El agrarismo y su permanencia histórica
J. Enrique Olivera
“En política
la forma es fondo”
Jesús reyes
Heroles
Como todo proceso
socio histórico, el agrarismo, entendido éste como
la lucha campesina de reivindicación de derechos
individuales, sociales, económicos, políticos y
culturales, tiene en su integralidad carácter
permanente, desigual y a la vez combinado en tiempo,
espacio y condiciones objetivas y subjetivas para su
desarrollo. Caracterizándose, en cada hito o etapa
histórica, fundamentalmente por la relación
dominante entre el campesinado y el Estado, demandas
insatisfechas, niveles de organización, programa
reivindicatorio, métodos y estrategias de lucha
adoptados, sobre la base de un hilo conductor
determinado por la memoria y experiencia que se
retoma del pasado, se recrea en el presente y se
proyecta al futuro.
Es por ello que
considero no se le puede ubicar con precisión en el
marco específico de una temporalidad subjetivamente
construida y determinada por etiquetas o categorías
sociológicas o historiográficas dadas, como podría
ser el caso de “adjetivizarle o calificarle” como
un proceso arcaico, moderno, posmoderno y menos
contemporáneo, en tanto que éste último concepto
engloba un período histórico que data de la Primera
Revolución Industrial en Gran Bretaña en el Siglo
XVII, pasa por la Segunda Revolución Industrial o de
las comunicaciones y culmina hasta nuestros días con
el surgimiento de una tercera que pretende dar paso
a la sociedad de la información y el conocimiento.
Procesos y etapas éstas que si bien determinan la
marcha más general de la sociedad no necesariamente
han sido accesibles para la mayoría de las
comunidades agrarias e indígenas del planeta sino
más bien éstas han estado históricamente excluidas
de los beneficios del desarrollo que han implicado
los grandes avances científico técnicos y sí, en
cambio, han contribuido a su expansión y
consolidación en el medio urbano proporcionando
alimentos, engrosando las filas del ejercito
industrial de reserva, transfiriendo capital y
recursos naturales indispensables para sostener la
planta industrial y la reproducción ampliada del
capitalismo como sistema dominante en el período
citado.
Como tampoco se
le puede ubicar con precisión en el ámbito espacial,
en tanto que la sociedad ha marchado de manera
desigual, lo mismo en el ámbito interno de los
estados-nación como en el concierto internacional. A
tal desarrollo desigual se le corresponde un también
proceso desigual de incorporación regional de las
masas campesinas a los beneficios del desarrollo.
Coexististiendo condiciones de atraso social,
económico o tecnológico similares o peores que las
prevalecientes durante la Revolución Francesa, por
ejemplo, con aquellas en las que los niveles de
bienestar de la población superan en muy alto grado
los índices promedio de modernidad, eficiencia y
eficacia sistémica. En el VIII Congreso Mundial de
Derecho Agrario celebrado en Xalapa, Ver.,
quedó claro, por citar un ejemplo, que el agrarismo
en Europa Central y en los Estados Unidos de
Norteamérica es para los países del sur la
prolongación del colonialismo. De ahí que
espacialmente a lo más que se puede aspirar en un
intento por definir lo que debemos entender por el
agrarismo de nuestros días, es el recurrir a
denominadores comunes que nos aproximen a la
comprensión de un fenómeno vivo, actuante y dinámico
que tampoco se puede ya circunscribir a los
estrechos límites de los estados-nación, en tanto
que en la actual etapa neoliberal del capitalismo
dominante el proceso de mundialización se ha
encargado globalmente de homologar lo mismo retos
que respuestas para el sector agrario.
En cuanto al
carácter combinado del proceso histórico de las
luchas agrarias, queda demostrado, paradójicamente,
que la llamada globalización neoliberal de la que
se sirve el capital financiero como motor de su
expansión y reproducción, origen de la expoliación
de que son objeto los pueblos, constituye hoy día
uno de los elementos más dinámicos en el proceso de
fortalecer y expandir un movimiento social y
político, indígena y campesino, que se construye a
partir de reivindicaciones y denominadores comunes
que igualan a los diferentes. Comunicándose
experiencias, debatiendo métodos y estrategias de
lucha, concertando acciones y movilizaciones en una
entramada telaraña de redes que están modificando el
escenario de las democracias representativas y las
elites gobernantes, para dar prevalencia, dentro del
marco de una mundialización irreversible, a nuevos
paradigmas que impulsan a un proceso de construcción
de democracia participativa, plural, intercultural e
incluyente, desde las bases mismas de las
comunidades agrarias en alianzas inéditas con el
movimiento obrero y clases medias empobrecidas.
Retomando el hilo
de la historia, las luchas agrarias vinculan
principios, valores, experiencias y conquistas del
pasado con las necesidades presentes y retos del
futuro, combinando reivindicaciones y métodos
ancestrales de lucha, generados por demandas no
satisfechas, con nuevas estrategias nacidas del uso
común de las más avanzadas innovaciones tecnológicas
de la información y la comunicación. Los propósitos
y objetivos, fruto de la marginación y exclusión de
las masas campesinas son históricamente los mismos.
La estrategia y métodos para avanzar en su conquista
son cualitativamente diferentes. Estando hoy día
dados por la irrupción temprana de las
movilizaciones agrarias en la sociedad de la
información y el conocimiento, presuntamente sólo
accesible a los segmentos más avanzados de la
economía capitalista. Los diversos niveles dados de
desarrollo, desde las formaciones precapitalistas
aún existentes en apartados lugares del mundo hasta
lo más avanzado de las sociedades altamente
industrializadas, se combinan e interactúan entre
sí, conformando también inéditas manifestaciones de
unidad, solidaridad y resistencia.
El desarrollo
desigual pero combinado de la historia priva al
agrarismo de una “calificación” temporal y
espacial, dándole carácter permanente y global. La
interculturalidad, enriquecida por una comunicación
transversal de incalculables dimensiones, lleva de
la mano a lo local y lo global como un fenómeno
cultural que en su dialéctica rebasa las fronteras
de lo que se entiende por contemporáneo para
ubicarse en el futuro. Una nueva relación entre el
campesinado y el Estado está en construcción. Una
nueva correlación de fuerzas que hace permisible las
alianzas entre el agrarismo, el movimiento obrero
independiente y los sectores más desprotegidos del
ámbito urbano, rompe con todo esquema de limitación
espacial y temporal dentro del cual se pretenden
ubicar ideológicamente a las tareas del agrarismo de
hoy, encuadrándolas mecánicamente en una dinámica
productivista . El desmoronamiento de los estados
nación y su superestructura política, jurídica y
cultural frente a los embates del imperialismo y sus
trasnacionales, coadyuva a dicha modificación en la
correlación de fuerzas. Nuevos escenarios, con
paradigmas innovadores, marcan los prolegómenos de
un también nuevo estadio en la marcha de la sociedad
en la que las luchas agrarias se apropian del
conocimiento más avanzado de la época, útil a sus
fines, asumiendo el papel protagónico, como
protagónico es el rol, como sujeto y no objeto de la
historia, del indígena y el campesino que recuperan
la palabra.
Algunos
politólogos de izquierda, con demasiado e ingenuo
optimismo contemplan a este proceso como como una
“revolución agraria” que pugna por el poder
político. Nada más alejado de la realidad el que se
trate de una revolución en marcha. La dispersión
organizativa, lo limitado y contradictorio de los
programas asumidos, la ausencia de una teoría y
liderazgo revolucionario, da cuenta de ello. No
obstante, si es posible afirmar, como un hecho
irrefutable, el que la idea de reforma agraria
integral y de resistencia a los efectos del
neomercantilismo del modelo neoliberal de
desarrollo, está en la mente y en el ánimo del
campesinado movilizado.
Pero también
considero resulta ingenuo el aferrarse a conceptos y
dinámicas sociopolíticas superadas por la propia
historia de los pueblos, pretendiendo contemporizar
la lucha agraria con esquemas productivistas,
economicistas o de una demagógica sustentabilidad
ecológica, presuntamente modernizadores y adecuados
a la dictadura del mercado, impuestos por el
imperialismo y aceptados servilmente por los
gobiernos neoliberales y las elites de anquilosados
partidos políticos, que no el Estado. Ello, a mi
juicio, es tanto como ignorar el pasado y renunciar
al futuro en aras de un presente incierto.
El agrarismo de
hoy es el agrarismo de ayer y de siempre. Lo
cambiante es el entorno y las circunstancias.
Adecuar con imaginación y creatividad métodos y
estrategias a éstas para avanzar es el reto. El
agrarismo no sólo es la pugna por la tierra, es la
lucha por el acceso en todos los planos a una vida
digna para hombres y mujeres del campo. Mientras
subsista la explotación económica, la exclusión
social y cultural, la discriminación del indígena y
el campesino, la libertad, como conciencia de la
necesidad, que animara la lucha reivindicatoria de
Zapata y los mártires del agrarismo en éste país, es
a la vez demanda histórica vigente que condición
futura de progreso con justicia . No es
circunstancial que frente a las imposiciones del
FMI, Banco Mundial o la Organización Mundial de
Comercio, los productores agrícolas en resistencia
de los cinco continentes, tomen como propios los
paradigmas surgidos de las revoluciones agrarias
latinoamericanas y en especial la mexicana,
enarbolando hoy como ayer las banderas de tierra y
libertad del Caudillo del Sur, de la dignidad e
identidad nacional de José Martí, de la Patria
Grande de Bolívar y de la utopía socialista de
Ernesto Guevara.
México, en su
propia y particular circunstancia no escapa a éste
rescate y retomar histórico. Frente al fracaso e
inviabilidad del modelo neoliberal de desarrollo, el
campesinado, en su mayoría indígena ó mestizo,
vuelve los ojos al pasado, resume experiencias,
logros y fracasos y, al margen y en franca
resistencia a los cascarones tradicionales de
control político, levanta las banderas de la Reforma
Agraria Integral; busca y construye alianzas con los
movimientos sociales urbanos y se suma a la tarea de
conjunto del agrarismo latinoamericano en pos de
una nueva vía para avanzar de cara al futuro.
Esta claro que el
campesinado mexicano no es el boliviano, ecuatoriano
o haitiano. Sus pasos a lo largo de la historia le
han conferido identidad propia. Tampoco el
campesinado nacional es homogéneo ni responde por
igual a los retos planteados. Dentro del mosaico
territorial y cultural de nuestro país son grandes y
peculiares las diferencias. Subsisten , valga la
redundancia, economías de subsistencia conviviendo
con aquellas vinculadas a los circuitos comerciales
del mercado interno y externo. El atraso social y
tecnológico se da la mano con manifestaciones
capitalistas de desarrollo agroindustrial al
interior de las cuencas y regiones. No obstante tal
desarrollo desigual se combina, se interactúa y se
iguala frente a políticas públicas sometidas a
intereses externos, estableciéndose denominadores
comunes de pobreza, exclusión, expulsión de la
tierra, deterioro en los niveles de bienestar
general y, sobre todo, frente a la inviabilidad
económica de las actividades agropecuarias,
forestales y pesqueras que pudieren dar sustento a
un proceso de desarrollo sostenible. Lo que para las
trasnacionales agroalimentarias representa
incrementos en la tasa media de ganancia, dinamismo
en la acumulación, reproducción y concentración del
capital, para el campesinado nacional significa
pérdida de rentabilidad, descapitalización, daños
ecológicos irreversibles y expropiación de recursos
naturales y bioconocimientos históricamente
acumulados.
La gestación de
movilizaciones sociales en el campesinado nacional
son por algo más que la lucha por la tierra. La
resistencia se construye y se amplía en torno a la
necesidad de supervivencia, rescate de la identidad
y reconocimiento como sujetos de desarrollo. Lo que
en la forma se considera un conflicto económico en
el fondo asume carácter ético político.
De espaldas a
esta realidad el gobierno, en sus tres instancias,
pretende subsanar la crisis en el campo con dádivas,
pseudo programas de apoyo y medidas
asistencialistas. Tarea que es apoyada y respaldada
por las cúpulas de partidos políticos, ONGs de
diversos colores e intenciones; por un Poder
Legislativo ajeno a la voluntad de los electores y
por una justicia que se tasa en prebendas e
intereses personales.
Un simple
ejercicio de cálculo económico, cuyos resultados son
del todo negativos, se soslaya dando paso a un
discurso desarrollista, sin más asidero que el
fundamentalismo de mercado.
Sectores
importantes de la academia se hacen eco de tales
medidas, renunciando al talante crítico y al apego
a la objetividad. El pensamiento eurocéntrico y el
sometimiento a intereses trasnacionales domina
diagnósticos y pronósticos. Tesis y teorías
pretenden ocultar el deseo implícito de renuncia al
conocimiento y aceptación de una memoria histórica
que bien podría dar luz en cuanto al rumbo y destino
de un país que hoy marcha a la deriva.
México, como el
resto de América Latina, vive hoy el agrarismo de
siempre. Para hombres y mujeres no queda nada que
perder, salvo su dignidad como seres humanos. La
disyuntiva está planteada entre resistir o abandonar
el campo en busca de nuevas y más amplias
perspectivas de vida. La cuestión sustantiva estriba
en si realmente, dadas las condiciones de
polarización económica, desempleo galopante,
deterioro de la seguridad social y dominio del
mercado interno y externo por las trasnacionales, es
posible encontrar tales perspectivas de
supervivencia más allá del surco.
Lo de menos es
eliminar mecánicamente el término “contemporáneo” en
un esfuerzo por obtener consensos, cuidar las formas
y evadir el debate. Lo relevante a mi juicio es ir
al fondo del tema , clarificando el propósito
sustantivo de nuevas organizaciones que nacen
pretendiendo en su actuación el vincularse, por
diversas vías, a un proceso sociohistórico que
reclama honestidad intelectual y compromiso para con
las aspiraciones de hombres y mujeres en el campo
mexicano. En este contexto a mi juicio el debate
debe orientarse, como punto de partida, a un
diagnóstico objetivo de la realidad agraria de
nuestro país para, en consecuencia, contar con
aquellos elementos que pudieren dar sustento a
propuestas concretas en la búsqueda de respuestas
viables a una problemática multidimensional que
rebasa el ámbito político formal de la democracia
representativa.
Nota.
1.(
(Actualmente, pareciera que estamos utilizando la
categoría histórico-cultural: "época contemporánea",
más allá de su universo significativo; como una
noción cuyo contenido denotativo y connotativo, ha
quedado ya desbordado en el ejercicio del discurso
cotidiano. Esto quiere decir, que la delimitación
histórica y temporal que presenta la misma, así como
la significación cognoscitiva y cultural que
encierra en su simple nominación; está sobrepasada
en el contexto escrito y en el discurso hablado
habitual del mundo occidental.
El término compuesto "época contemporánea" o más
exactamente "edad contemporánea"; corresponde a la
designación de un hito específico del devenir
histórico, que encierra los diversos acontecimientos
que se suceden desde la Revolución Francesa (1789)
hasta el presente. Este es su contenido sinóptico en
uso. Empero, la mera utilización frecuente del
concepto categorial mencionado, no es equivalente a
una clara comprensión de la significación
delimitatoria del mismo en el ámbito social; ni
tampoco quiere decir, que la comunidad de estudiosos
de la historia, posea un conocimiento acabado acerca
del contenido semántico, o de las proyecciones
cognoscitivas y epistemológicas de la noción "edad
contemporánea", por el simple hecho de que éstos, la
empleen habitualmente y ubiquen bien sus deslindes
de periodificación.
La invención de la noción "edad contemporánea",
acontece a comienzos del siglo XX y se enmarca en la
línea de pensamiento racionalista que realizara
antes, el erudito alemán Christoph Keller (1634 -
1707), quien en el siglo XVII e imbuido del ideario
de alcanzar una Historia Universal, publica algunos
volúmenes de historia como textos de estudio para
sus alumnos con los títulos de: Historia Antiqua,
Historia Media Aevie, Historia Nova.(1)
Así, la noción "época contemporánea", resulta ser
una creación de los estudiosos de la historia que
continúa el esquema racionalista anterior, para
delimitar y tipificar el último corte
histórico-temporal del hacer humano, que desde
nuestra perspectiva cubre un poco más de los
doscientos últimos años más cercanos a nosotros. Y
justamente dentro del significado de dicha idea,
tanto el lector como el resto de los agentes
sociales e históricos a que alude el presente hito,
quedamos subsumidos en el ámbito denotativo de la
noción en cuestión; es la única categoría histórica
que periodifica un universo social, político y
cultural en plena ebullición, una praxis inacabada
en la cual nosotros mismos somos a la vez, actores y
espectadores de nuestro devenir. Adiós a la época
contemporánea...)).
Zenobio Saldivia Maldonado. Universidad Tecnológica
Metropolitana, Stgo., Chile
pulsocritico@gmail.com
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