación, como lo creen todas las élites similares en el mundo, desde Estados Unidos hasta Rusia y hasta Arabia Saudita.  

Como la población mexicana, en su mayoría, no piensa lo mismo, esa élite gobernante ha tenido que hacer avanzar sus intenciones de despojar a México de su renta petrolera por dos caminos laterales: ir desmantelando a Pemex al menos desde 1988 en adelante –veinte años de una guerra cuyos primeros disparos fueron contra la Quina para poner en su lugar a charros equivalentes pero más dóciles–, y soltar cuentos como el del “tesoro oculto de México”, que los mexicanos serían incapaces de extraer por sí solos en el actual universo tecnológico y con Pemex desmantelado.  

Esta mentira circular, que no voy a llamar cínica porque sugerí más arriba no usar epítetos, es similar a la que utilizaron las empresas extranjeras cuando, hace setenta años, la expropiación petrolera devolvió a la nación el usufructo de su subsuelo petrolero –de su “tesoro escondido”, pues– y ellas se fueron del país declarando que la ineptitud tecnológica nacional obligaría a México a pedir su regreso en pocos meses. No se les hizo: técnicos y trabajadores mexicanos convirtieron a Pemex en una de las empresas petroleras más productivas del mundo.  

Hoy, setenta años después, la élite política y empresarial de México piensa que ese plazo de meses por fin se ha cumplido y que, ahora sí, aquellos capitales tienen que volver a buscar el “tesoro escondido” para quedarse entre todos con él.  

¿Se les hará esta vez? Se me hace que tampoco.

3. Muchos estudios han mostrado, datos en mano, la direccionalidad y la intencionalidad de la política de conducir a Pemex a una situación de quiebra financiera y tecnológica. Entre esos estudios me permitiré citar aquí el de David Ibarra, El desmantelamiento de Pemex, del 19 de febrero de 2008 (revista Forma, febrero 2008), cuyo título indica con precisión su contenido. Estos son algunos de sus párrafos.

•“Los obstáculos centrales a la revitalización de la industria petrolera nacen de la ausencia crónica de una estrategia energética de largo plazo como parte medular de las políticas públicas de desarrollo y de seguridad nacionales. Y, junto a ello, está la exacción indiscriminada de las rentas petroleras para sanear desequilibrios de las finanzas públicas”.

• “Cabe subrayar el preocupante debilitamiento deliberado del Instituto Mexicano del Petróleo, que abandonó la investigación y la evaluación de los avances tecnológicos del mundo. Con todo, la tecnología petrolera es tecnología madura susceptible de adquirirse sin obstáculos mayores. Aún en el caso de recursos en aguas profundas, existen empresas especializadas que prestan sus servicios a los principales consorcios petroleros del mundo”.

•“Desde hace más de diez años se ha pospuesto las modernización de las capacidades de procesamiento del petróleo –si se exceptúan las refinerías de Cadereyta y Madero– en consonancia con los requerimientos crecientes de la demanda”.

•“La descapitalización de Pemex ha sido brutal y se ha producido de manera sistemática y deliberada desde hace tres o cuatro lustros. Cabe preguntar la explicación de este fenómeno ya que la empresa, pese a sus ineficiencias, no ha dejado de generar utilidades o márgenes amplísimos entre sus ingresos y gastos propios. Los rendimientos operativos han subido nueve veces entre 1995 y 2006 y las utilidades antes de impuestos van de 68.9 a 584.4 miles de millones de pesos corrientes en el mismo lapso. De su lado, los impuestos se han acrecentado de 74.9 a 583.9 miles de millones de pesos en igual período; o, visto acumulativamente, Pemex ha cedido la totalidad de las rentas petroleras al fisco, al aportarle casi tres billones (en español, tres millones de millones) de pesos o tres trillones (en inglés, también tres millones de millones) de pesos de 1995 a 2006. Pocas son las empresas petroleras que generan márgenes tan altos de utilidades y ninguna cubre impuestos tan elevados hasta generarle pérdidas”.

•“La inversión anual de Pemex –pese al moderado repunte del último trienio– sigue siendo sistemáticamente inferior a la de 1982, un cuarto de siglo atrás. [...]  En contraste, la inversión realizada a través de Pidiregas ya representa el 89 % de la formación de capital de la empresa (2006)”.

•“Quiérase o no, el escollo fundamental a la despetrolización de la economía y a toda reforma fiscal significativa es político. Nace de la oposición de la élite nacional –y extranjera– a tributar, tanto como de la falta de audacia republicana, de la sujeción de los partidos políticos a los poderes fácticos. Este y no otro es el problema estructural, medular de Pemex. [...] Recuérdese aquí que el sistema impositivo mexicano está marcado por sus modestísimas recaudaciones y alta regresividad. La tributación apenas asciende al 11 por ciento del producto, que contrasta con el promedio de 36 por ciento de los países de la OCDE, el 25 por ciento de los Estados Unidos o el 34 por ciento del Brasil”.

•El proceso de privatización ya está en curso: “La privatización de las operaciones de compra y venta y transporte del gas, la venta de las instalaciones petroquímicas, los contratos de servicios múltiples, el desplazamiento del Instituto Mexicano del Petróleo por servicios externos de asesoría, y el outsourcing de otras funciones –alquiler de barcos, plataformas e instalaciones, por ejemplo– son otros tantos casos de la fragmentación deliberada de Pemex y de las trasferencias de oportunidades de negocios principalmente al sector privado del exterior”.

•“El debate sobre la reforma energética en lo que toca a Pemex, más que gravitar obsesivamente en torno a su posible privatización parcial o total, debiera centrarse en la eliminación de los obstáculos que estorban su remozamiento y desempeño como consorcio de clase mundial y como fuente de ingreso volcada al desarrollo interno”.

El desmantelamiento de Pemex: el abuso que acabo de cometer con tan largas citas del documento de David Ibarra no implica un acuerdo con cada una de sus afirmaciones, sino el recurso al trabajo de un investigador serio para dar sustento a algunas reflexiones sobre los alcances que el desmantelamiento de Pemex y la cesión directa de la renta del petróleo al capital nacional y extranjero podría tener para el futuro mexicano.

4. El despojo de Pemex, la entrega de la renta del petróleo al capital privado, no es una mera cuestión económica o tecnológica. Hasta el hartazgo se nos repite este burdo engaño para así encajonar la discusión. De lo que en realidad se trata es de reforzar el esquema geoestrátegico de dominación que por muchos senderos sigue avanzando desde el Pentágono y la Casa Blanca sobre el territorio mexicano. La apropiación privada de la renta petrolera, en la cual tendrían su parte también los grandes capitales mexicanos, es un aspecto subordinado de dicha estrategia. No necesita el Pentágono la renta y la ganancia. Necesita asegurar el control directo del petróleo mismo para su maquinaria bélica, como en los años 10 o en los años 20 del siglo XX, hasta que en 1938 la fiesta se terminó.  

En caso de conflicto caliente o “frío”, Estados Unidos necesita asegurar el dominio sobre el petróleo cercano, tanto como necesita afirmar el control político-territorial sobre su fortaleza continental, desde Alaska hasta el canal de Panamá, incluído todo el mar y el territorio isleño comprendidos entre la península de Florida y las costas de Venezuela. Es lo que desde fines del siglo XIX la Casa Blanca considera el Mare Nostrum, incluídas sus bases militares, inútiles en caso de guerra global o intercontinental pero siempre necesarias como puntales de la dominación regional, según el uso filibustero de Guantánamo lo demuestra.   

Estos designios geopolíticos, que incluyen el ansia apremiante de recuperar el dominio sobre el petróleo venezolano, alimentan en estos días el apoyo irrestricto e inmediato del presidente Bush a la “Expedición Punitiva” del presidente Álvaro Uribe contra Ecuador, este desplante de cometer una masacre deliberada en tierra ajena para escarmiento de todos, Sarkozy y Lula incluidos, y después pedir “perdón” en la farsa de la OEA. Pero se trataba de sentar un precedente, y ya está hecho. 

El Plan Puebla-Panamá y la Iniciativa Mérida; los proyectos para controlar el Itsmo de Tehuantepec; la desestabilización de México y de su ejército entrampándolo en la “guerra contra el narco”, la represión política y la dependencia tecnológica; la ASPA (Alianza de Seguridad Para las Américas), pacto de subordinación militar; el TLCAN, pacto de subordinación económica, con sus cláusulas abusivas sobre los derechos, los productos, los cultivos y los migrantes mexicanos, son piezas de ese esquema de dominación. Es como si una poderosa aspiradora jalara ahora desde el norte a esta nación, arrancándola de América Latina y chupándola dentro de la subordinación y la sumisión que desde la doctrina Monroe los gobiernos de Estados Unidos siempre desearon y los mexicanos siempre temieron.   

Es este, y no otro, el contexto dentro del cual el gobierno del PAN y sus múltiples aliados políticos, religiosos y empresariales quieren hoy despojar a la nación de sus rentas petroleras.

5. Estoy escribiendo estas líneas el domingo 9 de marzo del año 2008. Hace hoy exactamente setenta años los generales Lázaro Cárdenas del Río, presidente de México, y Francisco J. Múgica, su secretario de Comunicaciones y uno de los artífices del artículo 27 constitucional en 1917, después de una visita al ingenio de Zacatepec, bajaron de su automóvil y caminando solitarios por los campos de Morelos se pusieron a razonar sobre la crisis con las empresas petroleras extranjeras.*

Esa noche, el presidente anotó en su diario personal:

Al regresar de Zacatepec nos paramos a las 21 horas en la desviación del camino que va a Palmira, entre los kilómetros 79 y 80 de la carretera Cuernavaca-Acapulco, y llamé fuera del auto al general Francisco Múgica, secretario de Comunicaciones, y le hice conocer mi decisión de decretar la expropiación de los bienes de las compañías petroleras si éstas se negaban a obedecer el fallo de la Suprema Corte de Justicia.

Hablamos de que difícilmente se presentaría oportunidad tan propicia como la actual para reintegrar a la nación su riqueza petrolera. No hacerlo por temor a consecuencias económicas o las posibles exigencias diplomáticas de Inglaterra y Estados Unidos sería antipatriótico y de graves responsabilidades que con justicia el pueblo nos señalaría.

El general Múgica resueltamente estuvo de acuerdo con la idea de proceder contra las compañías en su actitud rebelde.

En la noche del día siguiente, 10 de marzo, ya madura la decisión, los Apuntes del presidente se hacen más explícitos:

Al regresar anoche del ingenio azucarero Emiliano Zapata, instalado en Zacatepec, Morelos, acompañado del licenciado Eduardo Suárez, secretario de Hacienda, del general Francisco J. Múgica, secretario de Comunicaciones, y otros colaboradores del gobierno, nos detuvimos sobre la carretera en las cercanías de Cuernavaca, entre los kilómetros 79 y 80, y con el general Múgica caminamos hacia Palmira, platicando durante más de una hora. Nos referimos a la situación que viene ocasionando la actitud de las empresas petroleras que han reducido la venta de combustibles y demás operaciones de sus negocios; así como las reiteradas peticiones a sus gobiernos de que apoyen sus demandas en contra del fallo de la Suprema Corte.

Hicimos consideraciones de las circunstancias que podrían presentarse si gobiernos como los de Inglaterra y Estados Unidos, interesados en respaldar a las empresas petroleras, presionaban al Gobierno de México con medidas violentas; pero tomamos también en cuenta que se presenta ya la amenaza de una nueva guerra mundial con las provocaciones que desarrolla el imperialismo nazifascista, y que esto los detendría de agredir a México, en el caso de decretar la expropiación.

Conocedor el general Múgica de la conducta de las empresas petroleras, por juicios que se han seguido contra las citadas empresas y en los que él ha intervenido, y por los procedimientos y atropellos cometidos por los empleados de las propias empresas, y que presenció cuando me acompañó en los años en que estuve al frente de la Zona Militar de la Huasteca Veracruzana; y reconociendo en él sus convicciones sociales, su sensibilidad y patriotismo, le di el encargo de formular un proyecto de manifiesto a la Nación, explicando el acto que realiza el gobierno y pidiendo el apoyo del pueblo en general, por tratarse de una resolución que dignifica a México en su soberanía y contribuye a su desarrollo económico.

Hasta hoy no se ha llegado a hacer mención, oficialmente, del propósito de expropiación. Se dará a conocer en el momento oportuno.

En los centros políticos y financieros, la generalidad cree, y aun las mismas empresas, que el Gobierno podrá llegar, solamente, a dictar la ocupación de las empresas industriales.

No puede retardarse mucho la decisión de este serio problema.

Los Pinos, 22 horas.

En efecto, no se retardó mucho. La reserva sobre la decisión tomada se mantuvo entre los dos generales. Ese 10 de marzo, sin embargo, el presidente se reunió con algunos de sus colaboradores, entre ellos Eduardo Suárez, Efraín Buenrostro y Ramón Beteta, a los cuales adelantó que el gobierno estaba “decidido a obrar radicalmente, llegando hasta la expropiación de la industria petrolera”, pero sin revelarles que la decisión ya estaba tomada. Acordó con ellos diseñar un plan económico para aplicar en caso de que se llegara a la expropiación.

En sus notas del 15 de marzo en donde registró esa reunión, el general agregó:

El momento es oportuno. Los gobiernos capitalistas hablan en este momento a favor de las democracias y del respeto absoluto a los demás países. Veremos si lo cumplen. Existe actualmente control político de parte del gobierno, estando, además, la nación en paz. Hay solidaridad entre el gobierno y la clase popular. Considero que muy pocas oportunidades tan especiales como ésta se presentarán a México para lograr independizarse del capital imperialista, y por ello cumplirá mi gobierno con la responsabilidad contraída por la Revolución.

Países hay que han perdido su libertad por la indecisión y la pusilanimidad de sus dirigentes.

El 18 de marzo de 1938, por la tarde, el presidente Cárdenas informó en privado su decisión a algunos de sus colaboradores y de entre éstos pidió al secretario de Hacienda Eduardo Suárez que presentara la medida expropiatoria en la reunión de gabinete de esa noche. A las 22 horas, desde Palacio Nacional y en cadena radial, el general dio a conocer a la nación la medida expropiatoria y leyó el manifiesto de antemano preparado. La audacia del gesto y la inmediata explosión de apoyo popular conmovieron hasta a sus enconados adversarios y desconcertaron a las compañías y a los gobiernos de Gran Bretaña y Estados Unidos, tal como lo registran las crónicas de esos días.

Ese mismo viernes 18, alta ya la noche, Cárdenas anotó estas pocas líneas en sus Apuntes:

En el acuerdo colectivo celebrado hoy a las 20 horas comuniqué al Gabinete que se aplicará la ley de expropiación a los bienes de las compañías petroleras por su actitud rebelde, habiendo sido aprobada la decisión del Ejecutivo Federal.

A las 22 horas di a conocer por radio a toda la Nación el paso dado por el Gobierno en defensa de su soberanía, reintegrando a su dominio la riqueza petrolera que el capital imperialista ha venido aprovechando para mantener al país dentro de una situación humillante.

Era viernes por la noche. El general había ganado un fin de semana de ventaja. El domingo se fue de día de campo al Nevado de Toluca con su esposa Amalia Solórzano y algunos familiares y amigos cercanos y, recuerda doña Amalia, pidió que ese día no le hablaran de política.

Ciudad de México,

9 marzo 2008.

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