Opinión

Xalapa, Ver. Año XII Semana 622

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Alfredo Poblete Dolores

 

Trastornos políticos y humanismo

17 de julio de 2021

Algunos diccionarios definen, medicamente, a la idiocia como un “trastorno caracterizado por una deficiencia muy profunda de las facultades mentales, congénita o adquirida en las primeras edades de la vida.” De ahí proviene la palabra idiota. Cuando se califica a alguien, con esa palabra, se refieren a una persona corta de entendimiento; otra acepción se aplica a la persona que carece de toda instrucción. El político mexicano, cuando es idiota, generalmente no entiende a cabalidad las consecuencias de sus actos, tropelías o procederes delincuenciales.

La inmensa mayoría de sujetos, con ideología neoliberal, poseen alteraciones en varios aspectos de sus vidas; ejemplo de ello, los talantes político y social están distorsionados. A esas personas —con menoscabos en el raciocinio y discernimiento— las he catalogado con un síndrome que me permití llamar: “idiocia-política.” La defino como “un trastorno de la personalidad determinado por una marcada ausencia de atributos morales y éticos; adquirida, en la infancia y juventud, por una formación y orientación familiar carente de valores y consolidada por una educación escolar desprovista de principios éticos y humanísticos.”

La idiocia-política tiene —como cualquier otra anomalía compleja— un conjunto de signos y síntomas. Con respecto a los signos —los no palpables a simple vista— podemos decir que quien padece tal alteración o perturbación tuvo un desarrollo humanístico incompleto o distorsionado; la etiología se debe generalmente a que provienen de padres con pensamientos individualistas, clasistas y racistas. Muchos tricolores-idiotas y azules-idiotas tienen esa procedencia. Los amarillos-idiotas y los morenos-idiotas —también existen, espero que pocos— por lo general, no únicamente, descienden de progenitores con modestos recursos económicos; dados a buscar acomodos y trepar socialmente sin ningún escrúpulo y, casi siempre, manifiestan comportamientos rastreros ante quienes consideran “superiores”. Los vacíos y malformaciones, de todos los idiotas, se encuentran —en el cogollo del alma— donde residen los sentimientos fraternos, emociones solidarias, comprensión de la vida comunitaria y la ayuda social. Por otra parte, los síntomas —perceptibles— son la incongruencia entre decir y hacer; también entre hacer y justificar lo que hicieron. A la menor provocación lanzan “rollos” de justicia social, lucha encarnada contra la corrupción y la impunidad; en los hechos, hacen todo lo contrario. Son hipócritas, inescrupulosos y mojigatos; corruptos y fraudulentos. No tienen cargos de consciencia —por una sola razón— piensan que lo que hacen está bien hecho y, casi siempre, creen que nadie se percata de sus falsedades, fechorías y patologías. El pronóstico es desfavorable, son incorregibles y sin posibilidad de mejoría.

Una variante de la idiocia-política es la estupidez-política. Ambos morbos son dañinos para los pueblos y su ciudadanía. Es menester recordar que la estupidez se caracteriza por una “torpeza notable en comprender las cosas.” En el periodismo —de cualquier categoría y nivel— encontramos a muchos exponentes del estúpido-político. El idiota-político generalmente es el “patrón” del estúpido-político. Ambos grupos, políticos neoliberales y periodistas de la misma filiación: “no entienden que no entienden.”

Muchos fulanos, del oficio informativo, pueden escribir artículos, crónicas, reportajes o columnas de opinión con pulcritud, siguiendo puntualmente las reglas de la redacción y del género periodístico; pueden leer noticias —en la radio y TV— con aplomo, dicción y entonación excelentes. Hasta parece que escriben o dicen verdades. Por el notable desempeño de esas actividades, los altos emolumentos que reciben, embarrados de chayote, se sienten paridos por los dioses y se autocalifican como entes superiores al común de los mortales.

Lo que no entienden, ni entenderán, es que la ética debía ser la piedra cardinal de su quehacer cotidiano y —en sus faenas profesionales— esa rama de la filosofía brilla por su ausencia. El estúpido-político cree que los montajes televisivos, fotos truqueadas, tergiversación y distorsión de los hechos sociales o políticos siguen siendo las herramientas maestras para manipular, chantajear o controlar a sus audiencias. Los estúpidos-políticos no entienden que el influjo y dominio sobre sus audiencias es cada día menor. Que la influencia que ejercían, con sus pasquines y verborrea, se está diluyendo con prontitud. Ese tipo de estúpido — especializados en desinformar, mentir y, que ahora, simulan ser víctimas de la censura— están en pleno declive. Afortunadamente, la opinión pública, está tomando otros derroteros.     

Los idiotas-políticos y estúpidos-políticos formaron a una generación de bobalicones-políticos. Estos últimos se encuentran en todas las profesiones, oficios, puestos laborales y en los diferentes estratos de la sociedad mexicana. Sus juicios —sobre la vida pública— son formados e influenciados por los fantoches del neoliberalismo o los santones del periodismo. Cuando los bobalicones expresan sus opiniones, generalmente están emponzoñadas, las enuncian con enjundia y casi siempre cargadas de ignorancia, insultos o verborrea violenta. Son acríticos e irreflexivos, social y políticamente cortos de entendimiento. Fáciles de manipular por los charlatanes de la TV y los “liderazgos” partidistas. Seguidores de FRENAAA, BOA y simpatizantes o militantes del partido —PAN/PRI/PRD— de los señores X y de Hoyos. Los clasemedieros, que se sienten potentados, están dispuestos a hacer el ridículo durante los “plantones masivos” en plazas públicas o caravanas multitudinarias de 50 0 60 automóviles y camionetas de lujo; tocan los cláxones de sus automotores para que el populacho, chairos y “morenacos” vean sus airadas protestas en contra del tirano y dictador de Macuspana. Después de sesudos y profundos análisis, los bobalicones-políticos, llegaron a la conclusión que, todo lo sucedido en el país, hasta el 30 de junio de 2018, estaba bien, muy bien o excelente y, a partir, del 1 de julio de ese mismo año, todo está mal, muy mal o pésimo.

El gobierno de la 4T está decidido a ocupar los vacíos y detener los deterioros en la formación de las nuevas generaciones de mexicanos. Los esfuerzos son importantes y sus resultados se verán en el mediano y largo plazo. En las aulas escolares volverán a cursarse las materias de civismo, ética, historia y otras disciplinas humanísticas. Se repartió nuevamente el opúsculo llamado: “La cartilla moral” del gran filósofo mexicano Alfonso Reyes; el año pasado se elaboró, imprimió y distribuyó la “Guía ética para la transformación de México.” MORENA fundó el “Instituto Nacional de Formación Política” cuyo objetivo es integrar cuadros éticos, críticos y de análisis para que los conocimientos, lecturas y reflexiones, que ahí se imparten, impacten en las conciencias de los políticos y ciudadanos en formación. No se trata de adoctrinar ni de hacer propaganda o publicidad partidista. La propuesta es truncar la crisis de valores culturales, morales y políticos. En suma, ante la decadencia del país, es menester difundir y promover principios éticos e incorporar normas y patrones de conductas civilizadas excluyendo todo vestigio de corrupción e impunidad. Se trata de revertir el deterioro provocado por los neoliberales y construir un nuevo México alejado de idiotas, estúpidos y bobalicones.

alfredopoblete@hotmail.com   

 

 

 

 

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