Semanario Pulso Crítico

 Xalapa, Ver.- Año XII No. 607

 

 

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Vida y muerte en una gran ciudad

Enrique Semo* / La Jornada

I

Este año de 2021 se conmemoran 700 años de la fundación de México-Tenochtitlan, 500 de su valerosa defensa contra los conquistadores y 200 de la consumación de la Independencia. Los artículos que siguen están dedicados a la gran capital de los mexicas en tiempos de la Conquista.

Una maravilla del ingenio humano: una ciudad de 300 mil habitantes, la más grande de su época, anfibia como Venecia. Fue construida inicialmente en una zona pantanosa, en dos islas: Tenochtitlan y Tlatelolco. Los esforzados habitantes supieron aprovechar los pantanos para ganar territorio al lago y los núcleos de población se fueron uniendo mediante la construcción de chinampas, no sólo las que servían como áreas de cultivo, sino también como base para la edificación de viviendas. Una de las técnicas de construcción más socorridas por mexicas y tlatelolcas es el uso de plataformas con cimientos de pilotes de madera que unen una apretada base de troncos que a su vez soportan las construcciones. Los centros ceremoniales y las casas de los nobles son de tezontle, piedra fuerte y porosa, de poco peso, fácil de tallar, con enlucido blanco; las de los comunes eran construcciones modestas de adobes o bien de madera y paja.

En los 15.3 kilómetros cuadrados de su superficie, la percepción del espacio difiere profundamente de la que seguían los europeos en sus ciudades feudales: México-Tenochtitlan es una combinación de lo urbano y lo campestre, un altépetl que incluye los dos elementos en una abigarrada unidad en que los jardines y los cultivos se combinan con los barrios apretados y las construcciones monumentales para crear un espectáculo original de gran belleza.

Las calles y los canales que cuadriculan la ciudad son –según Antonio de Solís– espaciosos y nivelados; las de agua contaban con numerosos puentes para la comunicación de los vecinos; las que únicamente eran de tierra habían sido hechas a mano. Y finalmente las calles mixtas de tierra y agua tienen a los lados un espacio por donde las personas podían caminar y en el centro un canal que permitía el paso de las canoas de diferentes dimensiones que transportaban pasajeros y mercancías. La conquista del suelo exige mucho trabajo, había braseros que desecaban la atmósfera y producían ceniza que a su vez enriquecía el suelo. Se plantaban sauces y se rellenaban los estanques y las partes más pantanosas para evitar que el lago avanzara. El tráfico de canoas que surcaban los canales de Tenochtitlan rondaba 50 mil embarcaciones, cuyos tamaños iban desde el personal a las de las trajineras que podían transportar a varias decenas de personas. Cortés asegura que el comercio principal se hacía en embarcaciones y Torquemada sostiene que no había vecino en toda la laguna que no tuviera una barquilla.

Los medios de transporte acuáticos representaban un ahorro sustancial respecto a los terrestres, que dependían exclusivamente de un sistema de miles de tamemes (cargadores profesionales). México-Tenochtitlan se unía a tierra firme mediante tres grandes calzadas. Hacia el sur, la calzada de Iztapalapa, que según los conquistadores media dos leguas de largo (unos 10 km), lo que la convertía en la calzada de mayor longitud conectando con los pueblos de las chinampas.

A la altura de Mexicaltzingo la calzada se dividía en dos direcciones, una hacia Iztapalapa y la otra hacia Coyoacán. Al norte, la calzada del Tepeyac unía a la ciudad con dicha población. Por último la calzada de Tlacopan (Tacuba) conectaba a Tenochtitlan con la capital de uno de los aliados de la Triple Alianza. Las calzadas más transitadas eran la de Iztapalapa en dirección sur y la de Tacuba en dirección occidental y, en menor medida, la del Tepeyac hacia el norte. Fuera de las calzadas había numerosos embarcaderos que permitían a la ciudad comunicarse directamente con cualquier punto en el complejo de lagos. Bernal Díaz describe así la entrada de los españoles por la calzada de Iztapalapa:

Íbamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos, y va tan derecha a la ciudad de México, que me parece que no se torcía poco ni mucho, y aunque, toda iba llena de aquellas gentes que no cabían, unos que entraban en México y otros salían...

Para una sociedad en que la ideología es religión, se comprende que el centro de la ciudad sea ante todo un espacio ceremonial, pero también sede del poder político. Sobre aproximadamente 250 mil metros cuadrados se agrupaban las casas de las divinidades, de sacerdotes y sacerdotisas, los colegios, los patios, los lugares para el sacrificio, es decir, un conjunto de más de 60 grandes edificios. Dominando esta zona ceremonial, la pirámide del Templo Mayor se elevaba hacia el cielo. Los santuarios gemelos de Huitzilopochtli, colibrí zurdo, dios de la guerra, y de Tláloc, dios de la lluvia y los agricultores, ocupaban la cúspide. Dos tramos de escaleras conducían a esos oratorios desde donde la vista se extendía sobre la ciudad y los lagos, abarcando el conjunto del valle hasta los volcanes resplandecientes de nieve.

El Palacio de Moctezuma II era uno de los edificios más elaborados y grandiosos del imperio azteca. Estaba situado sobre el lado sur del Templo Mayor, donde actualmente se erige el Palacio Presidencial de México. Es un gran complejo que alberga mil guardias, sirvientes, cocineros y miembros del harem del rey. Aproximadamente 600 nobles estaban presentes en todo momento. El palacio estaba rodeado por un gran jardín, otros palacios menores, residencias, arsenales y otras estructuras para las órdenes militares.

II

México-Tenochtitlan, la ciudad más grande del mundo a principios del siglo XVI, era el centro político y económico de la zona más densamente poblada de lo que sería después la Nueva España: la Cuenca de México, cuya forma es de un rectángulo irregular inclinado en sentido noreste-suroeste, con una superficie de casi 10 mil kilómetros cuadrados. Sus límites naturales son cadenas montañosas de considerable altura entre las cuales podemos mencionar los volcanes Iztaccíhuatl, Popocatépetl y el Ajusco.

En el centro de la cuenca se encontraba el gran lago o complejo de lagos que se alimentaban con el flujo de los manantiales y el aporte de los ríos. Según los conquistadores, al amanecer, desde las montañas éste se veía como una gran tarja de plata. Sobre las islas y en las riberas se apiñaban las ciudades levantando los techos de sus templos y macizas pirámides y sus vastas sementeras.

La población estaba distribuida en unos 200 poblados con sedes como Azcapotzalco, Texcoco o Culhuacán. La principal zona agrícola de la cuenca era la región de las chinampas en los lagos de Xochimilco y Chalco, al sur.

Las sociedades de la cuenca, anteriores a la Conquista, están basadas en una compleja tecnología hidráulica que permite disponer de excedentes agrícolas y que buena parte de la población se dedicara a actividades no productivas, originándose así una elaboración cultural muy rica y diversa. Los tenochcas construyeron diques y acueductos para moderar el flujo de los lagos y los ríos: el primer acueducto, hacia 1430, es el de Tlacopan, al que siguieron los de Chapultepec y Coyoacán.

Por ellos se conducía el agua dulce para lavar el suelo salitroso, regar la zona de cultivo, mantener el nivel del lago, a manera de impedir la invasión de aguas salobres y satisfacer el consumo doméstico. Las grandes obras bajo una dirección centralizada se realizan cuando ya los aztecas se habían convertido en imperio.

México-Tenochtitlan era no sólo el centro de la cuenca, sino también la cabeza de un vasto imperio. Pero no de un imperio estable con muchos siglos de historia, sino de un dominio naciente, en formación, fundado apenas en el año de 1428, después de la derrota de Azcapotzalco. A la llegada de los españoles tenía apenas nueve décadas de existencia. En ese periodo Tenochtitlan formó la alianza tripartita con Texcoco y Tlacopan e inició inmediatamente su expansión en la cuenca de México.

A la llegada de los españoles la entidad política más grande e importante de Mesoamérica era el Imperio de la Triple Alianza, donde las tres ciudades eran gobernadas cada una por un gran rey (huey tlatoani).

Este imperio dominaba la cuenca de México, sede de las tres capitales, y se extendía desde la costa del Golfo de México hasta el Pacífico; desde las fronteras de Metztitlan, un valle en el estado de Hidalgo, los chichimecas y el reino tarasco de Michoacán, en el norte y noroeste, hasta el istmo de Tehuantepec y Soconusco de Chiapas en el sureste.

El equilibrio entre los tres reinos de la Alianza fue cambiando durante su historia. Con el crecimiento del poder de Tenochtitlan, su rey dirigía las actividades militares del Imperio. Moctezuma II (1502-1520) alienta a Texcoco, el segundo poder de la alianza, a una guerra con Tlaxcala en 1515, pero los traiciona avisándole a los tlaxcaltecas y usa la derrota de Texcoco para justificar la revocación de su derecho al tributo en una amplia zona.

Al reclamar Nezahualpilli, rey de Texcoco, Moctezuma respondió que el imperio se gobernaría a partir de entonces por sólo uno de los tres reyes y que él era el supremo señor.

El poder de Moctezuma II creció, pero a costa de una fractura de la alianza tripartita que habría de ser fatal durante la invasión española. A la llegada de los españoles, la Triple Alianza se hallaba sacudida por graves conflictos entre Tenochtitlan y Texcoco.

III

El 8 de noviembre de 1519 Cortés y sus hombres entran a la gran ciudad. México-Tenochtitlan inicia una nueva etapa en su vida, la última como centro de un imperio indígena: la etapa de la Conquista. Al acercarse los españoles quedaron maravillados ante el espectáculo nunca antes visto en Europa, del mismo modo como los indígenas se maravillaron cuando vieron a esos hombres enfundados en hierro que salían de montañas que surcaban el mar, con armas nunca antes vistas (espadas, ballestas, arcabuces y cañones), montados en caballos y acompañados de feroces mastines. Bernal Díaz del Castillo nos deja un testimonio inolvidable de la impresión española del espectáculo “[…] y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha y por nivel como iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes (pirámides) y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto”.

¿Pero qué entendemos por conquista cuando hablamos del imperio mexica y la hueste española? 1. La conquista es un acto militar o político violento, por medio del cual se obtiene el dominio y control político sobre uno o varios pueblos que eran soberanos. 2. Es el periodo fundacional de nuevas relaciones económicas propias de una colonia del capitalismo temprano, totalmente diferente a las que existían en la época prehispánica. En ellas los españoles son los favorecidos y los indígenas, los explotados. 3. La creación de condiciones para los procesos de evangelización y adoctrinamiento en el modo de vida cristiano español. La Conquista es por lo tanto, un proceso histórico accidentado que tiene raíces en el posclásico mesoamericano y la Reconquista española y desemboca en la fundación de una nueva sociedad: la colonial. El régimen colonial es la razón de la conquista. La Conquista no puede ser entendida fuera de su relación orgánica con la Colonia, porque el dominio político no agota las tres metas de los conquistadores: señorear, enriquecerse y con un etnocentrismo descarnado imponer su religión y formas de vida a todos los indígenas, oponentes o aliados. Sólo los españoles son conquistadores, los aliados indígenas participan en la guerra con otros intereses.

Durante los primeros días de su estancia en México-Tenochtitlan, Cortés y sus capitanes se dedican a conocerla; no sólo se asombraron de todas sus excelencias, sino que también se dieron cuenta de lo frágil de su situación. La ciudad, con sus 300 mil habitantes, rodeada de agua por todos sus lados, con pocas calzadas hacia tierra firme, interrumpidas por medio de puentes levadizos y una población guerrera diestra y altamente calificada, podía transformarse en una trampa mortal. Había pocas opciones y Cortés se decidió por un acto extremadamente audaz, pero de alto riesgo: seis días después de su llegada secuestra a Moctezuma, llevándolo preso al palacio de Axayácatl, en donde se hospedaban los conquistadores. Esta medida bastante común en la historia, apresar a un rey y mantenerlo vivo, paralizando la estructura jerárquica del enemigo para imponer su propio poder de manera indirecta, equivalía a la formación de un protectorado, como lo había hecho frecuentemente Alejandro Magno en sus conquistas y Colón en el Caribe. Luego se apoderó de los reyes de Texcoco y Tlacopan y algunos nobles levantiscos a quienes mandó encadenar. Moctezuma, bajo estrecha vigilancia española, siguió gobernando en materia de asuntos cotidianos, recibiendo vasallos y haciendo reuniones. Lo único que Cortés le imponía eran las cosas de interés para los españoles. Esto aumentó la división entre sus nobles y el desconcierto en el pueblo. El prestigio y el miedo que inspiraba Moctezuma entre los pueblos del Anáhuac se fue desvaneciendo, mientras que la estrella de Cortés despegaba.

IV

En México-Tenochtitlan se aproxima la gran fiesta del mes de Toxcatl (14 al 23 de mayo), fiesta dedicada a los principales dioses de la ciudad: Huitzilopochtli y Tezcatlipoca. Los grandes capitanes de las guerras mexicanas se preparaban para la ocasión, vistiéndose y pintándose. Las danzas empezaron en diferentes lugares de la ciudad, pero sobre todo en la plaza principal del Templo Mayor. Los grandes señores y guerreros eminentes que llevan puestas sus mejores joyas y adornos bailaron incansablemente durante días.

Pero en la ciudad la tensión crece acompañada de toda clase de rumores. El tianguis ya no proporciona todos los abastecimientos que requerían los españoles. Pedro de Alvarado que había quedado al mando en ausencia de Cortés, recibía informes preocupantes de sus soldados sobre el cambio de humor de la población tenochca. Sus aliados, los tlaxcaltecas, conspirando siempre contra los mexicas, informan que importantes personajes de la corte estaban reunidos en el recinto del Templo Mayor, preparando un ataque general contra su cuartel, el palacio de Axayácatl. Quizás Alvarado se acordó de Cholula: debía de adelantarse, descabezar la posible insurrección sin demora, y las danzas en que estaban desarmados muchos de los jefes mexicas ofrecían una ocasión inmejorable. Según Ixtlixóchitl, el 16 de mayo en un momento determinado, cerca de 80 soldados españoles se dirigieron al Templo Mayor. A la orden de Alvarado, sus hombres cayeron sobre los danzantes. Los informantes de Bernardino de Sahagún relatan:

“Inmediatamente, cercan a los que bailan, se lanzan al lugar de los atabales: dieron un tajo al que estaba tañendo: le cortaron ambos brazos…

“Al momento, todos acuchillan, alancean a la gente y les dan tajos, con las espadas los hieren. Algunos los acometieron por detrás; inmediatamente cayeron por tierra disparadas sus entrañas. A otros les desgarraron la cabeza…

“Anhelosos de ponerse en salvo, no hallaban adónde dirigirse… Y los españoles andaban por doquiera en busca de las casas de la comunidad: por doquiera lanzaban estocadas, buscaban cosas: por si alguno estaba oculto allí…”

Fue verdaderamente un genocidio. Los guerreros mexicas ni siquiera conocían el uso mortífero de la espada. Los españoles lograron su objetivo: matan a unos 3 mil nobles y capitanes, la élite mexica quedó descabezada. Pero lo que fue una sorpresa para ellos fue la reacción espontánea y bravía del pueblo tenochca. México-Tenochtitlan no es Cholula, la respuesta en extremo violenta de los guerreros, no tardó en darse. Se oyeron llamados a las armas y de regreso a sus cuarteles los españoles y sus aliados indígenas, se encontraron fuertemente sitiados. En ausencia de los generales, los calpuleques (jefes de calpulli) abrieron los arsenales y llamaron a todos los hombres hábiles, para tomar las armas. Y como el ejército mexica es el pueblo armado, se inició la guerra.

Los tenochcas trataban de forzar las entradas del cuartel español sin poder romper la barrera de acero que les oponían los sitiados. Otros disparaban nubes de flechas, piedras y dardos desde los techos de los edificios vecinos y otros más intentaban socavar los muros. El combate no cesó hasta caer la noche y al otro día se reanudó muy temprano, los indios vuelven al asalto con gran arrojo. Durante tres semanas los tenochcas acosaron a los españoles obligándolos a encerrarse en sus cuarteles, privándolos de alimentos y agua. Cortés regresó a Tenochtitlan después de haber vencido al enviado de Diego Velázquez, gobernador de Cuba. Regresó con una tropa muy crecida con los desertores de Narváez: llevaba consigo mil 300 hombres muy bien armados y varios miles de aliados indígenas de varias etnias. Pero su refuerzo no logró cambiar la desesperada situación de los sitiados y el 30 de junio en la noche Cortés, convencido de que estaban en una trampa mortal, decide abandonar Tenochtitlan.

La huida por la calzada de Tlacopan se transformó rápidamente en un desastre. Los guerreros mexicas aparecían por todos los costados, tirando piedras y dardos, dando lanzadas y golpes de macuahuitl, arrastrando a los intrusos sobrecargados de botín a los canales o a las aguas de la laguna. Estaban en las canoas, en la calzada, en los techos de las casas combatiendo sin descanso, deshaciendo la columna incapaz de maniobrar, tomando prisioneros que enseguida llevaban a inmolar al templo de Huitzilopochtli. La retaguardia no logró salir y fue masacrada. El terror se apoderaba de los fugitivos, entre los alaridos de los guerreros y el estrépito de los grandes tambores de guerra. Cortés perdió en la que después los españoles llamaron Noche Triste más de 800 soldados y 2 mil guerreros aliados, así como todo su equipo pesado. Para los mexicas fue una gran victoria, quizás la mayor de toda la guerra contra el invasor. Con dificultades Cortés logró regresar a Tlaxcala, donde sus habitantes lo recibieron en paz y ayudaron a los sobrevivientes a curar sus heridas, y a descansar por más de un mes. Después, Cortés, con algunos refuerzos llegados de Cuba, comenzó a hostigar a las tropas mexicas estacionadas en diferentes puntos de la meseta central, para aislar a la ciudad de México-Tenochtitlan. En esas campañas la composición de sus fuerzas era de 50 o más indios por cada español.

V

Partiendo de un ­cálculo militar simple, 700 hombres no pueden poner sitio anfibio a una ciudad lacustre de 300 mil habitantes, dueña de una flota de 50 mil canoas, poblada con guerreros dispuestos a luchar y defenderla hasta la muerte. El asedio es ante todo un bloqueo militar que impide el abasto y el ingreso de ­refuerzos desde afuera. Los mexicas podían defender las calzadas con pocos hombres y romper el cerco por agua en todos los sentidos para abastecerse. Fue necesaria la participación masiva de los pueblos indígenas en la Gran Alianza Antiazteca para llevarla a cabo. La caída de México-Tenochtitlan fue obra de grandes ejércitos indígenas con la participación destacada de los conquistadores.

Los pueblos originarios en su imaginario continuaron con sus filias y fobias, conflictos, alianzas, que predominaban en el último siglo de la sociedad antigua, prehispánica. Es ahí donde hay que buscar varias de las explicaciones de la rápida destrucción de México-Tenochtitlan.

El mexica era un pueblo eminentemente guerrero. Cada año combinaba las labores agrícolas con las expediciones militares. Los aztecas exigían a los pueblos sometidos tributo, trabajo masivo, apoyo en sus expediciones guerreras y víctimas para los sacrificios. Además, había pueblos que no lograron someter, como los tlaxcaltecas y los tarascos, pero con los cuales tuvieron varias guerras floridas (de desgaste). El imperio azteca estaba basado en el miedo que debía ratificarse cada año con éxitos que inspiraran terror.

Es natural que el odio y el temor que inspiraban fuera creciendo y muchos pueblos estaban dispuestos a luchar contra ellos. Las condiciones que dieron lugar a la Gran Alianza Antiazteca se fraguaron durante las últimas décadas del periodo posclásico 1428-1521. Cortés no tuvo que azuzarlos, sólo unirlos, y eso fue la esencia de su estrategia a lo largo de dos años.

Irónicamente, la lucha por la libertad de los pueblos dominados por el imperio azteca y la empresa colonialista de los españoles coincidieron y se sobrepusieron en un momento crucial. Por un tiempo corto convergieron dos movimientos con propósitos opuestos: los pueblos indígenas sometidos o bien hostilizados por los aztecas luchaban para liberarse del cruel dominio de un poder imperial. Los conquistadores, siguiendo la Reconquista y el capitalismo temprano, guerreaban por imponer un régimen colonial. Una alianza contranatura, la Gran Alianza Antiazteca fue una unión de los contrarios. Al principio se unieron a los españoles los pueblos de Tlaxcala, Huejotzingo, Cempoala, Cholula, Chalco y Texcoco; al final incluso los pueblos de las chinampas, Xochimilco, Churubusco, Mexicaltzingo, Mizquic, Cuitláhuac, Iztapalapa y Coyoacán, que al principio apoyaban a los mexicas, se pasaron a la Gran Alianza Antiazteca. El caso no se repitió en todo lo que sería la América española. Por una de esas casualidades trascendentales que se dan en la historia, los luchadores por la libertad se vieron unidos con los agentes de un imperio colonial en el mismo campo.

El 22 de mayo de 1521 se inició el sitio de México-Tenochtitlan con 700 conquistadores y unos 100 mil guerreros indígenas. Los habitantes de México-Tenochti­tlan hacinados en la ciudad se vieron diezmados por la viruela y otras enfermedades propiciadas por la falta de alimentos, agua potable y los cuerpos insepultos. Las batallas se sucedieron durante 83 días; se luchaba de día y de noche, sin descanso. Cortés apresuró el sitio por miedo a que sus aliados lo abandonaran si duraba mucho. Eso contribuyó a la destrucción física de la ciudad. Durante las batallas los aliados destruyeron sistemáticamente las casas de dos pisos de la capital mexica porque desde las azoteas les arrojaban piedras, flechas y dardos a los invasores. Moctezuma había sido sustituido en el poder por reyes que se habían opuesto desde la aparición de los conquistadores en Veracruz: el bando de la resistencia sin concesiones. Al principio Cuitláhuac, hermano de Moctezuma, quien murió en la pandemia, y luego Cuauhtémoc, joven de 25 años, señor de Tlatelolco, que dirigió la resistencia hasta el final. Nadie quedó excluido en la defensa de la ciudad. Participaron todos los sectores de la población mexica: macehuales, artesanos, comerciantes, guerreros de las órdenes, nobles y sacerdotes. En varios momentos las mujeres jugaron un papel muy importante.

En Tenochtitlan se tomaron medidas para poner en pie un ejército, a pesar de que la estación de guerra fijada por el calendario agrícola había pasado. Además la cadena de mando había sido seriamente dañada por el asesinato de los nobles en la fiesta de Toxcatl. Los dirigentes optaron por una estrategia defensiva que obligara a la Gran Alianza Antiazteca a concentrar sus ataques y sortear los obstáculos que la ciudad y las aguas del lago les oponían. Los tenochcas aprendieron a usar espadas, lanzas y ballestas quitadas a los españoles aun cuando no podían fabricar las flechas de metal. También aprendieron a enfrentar a los jinetes. Así, un natural de Tlatilulco asió la lanza con que estaba atravesado y sus compañeros lo ayudaron quitándosela al jinete a quién tumbaron del caballo y mataron. Otra vez, ante la acometida de los tlatelolcas, los españoles tuvieron que abandonar un gran cañón en el patio de Huitzilopochtli y fue arrojado en aguas profundas, en un sitio que se llamaba Tetamazulco.

Además, los mexicas aprovecharon los momentos de derrota o vacilación de los aliados para realizar contraofensivas tanto por tierra como por agua. Varias veces Cortés buscó la rendición de sus enemigos o una tregua, pero en todas los mexicas se negaron, dejando claro que preferían morir a ser esclavos. Es evidente que esa decisión era de todos y no sólo de los dirigentes. Incluso en los últimos días Cuauhtémoc vaciló, pero sus capitanes lo llamaron a rechazar hasta el final toda idea de rendición. La apasionada y valerosa defensa de la ciudad se basó en la resolución unánime del pueblo que tuvo, sin duda, una inspiración religiosa e ideológica muy fuerte. Ahí donde la nobleza había flaqueado, la decisión popular fue contundente.

En un momento, los jefes de la Gran Alianza decidieron poner punto final a la guerra con una extensa ofensiva. La fecha se fijó para el 30 de junio. Al inicio, ante la acometida, los mexicas retrocedieron, haciendo menos resistencia de la acostumbrada. Los aliados prosiguieron, venciendo trincheras tras de trincheras, y llenando cuidadosamente los fosos, para asegurar el regreso. El enemigo, aparentemente cogido de sorpresa, parecía no poder resistir la furia del ataque. Pero todo había sido una trampa. Súbitamente se oyó el caracol de Cuauhtémoc, que sólo sonaba en ocasiones de sumo peligro, desde la cumbre del teocalli mayor. En un instante los aparentemente fugitivos aztecas se volvieron y arremetieron contra sus perseguidores. Al mismo tiempo, infinidad de guerreros acudían de las calles inmediatas, atacando por el flanco a los españoles. Éstos, cogidos por sorpresa y cediendo a la furibunda embestida, entraron en desorden. Amigos y contrarios, quedaron revueltos en un sangriento cuerpo a cuerpo. Los tenochcas caían sobre ellos como un torrente que se lanzaba hacia un foso, del otro lado del cual estaba Cortés sobrecogido de horror. Las filas delanteras se arrojaron al agua; los unos empujaban a los otros, éstos nadaban, aquéllos se hundían.

Los aliados regresaron a sus cuarteles desalentados y tristes. Razón tenían para ello, porque fuera de los muertos y de los muchísimos heridos, habían caído 62 españoles y gran número de aliados vivos en manos del enemigo. La pérdida de dos piezas de artillería y de siete caballos coronaba la desgracia de los castellanos y el triunfo de los mexicas. La tranquilidad del crepúsculo fue alterada por el repentino y ronco son del tambor del gran templo, que recordó a los españoles la noche de su estrepitosa derrota. Entre la muchedumbre que festejaba, los españoles distinguieron algunos hombres desnudos, que por el color de la piel reconocieron como compatriotas suyos. Eran, en efecto, víctimas destinadas al sacrificio.

La guerra tuvo momentos álgidos con victorias para los sitiadores y los sitiados. Cortés estuvo a punto de perder la vida en dos ocasiones. En un momento, tras una victoria sonada de los mexicas, la alianza estuvo a punto de desbandarse, muchos aliados indígenas abandonaron temporalmente el campo. Pero al fin vencieron. La ciudad destruida quedó sembrada con los cadáveres de sus defensores y el 13 de agosto de 1521 por fin se rindió México-Tenochtitlan. Buena parte de los sobrevivientes huyeron. La destrucción de un prodigio del ingenio humano pesa hasta nuestros días sobre la figura de Hernán Cortés, quien inmediatamente impuso el tributo real, repartió encomiendas y esclavos para las minas e impulsó la evangelización y el adoctrinamiento.

* Historiador mexicano. Autor del libro La conquista, catástrofe de los pueblos originarios

 

 

 

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